martes, 20 de enero de 2009

Pero ese viento fue un principio



Martes, 20 de enero de 2009, 1:55



Buenas noches! Aquí estoy yo en mi cuarto, sufriendo con un trabajo sobre Mme. Curie que no parece tener término. Realmente he puesto esto frente a mí como excusa para un descanso, aunque este post estuviese pensado desde hace mucho (el hecho de poner una entrada con este tema, no el contenido de la misma). Y es que, en un momento indeterminado, con el postrero hálito de la medianoche envolviendo el segundero de mi reloj digital puse punto y final al primer escrito sobre Valagiur, por lo que... ¡Feliz cumpleaños, Valagiur (Hioenoa por extensión)! En verdad, esta fechado el 19, pero lo terminé el veinte, aunque sea de madrugada, y el número diecinueve no me gusta.


Tengo muchos motivos para querer a estos dos personajes en especial, por lo que sí, la historia se repite (ahora no hay personaje de rel/ rol si eres William y no conoces chanzas internas del sistema^^). Y la foto/ dibujo es uno que me hizo Heli Gordi en Marruecos, cuando yo aguantaba a Balle y ella aguantaba a la troupé de personajes con los que puedo ser tan plasta <- realmente aguantaba yo mucho más, a ella no le pedía el móvil para darles toques XD. No son muy artísticos pero me parecen adorables y un amor, por lo que merecen ser expuestos en este blog serio. Pues nada más por hoy, excepto decir que los próximos días colgaré nuevos relatos de Valagiur e Hioenoa. Carpe Diem (no sea que algún día te quedes sin día)



P.D.: "La vida es como un río, pero el mar llega muy pronto." (le viene como anillo al dedo).


P.D.2: "En el eterno girar de la Rueda la muerte nunca es el final" (así lo quiera el Escritor).


P.D.3: No podía olvidarme del feto muerto, es imprescindible^^


viernes, 16 de enero de 2009

Cazador de delirios



Viernes, 16 de enero de 2009, 0:12

El viento frío de media tarde le dio de lleno en el rostro, haciendo se subiese la palestina negra y gris hasta la nariz y abrochase su cazadora beige. Metió las manos en los bolsillos y se encaminó hasta el paso de cebra, deseando meterse cuanto antes en el metro. Vio como un hombre la observaba, o eso le pareció, tras unas gafas oscuras pese al día nublado de otoño, que llevaba amenazando llover desde que nació, muy de mañana. Le resultó extrañamente familiar. Estaba sentado en el respaldo de un banco, con un cigarro, evaluándola con indecisión. Clavó la vista al frente, ignorándole. Por el rabillo del ojo vio como se levantaba y caminaba hacia ella, con una mano en el bolsillo y en la otra, sujetaba algo que no distinguió. Esperó hasta tenerlo más cerca para girarse, y observarle, intentando averiguar de quién se trataba.

Le echó veinte muchos treinta y pocos, metro ochenta y pico, delgado, rasgos marcados, labios agrietados y un poco morados, piel pálida, aspecto cansado, como si llevase días sin dormir; vestía un abrigo de pana negro y largo, vaqueros desgastados y deportivos, también un sombrero de ala corta, gris. Su mano enguantada sostenía el cigarrillo y el tallo de un crisantemo blanco, con la corola boca abajo. Se sorprendió al percatarse de su examen, pero continuó.

––Eh... ¿Eres Verónica Riesco?––su voz era profunda, pero un poco ronca.

Le observó con detenimiento antes de asentir, dubitativa. Perfiló una sonrisa vacilante, antes de dar una calada al cigarro y subirse las gafas a la cabeza. Tenía los ojos verde esmerilado, grandes, que destacaban en su cara.

––¿Y tú eres...?––aquel hombre la estaba poniendo nerviosa. Si no fuesen las seis de la tarde y la calle estuviese llena de gente, le dejaría allí plantado.

Le devolvió una mirada agradecida, mientras le tendía la diestra, envuelta en un guante de cuero negro.

––Hugo Jiménez.

Se la estrechó con renuencia, buscando en su mente algún recuerdo que le hablase de aquel nombre, de aquel hombre, pues creía conocerlo, o haberlo conocido en el pasado.

––Oye, lo siento, pero no caigo. ¿Nos conocemos de algo?––cuando esta intranquila era bastante directa, no tenía paciencia para la diplomacia en esos momentos.

Él desvió bajó los ojos, y carraspeó, antes de mirarla de nuevo, aunque no volvió a dejar que sus ojos se trabasen.

––Bueno, esto... Me han dicho que fuiste tú quien me salvó la vida hace dos meses.–– dijo, susurrando.

Sí, era él, casi sin lugar a dudas, ahora recordaba. Pensó que estaría muerto, por eso no había vuelto a llamar al hospital. Había preferido pensar que habría sobrevivido, y negar lo que su razón no paraba de clamar: “Habría muerto si tú no hubieses aparecido, ¿de veras piensas que va a luchar por una vida que él mismo se quitó?” Y ahora que estaba frente a ella ya no se acordaba de ese sentimiento.

Sintió como el rubor tenía sus mejillas, tapadas por la tela. Fue ella quien desvió la mirada ahora, sin saber que contestar.

––Sí, supongo que resulta raro. Venía a darte esto.––dijo, tendiéndole la flor.

La cogió sin darse cuenta.

––Me gustaría invitarte a un café o a cualquier bebida caliente que pueda apetecerte.

Desde hace horas le olvidado lo que se siente al tener nariz.––su voz sonaba afable, y no parecía enfadado con ella; si bien aún no sabía que pensaba de estar vivo. Su aspecto no era el de alguien que quiere empezar de nuevo, sino que ha pospuesto para mañana lo que debería haber terminado ayer. Movió la cabeza para indicar asentimiento, antes poder pensarlo con claridad. Nada más haberlo hecho se arrepintió, pero algo se iluminó en el semblante del tal Hugo, por lo que le fue imposible rehusar.



Abrió la puerta de un café a pocos minutos del hotel, mientras extendía la mano, indicando que pasase primero. Era un lugar cálido, con grandes cristaleras que daban a la calle, mesas redondas y sillas de aspecto futurista; una extraña combinación.

––¿Fumadora o no fumadora?––le preguntó.

––Fumadora.––ocasional, pero ahora agradecería un cigarro.

––¿Qué quieres tomar?

––Un café con leche y un pincho de tortilla.––no había comido nada desde el desayuno, y aunque no solía hacerlo hasta la cena hoy su estómago le estaba jugando una mala pasada.

Él se encaminó hacia la barra, por lo que se puso a buscar una mesa. El bar estaba bastante lleno, por lo que se conformó con una junto a la pared. Se quitó el abrigo y la chaqueta, quedándose con la camisa blanca y la falda negra del uniforme. Dejó el crisantemo sobre la mesa, deseosa de librarse de él.

Aún no entendía como coño había aceptado aquella invitación, era todo absurdo y surrealista. No quería conocer a ese hombre, alguien que terminaría suicidándose, no necesitaba una relación así, ni siquiera la certeza en su mente de que le conocía, aunque sólo tuviese que saludarlo por la calle. Se habían mantenido en silencio hasta llegar aquí, y no sabía qué tema tratarían ahora, se negaba en rotundo a hablar de aquel día.

Llegó a la mesa, cargado con dos cafés y la tortilla. Después se quitó el abrigo y la sudadera, dejó el sombrero sobre la mesa y se sentó frente a ella. Tenía el pelo recogido en una coleta baja. Subió de nuevo las gafas a la cabeza y se arremangó la camiseta negra, dejando al descubierto la cicatriz de su antebrazo, aunque llevaba atado un pañuelo en la muñeca izquierda. Se debió dar cuenta de que lo estaba observando, ya que giró el brazo mientras echaba azúcar al café.

––No me apetece andarme por las ramas, así que: ¿por qué entraste en mi habitación?

––Pues porque estaba limpiando las habitaciones de esa planta.––respondió con brusquedad. Esa era fácil, sin embargo sabía la existencia de una que no tardaría en llegar, y para esa no tenía respuesta.

––Pero..., yo tenía el cartel de prohibido...

––No. Habías puesto el de “pueden pasar a limpiar”.

Él negó con la cabeza, completamente convencido. Eso no la tranquilizó.

––Oye, mira, te voy a decir una cosa, lo siento ¿sabes? Sé que no debí meterme donde no me llamaban, pero no entraría en una habitación si no está el cartel, y dio la puta causalidad de que te confundiste. Supongo que debió ser duro despertar de nuevo, pero en aquel momento ni me lo planteé. Siento muchísimo haberte salvado, de verdad.––lo soltó todo de golpe, y cuando terminó se sintió extrañamente vacía.

Vio como un rictus de dolor se reflejaba en su rostro, pero desapareció casi al instante.

––Vale, tal vez tengas razón, normalmente soy bastante despistado y en aquellos momentos tampoco estaba muy puesto en lo que hacía.––le contestó.

––Entonces, ¿qué quieres de mí exactamente?––es que no terminaba de entenderle.

Suspiró y dio un largo sorbo a su café. Ella le imitó, antes de tragarse el sorbo amargo que acababa de probar. Masculló una palabrota, que hizo que el hombre sonriese.

––Si quieres que te diga la verdad, no lo sé. Cuando estaba en el hospital me planteaba que hacer conmigo, incluso esperaba que pasases por allí. Si yo le hubiese salvado la vida a alguien iría a ver que tal esta, pero no fuiste. Tengo sentimientos opuestos en cuanto a ti respecta, por un lado te odio y otro... No sé, esta mañana cuando salí del hotel pensaba darte las gracias, pero estar en ese banco durante horas me ha hecho reflexionar y ya no estoy tan seguro.––se encogió de hombros.

De pronto le sobrevino un ataque de tos, que hizo que todo su cuerpo se convulsionase. Cuando remitió, le sonrió trémulamente, antes de beber un sorbo que vació la taza.

––¿Estás enfermo?––se arrepintió de preguntar justo después de haberlo hecho.

Negó con la cabeza.

––Me he cogido otro puto catarro. Es lo más normal del mundo en estas fechas.


30/XI/08

P.D.: "No quiero necesitarte..., porque no puedo tenerte." Los puentes de Madison.


jueves, 15 de enero de 2009

Cayendo más allá del suelo



Jueves, 15 de enero de 2009, 1:20


Arrastró el carrito hasta la siguiente puerta, giró la llave en la cerradura y empujó con la cadera. Cogió el cepillo, un cubo con agua y bayetas, entró en la habitación. Había una mochila vacía en el suelo, ropa tirada por doquier, dos cuadernos y varios libros abiertos sobre la cama, que estaba también deshecha, en la cómoda dos botellas de ron sin empezar y un paquete de tabaco. Un sinfín de detalles más hicieron que murmurase un juramento. Miró de nuevo a la puerta, casi convencida de que se había equivocado y el cartel rogaba privacidad, pero una mano verde y abierta le indicó lo contrario.

