jueves, 15 de enero de 2009

Cayendo más allá del suelo



Jueves, 15 de enero de 2009, 1:20


Arrastró el carrito hasta la siguiente puerta, giró la llave en la cerradura y empujó con la cadera. Cogió el cepillo, un cubo con agua y bayetas, entró en la habitación. Había una mochila vacía en el suelo, ropa tirada por doquier, dos cuadernos y varios libros abiertos sobre la cama, que estaba también deshecha, en la cómoda dos botellas de ron sin empezar y un paquete de tabaco. Un sinfín de detalles más hicieron que murmurase un juramento. Miró de nuevo a la puerta, casi convencida de que se había equivocado y el cartel rogaba privacidad, pero una mano verde y abierta le indicó lo contrario.

Suspiró con resignación, decidiéndose por empezar por recogerlo todo. Si llevase algún tiempo más trabajando en este hotel tal vez relegaría esta habitación a otra, generalmente la nueva, cargo que, en la actualidad, le pertenecí a ella. Mientras amontonaba las prendas sobre la cama, descubrió una bola de papel detrás de la cortina. Lo desenvolvió con una curiosidad que no le era propia, pero la letra era ininteligible. Volvió a arrugarlo y se lo guardó en el bolsillo, para tirarlo al salir. Pasó frente a la puerta del baño, que estaba entornada. Le soltó un empellón y encendió la luz a ciegas, inconsciente al espectáculo que esperaba ser visto a la luz anaranjada de la lámpara.

Un grito murió en su garganta a la vez el bote de plástico caía al suelo. Avanzó hasta la bañera y se arrodilló, acercando sus dedos hasta el cuello del durmiente, buscando desesperadamente algún rastro de vida. Era un hombre de mediana edad, con el pelo castaño mojado a la altura de los hombros, sin afeitar, con los ojos cerrados, circundados por unas profundas ojeras, y la boca entreabierta, como si estuviese esperando un beso. No era capaz de notar los latidos, pero se resistió a aceptar lo que parecía evidente. Hundió las manos en el agua tibia, sangrienta, mientras tanteaba en busca de sus muñecas. Notó un pinchazo de dolor, del que apenas fue consciente. Alzó el brazo izquierdo, donde la sangre brotaba a borbotones de dos profundas heridas en la articulación. Paró con torpeza la hemorragia mientras intentaba envolverla en el paño, que no era lo suficientemente largo. Miró a su alrededor con impotencia, sin encontrar nada que hiciese las veces de venda. Soltó de nuevo el brazo en la bañera y se quitó la camisa blanca por la cabeza, oyendo como se desgarraba. Hizo un torniquete instintivamente, sin recordar las instrucciones que había aprendido en un curso de primeros auxilios. Cuando terminó comprendió que no podía hacer nada más sola, y un grito de socorro resonó la habitación, seguido de otros dos.

Sacó el derecho de la bañera, que, por suerte, sólo tenía una herida superficial a lo largo del antebrazo. Sujetó sus hombros y se acercó hasta que los separaba menos de un palmo de distancia.

––No te mueras.––susurró varias veces, más para sí misma. Notó una brisa caliente, tan leve que podría haberla imaginado. Si bien sólo un reducto de su mente gritaba que estaba muerto; una parte que claudicó cuando vio como sus ojos se entornaban y centraban por un instante la mirada en ella, reconociéndola. Su boca se movió en lo que creyó que era una media sonrisa.

En el límite de su vista vio una figura irrumpiendo en la pequeña habitación. Un señor mayor con bigote y traje estaba gritando al móvil que sostenía contra su oído. Más gente se agolpaba en la puerta, observando alternativamente a ella y al hombre. Cuando volvió a mirarle todo vestigio de la sonrisa había desaparecido, sus ojos volvían a estar sellados. Cogió su mano de nuevo y la apretó entre las suyas, mientras murmuraba plegarias a dioses en los que hacía años ya no creía.

Tenía la horrible imagen de un reloj analógico, el que había en su colegio junto al crucifijo, parado en un momento; el segundero era la negra línea que separaba dos abismos, y él estaba quieto, en pie, con la mirada perdida más allá de ella. Corrió hasta donde se hallaba, pero no se percató de su presencia; tenía ojos tristes, como los de un gato; de pequeña siempre sabía cuando los felinos tenían ojos tristes. También perdidos, naufragados en la espesa niebla que se acercaba desde el infinito. Casi igual que un recuerdo comprendía lo que debía hacer: arrojarlo a uno de los abismos, pero ambos eran igual de negros, o blancos. Tenía miedo, se sabía una niña. Gimió, tampoco estaba segura...

Alguien la apartó con brusquedad, haciendo que cortase el contacto y con él, la posibilidad de salvación. Su rostro se vació de toda expresión, la consciencia de la estupidez de su acto se volvió clara como cualquier mediodía. Miró como el enfermero del hotel mientras revisaba las vendas, sin casi darse cuenta. Vio como sacaban su cuerpo desnudo de la bañera y lo depositaban en una camilla; sólo captó un detalle, las ondas que rielaron en el agua tras su marcha, que parecían necesitar atraparlo de nuevo. Salieron y la gente también comenzó a abandonar la habitación, empujados por otro auxiliar (una bañera ensangrentada no tenía ningún significado si no estaba el suicida; ni siquiera para ella). Era un joven moreno el que se giró y la miró con suspicacia, se encontraba sentada sobre la taza del váter.

––¿Está bien?

“––No hay nada más que hacer”--pensó. Su lado pragmático había regresado. Asintió mientras se ponía en pie, dispuesta a evitarle. Se vio reflejada en el espejo, con los antebrazos manchados de rojo y también algunas gotas sobre su pecho, que sólo cubría el sujetador, y la falda mojada.