Suspiró con resignación, decidiéndose por empezar por recogerlo todo. Si llevase algún tiempo más trabajando en este hotel tal vez relegaría esta habitación a otra, generalmente la nueva, cargo que, en la actualidad, le pertenecí a ella. Mientras amontonaba las prendas sobre la cama, descubrió una bola de papel detrás de la cortina. Lo desenvolvió con una curiosidad que no le era propia, pero la letra era ininteligible. Volvió a arrugarlo y se lo guardó en el bolsillo, para tirarlo al salir. Pasó frente a la puerta del baño, que estaba entornada. Le soltó un empellón y encendió la luz a ciegas, inconsciente al espectáculo que esperaba ser visto a la luz anaranjada de la lámpara.

Un grito murió en su garganta a la vez el bote de plástico caía al suelo. Avanzó hasta la bañera y se arrodilló, acercando sus dedos hasta el cuello del durmiente, buscando desesperadamente algún rastro de vida. Era un hombre de mediana edad, con el pelo castaño mojado a la altura de los hombros, sin afeitar, con los ojos cerrados, circundados por unas profundas ojeras, y la boca entreabierta, como si estuviese esperando un beso. No era capaz de notar los latidos, pero se resistió a aceptar lo que parecía evidente. Hundió las manos en el agua tibia, sangrienta, mientras tanteaba en busca de sus muñecas. Notó un pinchazo de dolor, del que apenas fue consciente. Alzó el brazo izquierdo, donde la sangre brotaba a borbotones de dos profundas heridas en la articulación. Paró con torpeza la hemorragia mientras intentaba envolverla en el paño, que no era lo suficientemente largo. Miró a su alrededor con impotencia, sin encontrar nada que hiciese las veces de venda. Soltó de nuevo el brazo en la bañera y se quitó la camisa blanca por la cabeza, oyendo como se desgarraba. Hizo un torniquete instintivamente, sin recordar las instrucciones que había aprendido en un curso de primeros auxilios. Cuando terminó comprendió que no podía hacer nada más sola, y un grito de socorro resonó la habitación, seguido de otros dos.

Sacó el derecho de la bañera, que, por suerte, sólo tenía una herida superficial a lo largo del antebrazo. Sujetó sus hombros y se acercó hasta que los separaba menos de un palmo de distancia.

––No te mueras.––susurró varias veces, más para sí misma. Notó una brisa caliente, tan leve que podría haberla imaginado. Si bien sólo un reducto de su mente gritaba que estaba muerto; una parte que claudicó cuando vio como sus ojos se entornaban y centraban por un instante la mirada en ella, reconociéndola. Su boca se movió en lo que creyó que era una media sonrisa.

En el límite de su vista vio una figura irrumpiendo en la pequeña habitación. Un señor mayor con bigote y traje estaba gritando al móvil que sostenía contra su oído. Más gente se agolpaba en la puerta, observando alternativamente a ella y al hombre. Cuando volvió a mirarle todo vestigio de la sonrisa había desaparecido, sus ojos volvían a estar sellados. Cogió su mano de nuevo y la apretó entre las suyas, mientras murmuraba plegarias a dioses en los que hacía años ya no creía.

Tenía la horrible imagen de un reloj analógico, el que había en su colegio junto al crucifijo, parado en un momento; el segundero era la negra línea que separaba dos abismos, y él estaba quieto, en pie, con la mirada perdida más allá de ella. Corrió hasta donde se hallaba, pero no se percató de su presencia; tenía ojos tristes, como los de un gato; de pequeña siempre sabía cuando los felinos tenían ojos tristes. También perdidos, naufragados en la espesa niebla que se acercaba desde el infinito. Casi igual que un recuerdo comprendía lo que debía hacer: arrojarlo a uno de los abismos, pero ambos eran igual de negros, o blancos. Tenía miedo, se sabía una niña. Gimió, tampoco estaba segura...

Alguien la apartó con brusquedad, haciendo que cortase el contacto y con él, la posibilidad de salvación. Su rostro se vació de toda expresión, la consciencia de la estupidez de su acto se volvió clara como cualquier mediodía. Miró como el enfermero del hotel mientras revisaba las vendas, sin casi darse cuenta. Vio como sacaban su cuerpo desnudo de la bañera y lo depositaban en una camilla; sólo captó un detalle, las ondas que rielaron en el agua tras su marcha, que parecían necesitar atraparlo de nuevo. Salieron y la gente también comenzó a abandonar la habitación, empujados por otro auxiliar (una bañera ensangrentada no tenía ningún significado si no estaba el suicida; ni siquiera para ella). Era un joven moreno el que se giró y la miró con suspicacia, se encontraba sentada sobre la taza del váter.

––¿Está bien?

“––No hay nada más que hacer”--pensó. Su lado pragmático había regresado. Asintió mientras se ponía en pie, dispuesta a evitarle. Se vio reflejada en el espejo, con los antebrazos manchados de rojo y también algunas gotas sobre su pecho, que sólo cubría el sujetador, y la falda mojada.

––¿Le conocía?––siguió el hombre, desviando la mirada. No tenía una voz amable, sólo cumplía con su obligación.

––No.––contestó en tono cortante, mientras se pasaba la mano por la frente, para apartarse el pelo. Después de haberlo hecho se dio cuenta de que las tenía sucias, soltó una maldición.––Estoy perfectamente, gracias. Ahora, si no le importa, me gustaría vestirme.

El hombre se encogió de hombros y la miró torvamente, antes de cerrar la puerta a sus espaldas.

Abrió el grifo y se lavó a conciencia, lo que descubrió una pequeña herida en su dedo anular, que no recordaba haberse hecho. En la bañera el desagüe hacía ruido al tragarse el agua, aunque estaba quedando una mancha a partir del nivel hasta donde había sido llenada. Se sentía algo inquieta, aunque después de haber infringido una de sus máximas era algo normal; su reflejo devolvió el encogimiento de hombros. “––No te arrepientas de lo que no puedes cambiar.” Una llamada a la puerta la hizo girarse, para ver una cara curiosa que la observaba.

––Vero, dice Aurora que te vayas a casa, que ya termino yo aquí.

No se negó, sería una idiotez.

––Vale, nos vemos mañana.––dijo a la vez que se secaba en la falda y salía al dormitorio.––Adiós.

La otra mujer se despidió. Oyó como blasfemaba por el estropicio que le tocaba limpiar. Encontró una sudadera negra sobre el cabecero y se la puso, aunque le quedaba grande; estaba segura de que nadie la reclamaría, los muertos no reclamaban nada, y, además, no tenía más ropa en el hotel. Él se había largado con su camisa. Al salir también cogió el tabaco, donde, como comprobó con desilusión, sólo quedaban tres cigarros.

Caminó hacia la puerta de servicio con paso rápido, deseando esquivar a cualquiera. Seguro que no tardarían en pedir detalles, no quería darlos. Tampoco le apetecía ser considerada una heroína por algo que estaba segura no debería haber hecho. Y pese a eso, otro fragmento de sí no dejaba de pensar en esa sonrisa, y decirse que sólo alguien vacío la hubiese dejado morir.

29/XI/08



P.D.: "En medio del invierno descubrimos que en dentro de nosotros había un verano invencible"


*El master del site informa de que la entrada ¡Feliz Cumpleaños, Moridin! ha sido editada, como se estimó en el Concilio de Agregados y Consejeros al cual faltó uno de sus más ilustres y ausentes miembros.



martes, 13 de enero de 2009

Nada muere para siempre, prométemelo



Domingo, 11 de enero de 2009, 18:12


Para Fuego, por brasas, junto con las próximas dos. Habría sido una sorpresa si no hubiese sido por... Pero como la sorpresa no era para mí, no me importa.



Dejó el tenedor sobre el plato vacío y la contempló mientras terminaba de comer, sin saberse observada. Tenía las mejillas sonrosadas, pese a que se hallaban en la terraza de la cocina a mediados de octubre. La luna brillaba en lo alto, llena y en solitario, y se reflejaba en las sucias paredes blancas del patio de vecinos. En el estrecho espacio a penas entraba la mesa camilla y sendos asientos, pero siempre solían cenar juntos cada plenilunio. Ya era una especie de tradición desde hacía varios años; aunque este sería el último mes del otoño que la cumplirían bajo la luz de la luna, noviembre era demasiado frío. Las velas titilaban en la mesa, protegidas por el cristal ahumado que hacía las veces de pantalla.

Cuando la vio acabar, se levantó, recogió los platos y entró a la cocina. Aún quedaban spaghetti con carne y queso en la bandeja, por lo que no tendrían que cocinar la noche siguiente. También había loza en el fregadero, mucho más de lo deseable. Cogió dos cucharillas del cajón y los flanes de la nevera. Al regresar una brisa fría le recordó la calidez interior. Ella tendió la mano hacía él, con una sonrisa:

––Me estoy quedando helada, así que date prisa para que nos metamos pronto.

––Si quieres terminamos en el sofá, que se estará mejor.––sugirió, parándose antes de sentarse.

––No vamos a dejarla aquí sola,––dijo, levantando la mirada al satélite––empezamos siendo tres y deberíamos terminar siendo tres.––pese a toda la parrafada ya tenía el postre a la mitad.

Esa era la excusa mayor para cenar en luna llena, acompañarla cuando las estrellas palidecen ante su luz blanquecina. Y que ambos disfrutaban teniendo un espejo al que asomarse cuando el verdinegro se hacía insostenible. Mientras intentaba abrir el flan vio por el rabillo del ojo como ella terminaba y escondía las manos bajo la mesa, para después oscilar cual péndulo hacía delante y hacía atrás. Desistió.

––No me apetece––se puso en pie.––Y ahora te vas a calentar el sofá.––le dijo mientras salía de nuevo a la terraza tras haber guardado el taburete, para hacer lo propio con la mesa.

Cuando abrió la boca para replicar se lo impidió.

––He dicho: ya.––volvió a entrar.

––Y yo te he dicho que no estoy enferma ni me voy a morir ni nada por el estilo, así que déjame ayudarte a recoger.––ella traía la silla entre los brazos, que él le quitó de las manos nada más verla.

––Joder, Hugo, me estás poniendo de mala hostia, deja de comportarte como si fueras mi madre. No estoy cansada, así que te jodes y me aguantas.––se arremangó la sudadera. – –Voy a fregar.––se encontró con él cuando dio un paso hacia la pila.

––No, ya friego yo.

––¿Y que hay de la norma no escrita de que quien hace la comida no puede fregar?––le apeló sólo por el hecho de discutir, ya que sabía que no conseguiría nada.

––¿Todavía no te ha llegado el boletín informativo de la oligarquía independiente de tu casa?

Sonrió sin querer, mientras negaba con la cabeza.

––Realmente el pregonero se dio de baja...––se tocó el mentón––Ayer di un golpe de estado y disolví la oligarquía, ahora hay una monarquía absolutista que conservaré hasta el nacimiento de mi heredero. Por lo que... El rey dice que te vayas a calentar su trono.– –la estaba empujando fuera de la cocina.

Ella se reía sin poder evitarlo a la vez que se esforzaba sin éxito en entrar de nuevo.

––¿Entonces soy la concubina del rey?

––No, nada de labores concubinescas.––dicho esto le cerró la puerta en las narices.

Oyó el agua y el calentador encenderse. Se resignó. Arrastró los pies hasta el salón y se sentó en el sofá, con la mirada fija en la luz anaranjada que veía en la ventana de enfrente.

Fuera hacía frío, la antesala del invierno. Y sin embargo no quería otra cosa que pasear durante toda la noche, como antes hacían, para que el sol les sorprendiese en mitad de la plaza e hiciesen que huyeran a la cama, cual inmortales vampiros. Si bien, habían trasmutado en criaturas diurnas y la muerte, de la mano con la vida, retozaban juntas en cada rincón. Quería que le leyese cuentos o poemas de nuevo, acurrucados en el sillón de skay verde que tenía su antigua habitación, o beber ávida de aquellos cuadernos de letra ilegible en Bic azul. Y ahora todo aquello había muerto en un indeterminado momento; con el piso, con Alejandro o Héctor o Víctor o Tristán o William o Eric (la estúpida idea de Christian no cuajó, gracias a los dioses), con la puta editorial seria de los cojones, con el ginecólogo y con la manía maternal persecutoria, para ella claro.

Se levantó enfada. En la cocina seguía habiendo ruido. “––Mejor.”

La encontró en el sofá, con la manta hasta el cuello. Sonrió para recibir en respuesta otra sonrisa más pícara. Se acercó para sentarse a su lado hasta que la vio completamente vestida.

––¿Y eso?––preguntó, sin poder evitar que su voz sonase cansada.

––Tengo un antojo y voy a salir a buscarlo.

Enarcó una ceja.

––¿Qué te hace pensar eso?

Le respondió encogiendo sus hombros, envueltos en un jersey rojo de cuello alto. Suspiró.

––¿Qué quieres?

––Dar un paseo.

La miró con escepticismo tras derrumbarse en el sofá.

––¿No vas a venir?

Negó con la cabeza.

––Mañana tengo que estar pronto en la editorial.

––Seguro que no te echan de menos.––sabía que no era cierto.

––Alfredo siempre me echa en falta. Siempre.

Se pegó a él, maldiciendo la barriga que se interponía entre ellos. Le contestó con una sonrisa.

––Tus cuadernos tienen polvo.

Su rostro mostró incertidumbre, sorpresa tal vez. Se arrepintió de haberlo dicho.

––No he tenido tiempo.––susurró, con la mirada prendida en la hipnótica luz de la ventana vecina.

Ella le giró el rostro con ambas manos, sintiendo como se humedecían sus ojos al mirar los verdes de él. Odiaba el estado cambiante de los últimos días. Depositó una caricia en sus labios.

––Te he visto cerrar libretas cuando cierra la noche y trabajar a las ocho. No me digas eso si no es verdad. No quieras que te crea.

Se encogió de hombros.

––En una cama de 2,20 sólo entramos tú, William y yo, la musa se quedó en el motel, ya pasaré a buscarla.––su intento de broma no le hizo ninguna gracia.

Se quedaron en silencio unos minutos largos.

––¿Cuándo hemos crecido?––su voz le sobresaltó, pese a que sólo fue un murmullo quedo.

Sacudió la cabeza, y los pelos ondulados que la coleta nunca conseguía retener bailaron ante sus ojos.

––No lo sé.––fue una respuesta a sí mismo.

––Antes eras tú quien me bajaba en volandas las escaleras y me dejabas la calle, con la camisa aún sin abrochar. Era yo quien te obligaba a dormir. Vamos, sólo hasta la catedral...––intuía que ambos lo necesitaban, aunque él todavía no lo supiera.

Silencio. No hubo contestación, no era necesario esperar algo que no llegaría.

Tomó su mano derecha entre las suyas, y besó con dulzura los incurables recuerdos que guardaba su muñeca. Eran suyas, no tenían más dueño. Ella las amaba como entes propios, ajenos por completo a las oceánicas pupilas. En una de esas medianoches alargadas hasta el crepúsculo él le dijo que amaba los besos que les daba. Y desde entonces, no había parado de hacerlo.

––Por favor...

Silencio. Esperó.

Al cabo de un rato, su otra mano le despeinó la media melena azabache, la mano del escritor.

––Venga, así practico para cuando me toqué sacar a Ale.

Levantó la cabeza para mirarle y su rostro reflejó la luminosa sonrisa. Él se la quitó de encima con cuidado y le tendió una mano.

––No creo que sacar a “Eric” sea la palabra adecuada.

Terminaban por utilizar todos los posibles nombres a lo largo del día, para ver cual de ellos comenzaba a decaer, de momento el casi extinto era Tristán, él tenía razón, sonaba a triste.

En el perchero de la entrada se acumulaba un montón de ropa, sin necesidad de que fuese para salir a la calle. Se sorprendió cuando él le puso el gorro andino antes de abrir la puerta.

––No quiero que cojas frío.––se excusó, con un encogimiento de hombros.

Si había algo de él que la sorprendía era la capacidad de cambiar completamente de ánimo en un instante, igual que un péndulo.

Salió al pasillo y le esperó, mientras buscaba la llave para cerrar la puerta. Ella le tendió las suyas.

––Están en el cenicero.

Sonrió sin disculpa. Cuando se encaminaba hacía las escaleras sintió como la sujetaba por detrás y la alzaba en volandas. Se sujetó a su cuello.

––Has engordado.

Le sacó la lengua.

Las escaleras eran muy estrechas, pero aun así llegaron al final como empezaron. El aire frío saludó tras la puerta de hierro y cristal. Se agarró de su brazo y echaron a caminar en silencio. La calle estaba casi vacía.

Al rato, cuando ya habían alcanzado su destino, y contemplaban la inmensa e iluminada mole desde un banco de piedra:

––Oye, ¿en la monarquía se puede fumar?

Él negó con la cabeza.

––Quiero un cigarrillo.

Se agachó y rozó sus labios. Se retiró. Los besó de nuevo, intermitentemente, todo el tiempo que duraba un cigarro.


10/I/09



P.D.: “Y en el cielo se les ve, casi hasta el amanecer, por fin juntos, otra vez.” Un mar de estrellas, WarCry.



P.D.2: “No quiero que esto arregle lo que surgió entre nosotros. // "Pensandolo bien, no creo que esto pueda arreglar lo que nunca existió."


lunes, 12 de enero de 2009

¡Feliz Cumpleaños, Moridin!

El motivo de este post es guay, porque Moridin cumple hoy 2 añitos. Realmente son 24, pero bueno, mejor que eso no se aireé mucho, porque ya esta mayor XD. Y nada más. No sé que poner en este post absurdo, pero me mola un montón hacerlo, así que... Por cierto, espero que le guste mi regalo, que le voy a dar esta noche, yo creo que sí (a mí me encanta^^, y ya se sabe...) Bueno, cosas importantes que han pasado este año, que dejó de ser caótica neutral para ser neutral verdadero y que tiene una espada super chachi guay y un tarro entero de caspas. Ah, y también derrotó a un árbol gigante en mitad de una plaza, ah y la dote. Pero bueno, eso ha sido desde el día 1. Ahora, aprovechando la ocasión, dejaré una canción super-mega- (siete minutos más tarde, después de revolcarme en la cama sin poder parar de reír). Aquí esta:



A pimientos colorados, azules y verdes,

la señorita/ el señorito [insertar nombre de hombre o mujer, preferiblemente mujer, en caso de pareja homosexual el/la uke] casarse quiere.

No quiere que se sepa cual su novio/novia

el señorito/la señorita [insertar nombre del otro miembro de la pareja] es un pimpollo.

Salió la luna, salió el sol,

salió en sujetador/ en bañador.

Salió la luna, salió el sol,

salió y la/ lo besó.

Ahora, pondré un ejemplo práctico para que veáis claramente como queda. Lo primero es coger dos nombres, como por ejemplo, Ernesto y Gracia, que son dos nombres completamente escogidos al azar, he dicho, completamente, porque no conozco a nadie que se llame así (Rutherford no cuenta).



A pimientos colorados, azules y verdes,

la señorita Gracia casarse quiere.

No quiere que se sepa cual es su novio,

el señorito Ernesto es un pimpollo.

Salió la luna, salió el sol,

salió Gracia en sujetador.

Salió la luna, salió el sol,

salió Ernesto y la besó.



No me podéis decir que no es una canción estupenda y que no destila amor por todas sus palabras. Luego puedes improvisar para que todo encaje mejor, alargando vocales, yendo más rápido en algunos sitios y cosas de esas. Es una pena que no pueda poneros el ritmo, porque también es sencillamente genial. Y ahora sí, creo que ya no tengo más que poner. Chaos.



P.D.: Que nadie piense que este no sigue siendo un blog serio XD.

P.D.P.D.: A Ori le gusta la canción, pese a todas sus quejas sé que se la sabe de memoria.

P.D.P.D.P.D.: Ah, por cierto, seguro que no podéis dejar de crear nuevas combinaciones, lo sé (también).



Editando: Los nombres completamente al azar han cambiado, ahora son Ernesto Kawasaki y Gracia Umbral XD

sábado, 10 de enero de 2009

“Psiiiiiiiiiiiiiiiiissss”

Sábado, 10 de enero de 2009, 1:54

Ni siquiera el rey...

Quién fuese gato en una noche sin estrellas, sin importarle el color del cielo al despertar, ni que la luna gobierne con su luz la noche. Servir únicamente a las nubes, que infinitas figuras formando, invariables en mi memoria permanecen. Vivir en lo alto de un tejado, dueño de la ciudad que a mis pies se extiende.

Quién fuese lobo en una noche como esta, vagando por las colinas que delimitan el mar mientras las olas rompen contra las rocas. Para aullar a una luna sempiterna, para correr por las dunas de arena.

Quién fuese historia, tan de mañana contada, volar de boca en boca en manos de juglares. Ser testigo del pasado y aún así conocer el futuro. Hacer reír y llorar sólo con mi presencia, no más tiempo del que dura un suspiro.

Quién fuese lágrima en el pálido rostro de una doncella. Sentir su piel en cada deslizar, portadora de alguna tristeza inconmensurable. Detenerme suave en su mejilla y acariciar con un beso la comisura de unos labios demasiado perfectos.

Quién fuese ola de mar en una noche con luna. Para nacer tempestuosa en lo más profundo, crecer a la vista del cielo negro y sentir plata en el reflejo del mar. Colarme furtiva entre los cuerpos de dos amantes que, muertos, añoran el consuelo del océano. Y morir entre las orillas del abismo, postrándome ante su poder.