––¿Le conocía?––siguió el hombre, desviando la mirada. No tenía una voz amable, sólo cumplía con su obligación.

––No.––contestó en tono cortante, mientras se pasaba la mano por la frente, para apartarse el pelo. Después de haberlo hecho se dio cuenta de que las tenía sucias, soltó una maldición.––Estoy perfectamente, gracias. Ahora, si no le importa, me gustaría vestirme.

El hombre se encogió de hombros y la miró torvamente, antes de cerrar la puerta a sus espaldas.

Abrió el grifo y se lavó a conciencia, lo que descubrió una pequeña herida en su dedo anular, que no recordaba haberse hecho. En la bañera el desagüe hacía ruido al tragarse el agua, aunque estaba quedando una mancha a partir del nivel hasta donde había sido llenada. Se sentía algo inquieta, aunque después de haber infringido una de sus máximas era algo normal; su reflejo devolvió el encogimiento de hombros. “––No te arrepientas de lo que no puedes cambiar.” Una llamada a la puerta la hizo girarse, para ver una cara curiosa que la observaba.

––Vero, dice Aurora que te vayas a casa, que ya termino yo aquí.

No se negó, sería una idiotez.

––Vale, nos vemos mañana.––dijo a la vez que se secaba en la falda y salía al dormitorio.––Adiós.

La otra mujer se despidió. Oyó como blasfemaba por el estropicio que le tocaba limpiar. Encontró una sudadera negra sobre el cabecero y se la puso, aunque le quedaba grande; estaba segura de que nadie la reclamaría, los muertos no reclamaban nada, y, además, no tenía más ropa en el hotel. Él se había largado con su camisa. Al salir también cogió el tabaco, donde, como comprobó con desilusión, sólo quedaban tres cigarros.

Caminó hacia la puerta de servicio con paso rápido, deseando esquivar a cualquiera. Seguro que no tardarían en pedir detalles, no quería darlos. Tampoco le apetecía ser considerada una heroína por algo que estaba segura no debería haber hecho. Y pese a eso, otro fragmento de sí no dejaba de pensar en esa sonrisa, y decirse que sólo alguien vacío la hubiese dejado morir.

29/XI/08



P.D.: "En medio del invierno descubrimos que en dentro de nosotros había un verano invencible"


*El master del site informa de que la entrada ¡Feliz Cumpleaños, Moridin! ha sido editada, como se estimó en el Concilio de Agregados y Consejeros al cual faltó uno de sus más ilustres y ausentes miembros.



1 comentario:

  1. Sus párpados temblaron un instante; no, sus pupilas. Bueno, sus ojos. La cuestión es que la casi imperceptible sacudida había humedecido y emborronado esos iris castaños resquebrajados de gris.
    Se le ocurrió escribirlos, pero se limitó a abrazar el enjuto cuerpo que se sacudía con cada nuevo sollozo frente a él. Notó su frente apoyada en el hombro desnudo, cálida, y sus uñas clavarse en su pecho. La oía llorar bajito, y murmurar "lo siento" entre hipidos.
    -No pasa nada.
    Al diablo con tranquilizarla. Sí que pasaba algo, mucho. La apretó con más fuerza, saboreando el olor a jazmín en su melena de ónice, y hundió el rostro en ella.
    Sólo se había puesto el batín encima del camisón, y él ni eso, iba aún con pantuflas y los pantalones del pijama.
    EL frío y blanco silencio de la sala de espera era como un ominoso presagio. Deberían dar un poco de esperanza en los hospitales, no incomodidad. Le había sorprendido que ella hubiese logrado contener las lágrimas hasta que los médicos se llevaron en una camilla diminuta a Eva.
    Quizá lo que más miedo le daba era no estar a su lado si pasaba lo peor. No. No podía pensar en eso.
    Apretó la mandíbula y clavó la vista en el suelo, en una mancha que corrompía la impoluta, por lo demás, habitación.
    Una enfermera traía dos cafés de máquina en las manos, pero se detuvo a un par de metros de ellos, dejándoles un poco de intimidad.
    -Dime que va a salir bien - pidió ella con voz cortada desde su hombro. Sintió sus labios hacerle cosquillas en la piel al hablar. Los tenía mojados - Dime que todo va a salir bien...
    -Todo va a salir bien.
    Le salió más fácilmente de lo que pensaba. Nunca le había mentido, no sabía mentir. Pero fue capaz de soltar esa mentira sin titubear ni un instante.
    -¿Señor Rodríguez?
    Se giró, sin aflojar el abrazo, y ella volvió la cara, con los ojos rojos y sendos surcos en sus mejillas. Él rechinó los dientes al ver al doctor que se había llevado a su hija en una cuna de hospital.
    -¿Qué le ha pasado?¿Se pondrá bien?
    -Ha tenido un fallo respiratorio - lo sabía. Había sido un parto prematuro, y ya le advirtieron de que sus pulmones eran débiles, que aún no habían terminado de formarse. El hombre de bata blanca pareció dudar, apartando la mirada un momento.
    No.
    -Hemos hecho todo cuanto hemos podido, pero...
    Ya no oyó nada más. Su mente parecía haberse fusionado con el entorno, y todo estaba en blanco. No sentía las uñas de ella clavarse con fiereza en su piel, haciéndole sangre, ni sus gritos desgarrados en su oído. No sentía los ojos humedecidos, como debería.No sentía dolor.
    Sólo blanco hospital.

    ResponderEliminar

Miríadas de sendas desde el Abismo