Quién fuese susurro en la boca de una mujer. Para ser esperanza del amante o tranquilidad en oídos del niño. Modulado en bella cadencia, ocupar por un instante cada espacio de tiempo mal colocado y fenecer real en la realidad del presente. Pero perduraré en la memoria de aquel que sólo conmigo fue capaz de alcanzar el cielo.

Quién fuese un jirón de nube en una noche con viento tranquilo. Arrastrado sin brújula a merced de un algo tan etéreo. Envolver luceros y hacerlos desaparecer de la tierra. Servir de mando a la reina, engastando con perlas su tiara. Para perder consistencia en cada cambio de rumbo y ver como partes de mí desaparecen en la oscuridad que cubre la tierra.

Quién fuese copo de nieve en la noche de difuntos. Para caer despacio sobre la olvidada tumba de algún anciano con flores marchitas junto a su nombre. Tapar cada resto de la muerte y ayudar al silencio del camposanto a cantar un réquiem por los fallecidos.

Quién fuese errático pensamiento en la mente de un asceta. Hacerle sonreír un instante antes de ser olvidado. Resurgir tiempos después de una maraña para formar parte de la tupida y ordenada trama.

18/VIII/08



P.D.: “Cálmate no llores más, si cierras los ojos verás, que sigo aquí...” La oreja de Van Gogh.

P.D.2: “Mari, me gusta como piensas.”

P.D.3: “¿Y si te dijese que estoy viendo a dos personas que podríamos ser nosotros? Lejos del tiempo y de tu espacio, lejos de la realidad.”

lunes, 5 de enero de 2009

Morirme para ver lo que sucede

La esposa, la esclava y el guardián IV

Cerró la puerta del taxi y abrió el paraguas, internándose en el aguacero que asolaba Madrid. Caminó por los baldosines blancos, entre millares de muertos, buscando su propia redención, o penitencia; en pos de un pobre recuerdo. Conocía bien el camino, pues era un peregrinaje que solía hacer cada año, cuando la vida acompañaba a ello. No tardó mucho en alcanzar su destino, si bien el corto camino sirvió para que su abrigo y sus zapatos estuviesen empapados.

Contempló la tumba de mármol negro, el Cristo crucificado, las letras de metal dorado, la fotografía de aquella desconocida que sonreía dulcemente. Un ramo de flores artificiales de color blanco y otro ya marchito desde hacía semanas, eran la única decoración. Sacó del bolsillo de su americana negra un iPod, mientras se aflojaba la corbata. Se colocó los cascos, buscó una canción, que había grabado para la ocasión, y olió el clavel blanco que había tenido protegido por la chaqueta. Siempre eran blancas, no importaba de que tipo fuese, la razón no la conocía, o fingía no hacerlo; sin embargo la luna no había vuelto a brillar como aquella noche de otoño.

Los acordes de la guitarra empezaron y pronto su voz de barítono desterró la calma del camposanto. Cada año era el mismo ritual, en noviembre, una flor y la canción que bailaron a orilla del Atlántico; frente a la equivocada lápida de la mujer que amó durante unas pocas horas. Porque pese a la fotografía y el nombre, pese al crucificado, esa no era la tumba de Eva Sánchez de Ayala, o por lo menos no para él, que jamás la había visto. Sino los huesos, el polvo, de la única desconocida que conoció, de la cual se había enamorado y había perdido instantes más tarde. Casi no recordaba su rostro, enmarcado por un pelo azabache y cubierto de lágrimas, con una sonrisa llena de incertidumbre. Cómo era posible que algo tan bello desapareciese de la faz del mundo sólo porque él no lograba retener el recuerdo. Esa era una de respuestas que más necesitaba, por qué fue él, y no otro, quien conoció a esa muchacha. Dudaba que ella lo supiera tampoco, pero no podía preguntar a nadie más. No se culpaba de nada, tampoco a ella, si bien era doloroso pensar que añoras a alguien con el que no puedes estar, que queda por encima de todo y todos. Aunque suponía que esa era la razón de los deseos humanos.

La canción acabó, el relativo silencio recuperó su reinado. Se acercó hasta tocar mármol, deslizó su mano por la superficie mojada y fría, a modo de despedida. También depositó el clavel y vio como la lluvia comenzaba a horadar sus pétalos, sin piedad. Secó su mano en el pantalón y la metió en el bolsillo, esperando que se calentase. Empezó a desandar el camino, de nuevo entre tantos difuntos solitarios, algunos ya olvidados; con el paraguas apoyado en el hombro.

Un pensamiento se formó en su mente, repentino, que provocó que un escalofrío recorriese su espalda. Cuántos de los que estaban allí carecían de lágrimas en su honor, de sonrisas o, simplemente, de pensamientos. Cuánto tiempo habría de pasar que él también engrosara las líneas del vasto ejército que permanecía en el mundo, sin que los vivos se dieran cuenta. Casi notó como las miradas vacuas de todos aquellos fallecidos le observaban desde cada sombra, conscientes de que sólo había ido allí a visitar a uno de ellos, cuando quedaban miles de cientos. Miró a su alrededor, no con nerviosismo, sólo para constatar que ningún espíritu tornado en carne le observaba.

Recorrió baldosas, sorteando charcos, y cruzándolos de puntillas cuando toda la calle esta inundada. Tenía los pantalones empapados hasta las rodillas, y también partes de la chaqueta; seguro que acababa con un resfriado. Traspasó las verjas de hierro, volviendo a su mundo, al conocido e inmutable mundo; allí la vida regresó a su vista, coches, peatones, ruido... De nuevo, sintió como si dejase algo atrás, pero, por suerte, ese era el perenne sentimiento que le acompañaba tras atravesar aquella puerta, año tras año. Prefirió regresar andando a su casa, donde a buen seguro, encontraría el calor que necesitaba su lluvioso espíritu.

Unos castaños tendían sus ramas sobre la acera, donde una figura trajeada se perdía entre la cortina de lluvia, borrando con el dorso de la mano una estúpida lágrima que comenzaba deslizarse por su mejilla.

****

––Papá, papá, ¿por qué venimos aquí?

Caminaban por un paseo de mármol, entre nichos, con el frío de noviembre acariciando sus rostros. El día era nublado, con alternancia de sol y nada, de ese sol muerto que apenas ilumina las falsas apariencias y calienta lo que ya es caliente; de esa nada nebulosa, del cielo gris que augura una inexistente tormenta.

Parecían lo que eran, dos figuras caminando hacía un lugar concreto, no vagando por el camposanto.

El hombre, que agarraba a su hijo con la diestra y llevaba un ramo de flores en la siniestra, siguió con la mirada al frente mientras le contestaba.

––Hemos venido a ver a una vieja amiga de papá.––su voz sonó tranquila, profunda, como un guijarro cayendo silencioso en un río, al atardecer del verano.

El niño calló, conocedor del silencio de los difuntos, guardián de la paz del lugar. Traspasaron las murallas de muertos, llegando a los jardines donde también se habían plantado cadáveres, entre piedra, para que no creciesen ni la tierra volviera a ellos. Una figura se recortaba ante su camino, negra, oscura, alta, de varón.Continuaron.

La proximidad reveló detalles. Su traje oscuro, su abrigo negro que llevaba echado con despreocupación sobre el hombro, el pelo largo, azabache y lustroso; parecía la Muerte esperando pacientemente a alguien que por alguna extraña razón había escapado a sus poderosos brazos. Continuaron.

Algo incomodo paró dos tumbas antes de llegar a su destino, donde la infrecuente figura tocaba el mármol enlutado, donde de una rosa blanca danzaban sus pétalos con la fría brisa. El hombre se giró y los vio. Sus miradas se cruzaron durante breves instantes, ambas se deslizaron a la tumba para trabarse de nuevo. El verde húmedo del viento con los ojos tristes, cercano el llanto, el otoñal castaño seco y ausente, nostálgico. Los dos perdidos en recuerdos, distintos, iguales, de hace tiempo. Cae de nuevo el contacto, carraspeos desazonados por una mirada que expresaba tanto.

Toca de nuevo el mármol, el largo hasta luego, y echa a andar hacia el presente. Sus pupilas vuelven a prenderse, conocen ese significado no exento de dolor y olvido. Porque, sí, es el olvido lo que les hace conocerse, el recuerdo cada vez más huido. Un leve asentimiento. Como respuesta un cabeceo. Lo ve alejarse entre los rayos del sol, figura oscura que se adentra en su mente, horadando cada instante, antes único. Se acerca él, deposita las flores junto a la rosa, y saluda a la eterna ausente, a la eterna invariable. No mira más allá de la piedra, no conoce la sonrisa rubia. Gira y camina de regreso, nunca le gustaron las despedidas. Aunque, con ella, nunca era para siempre.

1/I/09

P.D.: “El coraje no es la simple ausencia del miedo, sino la conciencia de que hay algo por lo cual merece la pena arriesgarse.”

domingo, 4 de enero de 2009

Es quererte a ti

Domingo, 4 de enero de 2009

La esposa, la esclava y el guardián III

Le despertó el frío de madrugada. Se encontró desoladoramente solo, arropado en su abrigo. Estaba cansado, pero los temblores que sacudían su cuerpo le obligaron a sentarse. A su alrededor se veían los vestigios del pagano ritual, escritos en la arena. También a ellos se sobreponían algunas huellas, que se alejaban hacía la orilla. La Luna se había movido en su periplo, y una niebla espesa comenzaba a caer sobre la decadente noche. Una brisa helada acarició su piel, haciendo que sus dientes comenzasen a rechinar. Se puso en pie, renuente, se subió los pantalones y se colocó el abrigo. Después, sintiéndose estúpido por hacerlo ya vestido, sacudió la arena de sus ropas. Miró a su alrededor, buscándola, pero sabía que se había marchado hacía un rato. Andó rápido hasta el mar, donde las huellas desaparecían, pues la marea estaba creciendo; y tras resignarse a la soledad en su regreso, comenzó a caminar. Sabía que estaba a un par de kilómetros del pueblo, y su casa un poco más lejos. Sacó el móvil de su pantalón, marcaba las siete y cuarto. No había nadie esperando en casa para echarle la bronca, y podía dormir durante toda la mañana. Sonrió ante el recuerdo de la noche pasada, porque le era imposible recordar como si esa noche siguiese existiendo. Y pensar que todo empezó porque él sintió algo de curiosidad, o porque sus amigos le habían abandonado. Mientras corría, se iba acordando, intentando memorizar cada gesto y cada palabra; y lo que traspasaba esos umbrales. Sino se hubiese quedado primero ella dormida pensaría que aún quería más, que lo necesitaba. Visualizó su rostro dormido, acurrucado en el hueco de su hombro, mientras le acariciaba el pelo; reflejaba una paz que antes no había visto en ella, y supo que ahora si era feliz. Todo su cuerpo emanaba calor, al igual que el suyo, y el frío parecía un elemento externo, que no podía tocarles. Entonces, se abrazó más a ella y también se rindió al sueño. Resultó que sus conjeturas fueron erróneas y no la encontró al despertar, si bien mientras caminaba supo que volverían a verse. Nadie podía desaparecer para siempre.

****

Era un martes por la noche. El reloj del microondas marcaba las nueve y diez. Se encontraba en la cocina, preparándose un sándwich de atún para cenar, mientras repasaba los puntos del examen de física. Aún tenía que prepasarse el último, y también le gustaría resolver otros ejercicios, por lo que calculó que no se acostaría hasta bien pasada la medianoche. Su filosofía era tomárselo con calma, y tardar quince minutos en hacer la cena correspondía a esos parámetros.

Cuando se dio por satisfecho, emprendió el camino de regreso a su cuarto. Paso obligado era el salón, donde en ese momento sus padres disfrutaban del telediario, donde las noticias se sobreponían a cual mejor. Normalmente apenas le dirigía más de una mirada, pero esta vez algo le hizo pararse en seco. Había una foto de una muchacha sonriente, con el pelo largo y rubio, rizado; ojos claros, vestida con una camiseta de baloncesto, que agarraba un mechón de su pelo con la mano izquierda.

––“...la madrileña Eva Sánchez, de quince años, desaparecida hace diecisiete días ha sido encontrada muerta en una playa asturiana, a dos kilómetros y medio de Careñes, un pueblo cercano a Gijón. Su cuerpo no muestra signos de violencia, y una de las hipótesis que se barajan es el suicidio. Ahora mismo se encuentra en el Tanatorio Forense de Madrid. Su fami-”––un dolor en el pie derecho le hizo desviar la atención. Un plato de porcelana blanca roto y un sándwich le devolvieron la mirada de perturbación, o eso le pareció a él. Sus padres le observaban por encima del sofá, interrogantes. Supo que le habían preguntado algo. Y el pensamiento regresó a su cerebro, junto con el color a sus mejillas.

––Eh... Me ha dado un calambre en el pulgar,––contestó mientras se agachaba, y comenzaba a recoger––pero no os preocupéis, ya estoy bien.

Por el rabillo del ojo vio como su madre hacía ademán de levantarse, y él rehusó su ayuda con un movimiento de la cabeza. Tampoco quería que se diese cuenta del temblor de sus manos. Cuando intentó coger el hilo de la noticia, ya había acabado. Tiró los fragmentos del plato a la basura y colocó el sándwich en otro. No creía que su estómago fuese capaz de digerir nada, por lo que prescindió de preparar uno nuevo.

Trastabilló por el pasillo hasta su dormitorio, donde cerró la puerta y se tumbó sobre la alfombra.

Oía como la lluvia chocaba contra la ventana; veía leves puntitos brillantes en el techo, vulgares copias de la bóveda celeste; el tacto, la aspereza de la alfombra en su espalda, el sentido del olfato lo tenía menguado por el catarro, y si bien, a su boca llegó el regusto salado de las lágrimas.

P.D.: “Pues que un día habrá de morir, ¿qué será/ de él, que también sabe que fue eterno en sus sueños?” Antonio Colinas.

P.D.2: “Pocas cosas hay peores que un parto.”

sábado, 3 de enero de 2009

Pociones del mentor

Sábado, 3 de enero de 2009, 17:08

La esposa, la esclava y el guardián II

En la mesa había otras cuatro cervezas, el vaso de absenta vacío y los hielos derritiéndose en él. Apenas habían cambiado su postura. Ella continuaba expectante, aún cuando acababa de oír las palabras "the end" en la boca de un interlocutor. En varios momentos le había parecido como una niña, que no intuyese el transcurso de los acontecimientos. Para romper el contacto visual miró su reloj de pulsera. La una y media todavía era pronto, pero el ambiente de aquel lugar comenzaba a agobiarle.

--¿No podríamos tachar el "The end" y cambiar por "To be continued"?--dijo en un murmullo, tan quedo, que casi no la oyó.

Su sorpresa sólo fue momentánea.

--¿Cómo?

Se encogió de hombros, confundida. La vio mover los labios, pero no escuchó lo que dijo. Negó con la cabeza, antes de cogerla por la muñeca y acercarse a su oído.

--Vayamos fuera, no te he oído.

Asintió y rebuscó en los bolsillos de sus pantalones. Él, asimismo, hizo amago de sacar la cartera, hasta que vio el billete de veinte que ella le tendió al camarero, haciendo un gesto a todo lo que habÌa sobre la barra. No pudo más que volver a acercarse y susurrarle:

--¿Son cuatro cervezas el precio de mi relato?

Se quedó mirándole, con aquellos ojos plagados de dudas que tanto le desconcertaban y negó con la cabeza. Tendió la mano para recibir la vuelta y le hizo un gesto, indicándole que buscase una salida entre el montón de gente, que inexplicablemente, parecía haberse triplicado. Vio como el camarero le guiñaba un ojo, y mientras disminuía la distancia del aire limpio que esperaba tras la puerta, como en una procesión. Muchos le saludaron, los ignoró; de hecho, no se dio cuenta de si sus amigos habían vuelto o no, y tampoco se acordó de ellos. Su mente iba ocupada en el pago que recibiría. Había resuelto que quería algo más que un polvo, Èl no contaba historias por sexo (acababa de autoimponerse esa norma), aunque no le pareció que le pensase pagar así, si lo hacía, da igual como fuese, sería bastante decepcionante.

Una bocanada de aire frío le dio de lleno en el rostro, haciendo soltase un exabrupto mientras se ponía la chaqueta de cuero que sostenía bajo el brazo. A los segundos, apareció ella, reaccionando de la misma manera.

--¿A dónde quieres que vayamos?--le preguntó.

--A donde quieras.

Se descolgó la mochila del hombro, sacó una bufanda granate, que se enrolló en el cuello, tapándose también la nariz y la boca, y después se puso unos guantes con los dedos cortados, de mendigo. Esperó hasta que estuvo lista, y después enfiló la calle, pensando donde llevarla. El suelo estaba mojado, había llovido mucho durante la tarde, pero ahora, por fortuna, sólo quedaban enormes charcos en la Tierra, y unas nubes bajas y grises en el cielo, que se movían con el viento, velando la luna llena. Para su sorpresa, ella se agarró de su brazo, y se apretó contra él. Esto le hizo rebullir, inquieto, pero si se dio cuenta no mostró señales de ello, así que intentó mostrarse todo lo cortésmente que supo. Notaba como le castañeaban los dientes, y temblaba el brazo. La atrajo hacía sí y le pasó un brazo por los hombros. Musitó un gracias, no obstante no pareció querer continuar la conversación. Era una mujer alta, no tanto como él, unos cinco o seis centímetros más baja, lo que la dejaba en un metro setenta y ocho, más o menos.

Mientras andaban por una avenida, que estaba casi por completo vacía debido a las bajas temperaturas otoñales, ella sacó un paquete de tabaco del bolsillo de la sudadera, y le ofreció. Negó con la cabeza, ya llevaba nueve meses sin probarlos y no iba a empezar ahora. Se retiró la bufanda de la cara, lo encendió, y dio una calada, que sólo pudo calificar de titubeante. Tampoco parecía tener mucha experiencia cogiendo el cigarro, si tuviera que afirmarlo diría que no llevaba con el vicio más de una o dos semanas. Lo colocó en la lista mental que había comenzado sin querer a construir desde que traspasó el umbral del bar y entró en su campo de visión. Su forma de fruncir el ceño ante cosas que desconocía o que le sonaban extrañas, de morderse los dedos, de tocarse el estómago, de juguetear con la trenza...

Al final, sin que él fuese del todo consciente, acabaron en la playa, caminando entre la arena húmeda. Poco a poco dejaron atrás las luces del paseo y se quedaron a solas con la luna, que desdibujaba todo con su suave luz plateada. La arena era ahora más blanca que de día, los acantilados del final, como moles negras, abismos en el camino. Las olas rompían contra la orilla, envolviéndolo todo en un impetuoso silencio. La brisa era igual de fría, si bien, al notarse a sus espaldas parecía menor.

Como le hubiese gustado cambiarla por la que gobernaba en su corazón en esos momentos, y saber que cuidaba de alguien a quien amaba. Se encontraba un poco nervioso, no podÌa negárselo a sí mismo. Seguir a una mujer anónima, con un rumbo y un destino ignoto, aunque tuviese un cariz de romántica aventura, era una estupidez. Sin embargo, le chocó que ella no pensara lo mismo, con la diferencia en que él podía sin apenas dificultades reducirla. Obligó a su mente a abandonar esos pensamientos y regresó al presente, donde los dedos de sus pies comenzaban a congelarse.

De repente, ella paró y se giró para mirarle. Sus ojos le observaban, con un matiz entre esperanzado y torturado, por sus mejillas corrían sendos regueros, pese a que él en ningún momento se percató de que estuviese llorando. Sin pretenderlo alzó la mano y secó una lágrima tardía, que casi había alcanzado el final de su rostro. Ella sonrió, trémulamente, lo que le pareció un gesto demasiado hermoso para ser tan etéreo y en cuestión de segundos acordó que lo conservaría para siempre, aunque fuese en el triste recuerdo. Inclinó la cabeza para besarla, si bien notó como se ponía tensa y no correspondió. Se apartó, avergonzado, mientras musitaba una disculpa.

Hubo unos instantes de tenso silencio, con la noche llenando cada rincón de la realidad. --Ya sé cual es el precio de tu historia, Marius, trovador.--susurró, tranquila.

Eso le hizo sonreír. Cómo iba a pensar que le llamaría igual que había nombrado él a uno de sus personajes. No obstante, le hubiese gustado saber el porqué de su elección, cuando él se sentía tan poco identificado con ese personaje en particular. La vio mirar a su alrededor, como buscando algo, como si no estuviesen en una playa abandonada por todo.

Después miró a través de él, quizá al océano, o al horizonte, o al infinito. El vapor se elevaba entre ellos, y él se quedó contemplándolo, dejando que su mente deambulase por los límites de la realidad.

La oyó dejar la mochila en la arena, y notó como le agarraba de la muñeca, conduciéndole unos pasos hacia delante. Le sorprendió un poco cuando alzó los brazos, hasta unirlos en su cuello. Se encontraban a menos de un palmo, sosteniéndose la mirada; el gris, inexpugnable y el verde, expectante. La agarró por las caderas, intuyendo que era eso lo que esperaba. Pasaron unos segundos, hasta que un delicioso susurro llegó hasta sus oídos, nítido y bello. Su voz transcurría en el tiempo, llenando el espacio hasta ahora mal colocado. Nunca había escuchado esa canción, y tampoco comprendía el inglés, si bien se dejó llevar por ella, cerca del límite de su conciencia, donde los pensamientos de deshilachaban en neblinosos retales.

Se movieron bajo un ritmo inexistente, sólo con la melodía que esos labios conseguían evocar, formando sus latidos la armonía del retorno, dejando atrás ese mutuo destierro para volver juntos a un lugar que no existía...

Apenas terminó de callar y sus miradas volvieron a encontrarse, infinitamente más cercanas, ambas más ausentes. No necesitó ponerse de puntillas para alcanzar sus labios, interrumpiendo con un leve roce el vapor que manaba de ellos. No pidió permiso, supo que tampoco pediría perdón. Le acarició a conciencia, buscando la llave que abriría para ella la entrada a su cuerpo. Él se la entregó. Con una rapidez alarmante el beso perdió su ternura, mató la delicadeza, para volverse salvaje, violento, lleno de vacíos apagados, quizá muertos. Casi a la vez ella subió las manos hasta su nuca, él apretó con firmeza sus nalgas, atrayéndose, necesitándose. Cayendo juntos en esa espiral de soledad y melancolía que no sabía saciarse de otra forma. Mordieron el odio que los corrompía, ese que sólo profesaban sin querer hacía un mundo incomprensible e incapaz de comprender. Enroscó sus piernas contra las de él, que la levantó en vilo sin gran dificultad, para quedar a la altura de su boca, para continuar en lo alto bebiendo de aquel manantial de contrita ambrosía y próvida ponzoña, en ese lugar al que no quería llegar, deseosa de adentrarse en él y perder allí toda ruina de realidad.

Se sació con su boca, sintiendo el sabor a carencia en el paladar, esquivando el de ceniza. Bajó las piernas, que protestaron por tocar el suelo de nuevo; trajo su mente de vuelta, que se quejó por continuar sola; su corazón nunca se había marchado, roto como estaba en su cofre de cristal, mil esquirlas escarlatas que anhelaban un amanecer en el que exiliarse. Le deshizo de su abrigo con relativa facilidad, sólo le costó que separase las manos de su espalda; tirar el suyo sobre la arena fue igual de fácil.

Le propinó un empujón para alejarle de su boca, él le devolvió una mirada de sorpresa. Se observaron, vieron el brillo de la osadía en los ojos del contrario. El guante estaba en el suelo, y ninguno lo recogía; ambos lo habían alzado. El color de sus pupilas era el mismo, escarlata, sangre, sufrimiento, guerra; un reto que ninguno de los dos había superado. Sabían lo que querían, el deseo inundaba sus cuerpos. Ninguno corrió primero, se fundieron a la vez. Eran todo uno, de nuevo en un beso brutal, sintiendo el mismo dolor que placer, sangre brotando de labios ajenos, bebiendo el líquido metálico. Se postraron en la arena, rodaron en una batalla constante, frenética, en el que ninguno quería ganar. Luchaban por la derrota.

Ella desabrochó sus vaqueros y se bajó las bragas azules y negras hasta las rodillas, dejando que los rubios pelos de su pubis se encontrasen con el frío de la madrugada. Él también se bajó los pantalones, para rescatar después un condón de su cartera. Cuando hizo ademán de abrirlo, ella se lo arrebató de las manos y lo alzó lejos, para instantes más tarde empalarse sobre su sexo erecto, tumbarse de nuevo sobre su pecho y regresar al reencontrado hogar entre sus labios.

Sus gritos rompían el aire, destruían el silencio oceánico que les acompañaba. Y el perenne llanto resurgía en sus ojos color tormenta, ahora secos.





P.D.: "Nunca andes por el camino trazado, sólo conduce a donde ya fueron otros."

P.D.2: "Oye, Moony, ¿te acuerdas de Cole? [...] ¿te acuerdas de que fue inmortal y al final acabó muerto?"

P.D.3: "Verás, imaginate que estás en un punto muerto..."

viernes, 2 de enero de 2009

Sea más allá de ti

Viernes, 2 de enero de 2009, 2:25

Buenas noches! Este es una especie de cuento que empecé hace un mes y acabé ayer, como es largo lo divido en partes, cuatro para ser exactos. Espero que os guste. Carpe diem.

La esposa, la esclava y el guardián I

“Siempre. Le parecía una palabra vacía desde que la pronunciaron sus labios, delineados con carmín negro. No quería que su amistad siempre fuese eso, necesitaba algo que no tenía; lo sabía en cada momento que evocaba sus azulados ojos, en cada momento que los veía sonreír al verse reflejado en sus marinas pupilas. Sin embargo, ahora esos ojos no le miraban, sólo en el recuerdo y este estaba demasiado gastado; no en aquel antro con perenne olor a tabaco y grandes nubes de humo gris que invadían el hediondo cielo, ocultando los soles de blanquecina luz. Estaban más ocupados cerrados, mientras sus boca se entrelazaba con otra boca, que muy a su pesar era la de un amigo, no podía odiarle por algo que él no decidió, tampoco a ella. Se acomodó más en el sofá, dio un largo sorbo a su cerveza y evaluó el paquete de Lucky que estaba sobre la mesa. Incluso le pareció que él también estaba siendo evaluado. Mostró para sí una sonrisa torcida, y esquivó la contemplación de los cigarrillos para encontrarse con otra más aciaga. El instinto le obligó a apartar la mirada, dolido, y dejar que vagase por todo el lugar.

El bar abarrotado, si bien sabía que sólo era un efecto acusado por la estrechez del lugar, pues, en realidad, no había más de veinte personas. Todas eran conocidas por sus ojos, más de la mitad, por su lengua, cinco o seis, por su mente y sólo una por su corazón.

El ambiente, idéntico al de cualquier garito heavy de pueblo que se precie un viernes por la noche. El murmullo moría donde empezaba la música y la música nacía junto a tu tímpano; el rasgueo de una guitarra acoplado a una enronquecida voz en ingles que era imposible de entender; martirizando oídos. La gente, los habituales; formando pequeños grupos en los cuales dos o tres tocaban una guitarra o una batería imaginaria, moviendo sus melenas al ritmo de la música. Rara era la vez en la cual entraban caras nuevas, casi siempre acompañado por algún conocido; primos, amigas de verano, de pueblos vecinos...

Tal vez fuese sea la razón, en la cual pensaba en esos momentos, lo que le llamó la atención de una figura que acababa de traspasar el umbral, sola. La vio avanzar, deslizándose entre la gente, sin que ninguno levantase la vista para echarle una ojeada, inconscientes a su presencia. Se estiró un poco para no dejar de mirarla. Caminaba directa a la barra, no había buscado a nadie, ni titubeaba; simplemente se sentó en un taburete y pidió algo al camarero. Dejó caer una mochila al suelo, de la que colgaba un saco de dormir, se quitó la cazadora oscura y unos guantes, que guardó en los bolsillos y lo dejó todo sobre la bolsa. Tras esto se giró y le dio por completo la espalda.

Vestía unos vaqueros grises y gastados, que no marcaban su trasero y parecían quedarle grandes; unas deportivas negras llenas de barro jugaban en la pata del taburete, colocándose una encima de otra. La sudadera de rayas negras y de otro color que no supo determinar era de esas con capucha duende, que le colgaba hasta la parte baja de la espalda. Tenía corto el pelo oscuro, y despeinado. Era miope, pero no usaba gafas por olvidadizo, pese a tenerlas desde hacía un par de meses; aún no se había acostumbrado a ellas, y sólo las utilizaba en el instituto, por lo que no podía determinar más rasgos desde su actual posición de observador en la sombra, así comenzó a germinar una idea en su mente. Vio como el camarero dejaba el vaso a su lado, pequeño, lleno de un líquido que no reconoció. Miró a su alrededor para comprobar si alguien se percataba de su observación, por si alguno también la miraba a ella, por si alguien la conocía, pero no; nadie le miraba, ni la miraba, ni quería mirarla.

Tras quince absurdos minutos de sopesar los inconvenientes y perderse en absurdas reflexiones metafísicas sobre el color del cariño, se levantó y ando hacia ella, no sin antes vislumbrar por el rabillo del ojo que sus amigos continuaban con los arrumacos. Se acodó en la barra con la excusa de pedir otra cerveza, sólo para mirar su aspecto más de cerca. No le fue difícil observarla de reojo sin que se diera cuenta, pues tenía la mirada fija en el fondo del vaso, que parecía contener absenta verde, por la mitad. A simple vista no parecía ser mayor de veinte años, nunca fue muy bueno adivinando edades. El pelo era negro, una trenza de cuero marrón hasta la mitad de su espalda, y lo que en un principio pensó que era negro en su sudadera, resultó morado, y naranja. Sus manos aferraban la bebida, cubriendo el vaso por completo. Tenía la piel sonrosada alrededor de las uñas, largas; se mordía los pellejos. Sonrió de lado, él también lo hacía, pero además él se mordía las uñas.

El camarero le sonrió al percatarse del escrutinio que estaba llevando a cabo. Se sintió ruborizarse mientras le sacaba el dedo. También él rió y se fue a por la cerveza. Un vistazo a la mesa le dio a entender que sus amigos no le echaban de menos, por lo que optó tomar asiento y continuar la observación, en algún momento tendría que moverse para poder verle el rostro. Con sinceridad no la encontraba atractiva: vestía como un chico, parecía un chico. Le gustaban las féminas que se vestían como tal, con corsé y faldas, preferiblemente, los ojos delineados... Era la curiosidad lo que le había hecho levantarse y acudir hasta allí, y decidió que la saciaría en la medida de sus posibilidades. De hacerlo, tendría que ser ahora, se dijo. Respiró hondo y contó hasta dos y medio, antes de dar un trago a su botellín y girarse. Carraspeó, y no pareció oírlo. Repitió dos veces más, aumentando el volumen hasta que ella sacudió la cabeza y fruncía el ceño mientras clavaba en él una mirada entre sangrienta y tormentosa. Sangrienta, porque parecía tener conjuntivitis; tormentosa, porque era gris y húmeda. También la enmarcaban unas oscuras ojeras que jamás creyó existentes sin la ayuda de sombra de ojos, sobre una piel de lividez sepulcral. Esto le sorprendió, y lo primero que pensó fue en el amor fracasado, y sintió una terrible empatía. La expresión de sus ojos cambió, de vacua a interrogante; a la vez que la suya, de filósofo a amigo, aunque fuese desconocido.

––Buenas noches,––saludó––me llam-

Ella le chistó para que callase mientras estrechaba su mano. Tenía una llaga en el labio inferior, manchada de sangre.

––¿Acaso importa? No serás para mí más que otro nombre, por lo que te insto a que seas el primer desconocido que conozco.––su voz, suave, algo rota, con un matiz indefinible, hablando como lo había hecho, le cautivó.

No pudo menos que sonreír.

––Entonces, debo intuir que tampoco conoceré tu nombre.

Asintió. Él se encogió de hombros. Dio otro sorbo, mientras sentía como sus ojos le observaban, captando cada leve parpadeo.

––Inventa una historia que contarme,––hizo una pausa, dando a entender que en ese espacio habría colocado su nombre––veamos tus dotes como bardo.

Una parte de su mente se alarmó por el comportamiento de aquella mujer, la otra decidió seguirle el juego. De todas formas no tengo nada mejor que hacer, se excusó, desviando la mirada a la mesa, ahora vacía. Un suspiro de abatimiento surgió de lo más hondo de su pecho, antes de poder evitarlo. Ella no dijo nada, y le miraba, expectante, esperando el comienzo de su cuento.

––¿Qué tipo de historia prefieres? ¿Triste, alegre, mágica, ordinaria...?

––Alguna sobre la vida, y a no ser que hayas vivido toda tu vida en una burbuja, sabrás que debe tener de todo eso, y bastante más.

Volvió a asentir, mientras su imaginación comenzaba a ordenar ideas, improvisando un principio, el final llegaría solo. Terminó la cerveza. Y carraspeó de nuevo. Ella cogió el vaso entre las manos y se giró para mirarle, sus rodillas se tocaron.

––Bueno, pues vamos a ver que sale de esto. Aunque eso quite prestigio a mi recital, he de decir que mis servicios como juglar tienen un precio, hermosa dama.––se llevó la diestra a la cabeza, simulando hacer una reverencia mientras se quitaba el sombrero.

Fue la primera vez que la vio sonreír, no ampliamente, pero una sonrisa al fin y al cabo.

––Poned un precio, maese juglar, y decidiré si vuestra historia lo merece.

A eso no puso contestar de repente, qué podría pedirle a una mujer que no conocía de nada y a la que tampoco conocería más adelante. Salió por la tangente:

––Hagamos una cosa, escúchame y paga lo que valga mi relato.

––Sea pues.––dijo, haciendo un gesto condescendiente con la cabeza.

Se aclaró la garganta y colocó las manos, simulando que sostenía un arpa.

––Clin, clin, clin––esto también la hizo sonreír. Concluyó que empezaría como cualquier trovador––. Érase una vez...”





P.D.: “Me invento personajes que me quieran porque a quién amé maté con esas manos de tijera.” Shinoflow

P.D.2: "Tú creas un personaje que pueda hace magia, volar, o cualquier mandanguilla de esas y luego le impides utilizarlos." Heli Gordi

jueves, 1 de enero de 2009

Natillas con canela

Jueves, 1 de enero de 2009, 17:15.

"Hoy es el momento de dejar de pensar, de acabar con la oscura oscuridad, con el moribundo día. Desterrar al tiempo, matar al espacio, al sueño. Cualquier realidad sucumbirá a mi odio, a mi miedo a otro crepúsculo, y a la perenne soledad del lecho vacío. ¿Por qué será que sé que nada más allá del desconsuelo manifiesto me producirán las lágrimas? Sabiendo como sé la gran sequía de lluvia y los latidos desacompasados de liso cardiograma, conociendo como conozco el límite de mis fuerzas, la frontera a lo imposible ante la cual muero cada instante. La puerta que me guía, que me levanta cada mañana con aletargados pensamientos haciendo que viva una vida que no quiero vivir; hasta que llega el tiempo de la vigilia, cuando el ensueño muere, y sea como fuere, vuelvo a la materia, a participar de una farsa y llevar la muerte bajo el brazo. Esa muerte con la que me encontré en aquel lugar, con sus ojos bañados en lágrimas, con aquellos labios carnosos dispuestos a besarme, y en ese momento sólo pude sonreír. Por el pronto final, por el inolvidable reloj de arena que caía el cristal, del cual renegué cada segundo que estaba despierto. Viendo ya la luz, el principio del camino, la estela decadente de aquel lucero, la muerte me dio vida, negándome el postrero roce que me sepultaría al firmamento."

Fernando Rodríguez

P.D.: "La muerte como final del tiempo que se vive sólo puede causar pavor a quien no sabe llenar el tiempo que le es dado a vivir." Viktor Frankl.

P.D.2: "Intentó recordar, pero la memoria me falla; las tardes que pasé, pero las lágrimas invaden mi cara." Furia Animal.

P.D.3: "El tiempo pasado muere en tu mente, el olvido siembra desdicha o paz, el tiempo que se vive perece después de haberse vivido."

P.D.4: "La respuesta, amigo mío, late en el viento." Bob Dylan

P.D.5: "Una vez juré, Rhiman Han, que permanecería fiel a nuestro Círculo. Yo no quebranto mis juramentos, pues no los presto a la ligera. Recuérdalo bien, pues ahora voy a prestar otro. Si alguna vez tengo que utilizar los poderes que retengo, serás el primero en comprender lo que es ser un juguete del Caos!" Tarod.

P.D.6: "Si el fotolog se llama flog, el blog es botolog." Heli Gordi

P.D.7: "Soñar que me siento en el balcón de la luna a esperar que pase el sol." William Hackford.

P.D.8: "Víctor sale por la ventana."

P.D.9: "Por este mundo nunca deseado/ por un futuro siempre aborrecido/ por el presente a cada momento amado."Gildûr Elhealzar.

P.D.10: "Nautae stellas spectant nam stellae viam monstrant."

P.D.11: "Entre jirones de oro, expiró. Y, por fin, el inmortal besó a la muerte."

P.D.12: "Marchitaré mi vida para que ella posea mi muerte." CRMO

martes, 30 de diciembre de 2008

Luchadores de sumo I

Triste y decadente perdón

El sol brillaba más leve que en eras anteriores. Las nubes ya no danzaban los días de lluvia, ni la lluvia danzaba los días nublados. La canción de la vida está extinta desde hace eones y ninguno de los vivos recuerda como despertarla. Tal vez algún difunto fuese capaz de cantarla de nuevo, pero todos los que restan saben que los muertos no tienen voz. En una playa remota y desierta, a la que un desconocido poeta dedicó su poesía, una ola rompió en la arena. Era una ola de tonos grises y azules, que deambulaba desde su nacimiento, apenas segundos antes. Aunque muriese en instantes no podía dejar de existir, pues la sinfonía que la mar componía en esa mañana de verano hubiese perdido su sentido. Simplemente se limitó a cumplir el papel que debía, yendo para regresar en su lecho de muerte. Pero no pudo evitar que un pulido material blanquecino, que ya formaba parte del océano, quedase postrado en la arena.

Sintió su dolor. Lo mecía en su pecho, intentando clamar los desaforados movimientos de su cuerpo muerto. No era bello, simplemente algo más oscuro que el resto del océano. Quería cantar con él la canción de los inertes, pero no a riesgo de morir para convertirse en el miasma que era ahora la tierra. Se le ocurrió, que tal vez, se fusionaría con ese cuerpo si le enseñaba la danza de las olas, formar parte de un mismo ente. Unido para siempre a sus recuerdos, aquellos que gritaban tristeza y desolación. Decidido ya, lo recogió con cariño de las profundidades, y lo alzó hasta la luz, donde pudiese ser algo más que olvido en los infiernos.

Antes cayó una gota, también salada en el salado océano. Su superficie tremoló en un dulce gemido, parecido al primer beso de unos amantes. Se comenzaba a extender acompasada, incorporada ya a la armoniosa melodía que sólo el mar sabía interpretar... El golpe fue brutal, los cielos se desplomaron cruelmente sobre él y la postrera luz del día le dirigió una mirada despectiva. Agujas de hielo candente horadaron su piel, y sin pretenderlo, el último de todos los pensamientos que tuvo y tendría, fue, que tal vez, el océano no le acogería tan bien como a las lágrimas.

Contempló el esplendor del atardecer. Los rayos dorados se filtraban entre las nubes, que se movían a un compás que el viento marcaba. La luz cristalina que reflejaba en el mar, cegando sus ojos grisáceos. Le dolía el color del mar porque era el color de sus pupilas, le dolía el color de las nubes porque era el dorado de sus cabellos, le dolía el susurro del viento porque era igual a sus susurros... Nada podía cambiar el pasado, ni el presente, y muy a su pesar, tampoco nadie cambiaría el futuro. Cerrando los ojos se entregó por completo a la danza de las nubes y los rayos del sol, con un suspiro de sorprendente alivio.

El corazón latía desaforado en su pecho. Lentamente su ritmo fue disminuyendo hasta parar por completo. Se hallaba en medio del hayedo, quieto en medio de una trocha de animales. El bosque hablaba de tiempos pasados, con sus hojas agitándose por el color del verano. Nada haría que el bosque muriese hoy, pero tampoco nada haría que no resucitase en el mañana; esos árboles eran la esencia del mundo, los únicos que aun muertos seguirían cantando los esplendores de épocas pasadas. Uno de sus latidos resonó con más fuerza en su pecho, y reverberó entre los árboles; siendo partícipe, también él, por un segundo, del canto de las hadas.

Ascendía corriendo por el pedregal. Los pequeños cantos se deslizaban bajo sus pies, amenazando con frenar su carrera hasta pararla por completo. Se agarraba también con las manos, luchando por cada nuevo paso que lo acercaba a la cima de aquella colina. Las lágrimas se acumulaban en sus retinas, nublando su visión con húmedas caricias. Una parte de él escuchó el silencio que manaba de las rocas como si de un torrente se tratase... Algo le decía que las rocas no hablaban, pero sabía que si lo hubiesen hecho cantarían la creación del mundo. Ellas eran los cimientos de aquella farsa, pero sólo lo consideraban su obra maestra en conjunto. Haciéndose el sordo ante la lánguida cadencia de las rocas, deseó que la cima no estuviese tan lejos, ni el mar tan oscuro y frío.

Tomó con descarada rapidez la curva del camino de arena. Unas tristes lágrimas se deslizaban por sus mejillas, añorando compañía. La música hacía vibrar con violencia sus tímpanos. Gritaba la letra de la canción, pero no alcanzaba a oír su voz entre los rasgueos de la guitarra. En cuanto encontró el final, giró la llave y se hizo el silencio. Un segundo más tarde continuaba escuchando la música. Hubieron de pasar varios minutos hasta que el recuerdo en su cabeza se convirtiese en un suave zumbido. Desabrochó el cinturón, salió del coche y cerró la puerta. Lentamente al principio, y corriendo después, la distancia que lo separaba de la colina pedregosa iba disminuyendo.

Cerró la puerta de madera tras él, con suavidad. Prorrogó su partida durante unos instantes, deseando que la realidad fluctuase hasta convertirse en la pesadilla que estaba viviendo. Quizás, si algún dios en el que no creía se apiadase de él... Tras unos momentos de paganas oraciones ningún ente mostró ayuda divina. Comenzó a andar por el camino asfaltado, sorteando los parterres llenos de flores blancas y moradas. Rebuscó en el bolsillo de los vaqueros, mientras se acercaba al Ford Orion aparcado en la esquina. Abrió la puerta y se dejó caer en el asiento. Con el cinturón de seguridad en la mano, miró anhelante la puerta, pero ésta siguió igual de solitaria y fría, con su pintura blanca descascarillada y el picaporte de latón medio caído. Después metió la llave de contacto y puso la música. Ya tenía un destino. Ya sabía donde pertenecía, por fin, desde que tenía uso de razón... Una media sonrisa de dibujó en su rostro, a la vez que la primera lágrima brotaba de lo más profundo de sus grises pupilas.

14/V/08

P.D.: "Oye, tú, jodido cerdo asqueroso; en este puto pueblo sólo yo tengo derecho a eso." Lisbeth Salander

P.D.2: "La verdad es tan relativa" Orion

P.D.3: --Eh, Gaia./ --¿Qué?/ --¿Qué opinas sobre la macroeconomía?

sábado, 27 de diciembre de 2008

El despertar de las piedras

Sangre. Para mí, en ese lugar solo existía el bello color de la sangre. Únicamente una gota que captaba tristes reflejos irrisorios en mis pupilas. Un color que me recordaba todo, haciendo que olvidase. Era suave como el papel, pero no olía como tal. Olía a primavera y otoño, a soledad y compañía, a todo y nada. Triste. Tal vez oliese a triste, una sonrisa desecha y abandonada en la mayor multitud. Me gustaría besar unos labios tan ligeros. Que puedo hacer, si la sangre no se puede besar. No hay nada tal lastimero como esos labios invisibles que pugnan por tocar los míos. Oh, dolor, solo por tenerlos y a la vez no. Malditos por los dioses que nunca olvidan y recuerdan eternamente algo que solamente ellos conocen. Y un castigo, solamente amar. Y sollozar para siempre por la dicha que me fue antaño negada. Escribo por no pensar, pues cuando lo hago mi mente es demasiado compleja para entenderla. Nadie. Tal vez esa la razón de mi existencia. ¿Por qué debería retraer mis pensamientos, si solo con pensarlo ya puedo creer que no es cierto? No contesto preguntas ni formulo respuestas, pues me son del todo conocidas. El recuerdo se desvanece tranquilamente en un mar de incertidumbre que parece recrearse en mis sentidos. Y si no lo conozco, puedo preguntar extasiado en mi mente. Y el color de la sangre, es lo único que me desconcierta. Bendito, por los demonios al reflejar lo que otros solo pueden ignorar. Pero, ¿por qué hacerlo? Si solamente con desearlo no existe, y si traicionas tus hegemonías puedes descubrir que nada tiene más sentido del que eres capaz de darle. La vida sigue, sino no lo podría comprobar. Me pierdo en el Tiempo, a la vez que lo reconozco como caminos insondables ya recorridos. ¿Tengo miedo? Tampoco eso lo sé. No soy capaz de sentir nada, pero las emociones se clavan en mí irremisiblemente. Ideas. No las comprendo. Como soy capaz de ver no que nunca conocí. Me enamoro de loa antagonistas de mis pesadillas. Pero no se si los odio. Pensamientos incoherentes. Tal vez sea lo único que expresan mis ojos. Perdidos en la inmensidad de un punto blanco en un albo universo. El mar. Esa inmensidad de nada. Te quiero. Susurro que las olas no comprenden de un ser como yo. No puedo amar. El mundo me niega ese placer, pero yo lo ansío. Por no pertenecerme lo rebatiré. Adorados los bosques que desconocen de mi existencia. No. No puedo negar eso. Pero, entonces, ¿qué soy yo? Reniego de la existencia, pero no por ello se me permite dejar de existir. Quiero volar, tal vez pueda hacerlo, pero tampoco tengo alas para ello. No quiero que un sonido claro sea heraldo de mi final. No existo, pero mi existencia será rota el oír las campanas de cristal de mi alma. Poesía. La aborrezco a la vez que la deseo cual mujer los abrazos de su amante. Jamás seguiré por este camino de lisas piedras amarillas. ¿Y si no soy yo el que amo desde fuera? No te quiero nada, ni te deseo algo que nunca podrás conseguir. No te entiendo. ¿Quién eres? El escarlata te sigue. No quiero besar el color del fuego. Y la sangre,... Todo vuelve a reducirse a la sangre. No quiero pensar el porqué de mis ilusiones, si ya no se pueden cumplir. El recorrer del tiempo en un reloj de arena, que únicamente refleja la luz en su cristal, ya vacío como el corazón de una doncella. No necesito nada y nada me necesita. Tú. Marchaste de mi vida como las estrellas abandonan a la luna en la mitad de la noche. No ver cuando mire por detrás de mi hombro sombras incandescentes en la noche iluminada. No, y tal vez, sí. Que importancia pueden tener dos palabras en el corazón de una persona. No, no soy persona. Ninguna persona anhela la vida por besar una flor que ya nada puede valer en un mundo marchito. Otra vez el color de la sangre. Ya no quiero nada, y ambiciono todo.

14/IX/07

P.D.: "Olvidar es morir." Vicente Aleixandre

jueves, 11 de diciembre de 2008

Vaya par de setos...

Jueves, 11 de diciembre de 2008, 00.57

Buenas noches a todos! Estoy per-cansada así que no me enrollaré mucho. Esto es lo más pareció a una historia de vamp-, quiero decir, infantil (mi mente se extravía a la menor, y más cuando estoy en este estado de salud mental, que tendría que recuperar próximamente (cómo se puede perder tanta en tan poco tiempo?).) Fue hace más de un año, pero no he querido cambiarla mucho a nivel semántico, por eso de aprender de mis errores y tal^^. Es un poco larga, así que ruego paciencia. Y ya sin más dilación... (Me hubiese gustado contar alguna cosa más, pero mi cuerpo no da pa' na más, y yo sé que lo siente XD)

"Subí corriendo las escaleras que conducían al gran vestíbulo de piedra. Una gruesa capa de polvo se amontonaba en el suelo, sin huellas aparentes de presencia humana. El castillo devolvió el eco de mis pisadas; cuando haciendo un esfuerzo sobrehumano abrí las puertas que antaño conducían a la magnifica habitación. Ahora, únicamente podía imaginar lo que había sido mirando los ajados y descoloridos tapices que recubrían cada pared del salón. Miles de cristales crujieron bajo mis pies, algunos devolviendo el reflejo de la antorcha que portaba. Descubrí una escalera de mármol blanco que se elevaba a las estancias superiores desde un lateral. Las remonte rápidamente, deseando dar ya con el objeto de mi búsqueda. Este piso era aun más impresionante que el salón del trono, pues cientos de detalles contribuían a la perfección de aquellos pasillos; ni por asomo tan vastos como la fría piedra inferior. Comencé a abriendo cada puerta que me encontraba, pero las volvía a cerrar al no encontrar lo que intentaba hallar. Mi corazón se encogió al comprobar que también allí la alfombra de polvo era continua. No se durante cuanto tiempo vagué, pues todo era demasiado infinito. Corrí y andé indistintamente, pero mi búsqueda fue infructuosa. Solamente una vez me detuve por completo.

Acababa de girar una esquina cuando me encontré con el término del pasillo. Unas labradas puertas de roble eran la única salida. No me costo esfuerzo alguno abrirlas, aunque chirriaron los goznes de cobre. La habitación estaba iluminada por el suave resplandor de la Luna menguante, que acariciaba finamente los objetos que allí se encontraban. Una gran cama con dosel ocupaba la mitad de una pared. Los cortinajes parecían seda y oro, y caían como una cascada hasta el suelo. Desconcertado comprobé como cientos de huellas se espacian sin orden por la habitación. Agudicé el oído, pero los únicos sonidos eran mi respiración y la tea al consumirse. Me acerque despacio y retire con suavidad las telas que recubrían el lecho.

No espere encontrarme aquellos cadáveres; echados unos junto al otro. Ya apenas quedaban los huesos bajo las magnificas ropas que antaño llevaron. Sobre sus cráneos brillantes coronas de oro con gemas incrustadas. Me retire lentamente, pues sentía vergüenza por haber perturbado el eterno descanso de los monarcas. Cuando me dirigía al mirador, por donde entraba la luz de las estrellas, vi un resplandor a mi izquierda. Me gire prestamente con la mano en el pomo de la espada, mas nada peligroso acechaba. Solamente era mi imagen, fragmentada en pedazos, que se reflejaba en un descascarillado espejo. Desde la balconada se contemplaban todos los campos circundantes a la fortaleza; e, incluso, una negrura al oeste delimitaba el mar. Los restos encarnados del dragón también brillaban débilmente. Había sido un honorable enemigo y perdió la vida en un combate justo y noble; como él mismo dijo antes de partir. He de admitir que jamás pensé que las criaturas a las que me habían enseñado a odiar, tuvieran en tan alto el concepto de su honra. Y, por eso, los conocimientos que aprendí sobre ellos también estaban ahora puestos en duda.

Me apoyé sobre la barandilla de piedra a la vez que suspiraba. Durante unos momentos simplemente sentí la brisa en mi rostro, y esperé tranquilo mirando las estrellas fugaces que desaparecían justo después de formarse. La antorcha hacia rato que se había apagado. Notaba mi cuerpo cansado, casi al borde del colapso, pero no flaqueé. Decidí quitarme la armadura, pues estaba seguro de no necesitarla más. Y mientras la colocaba contra la pared descubra una puerta de madera. Era sencilla y pequeña, pero rompía completamente con la armonía del lugar. Cedió a mi empujón, transportándome a un pasillo totalmente oscuro. Seguí adelante, pues no tenía miedo de la oscuridad más absoluta. El tiempo pasó, no obstante aquel lugar continuaba inexpugnable.

Luego aparecieron las escaleras. Subí y subí, pero el final no parecía próximo. Creo que en algún momento de mi ascenso los escalones comenzaron a girar sobre sí mismos hasta que volví a encontrarme con otra puerta. Más pequeña que la anterior, puesto que para cruzarla tuve que agachar la cabeza.

Entrecerré los al resplandor plateado que me dio de lleno al traspasar el umbral. Cuando pude abrirlos examiné detenidamente la alcoba circular. Otro lecho adoselado ocupaba la mitad de la pequeña estancia; una gran chimenea de ónice absorbía el color de la luna, que entraba a raudales por un enorme ventanal de cristal. A través de las cortinas vi una figura indiscutiblemente humana. Noté como el corazón se desbocaba en mi pecho, a la vez, que conteniendo la respiración, me acercaba lentamente a la cama. Allí estaba ella, con ese brillo en sus cabellos pelirrojos; apagado brevemente por las telas que se interponían entre nosotros. Quise contemplarla eternamente, pero una suave brisa agitó la blanca seda, sacándome de mi momentánea ensoñación. Las aparté, deseando admirarla mientras dormía. Su cara era tersa y pálida; unos labios carnosos y rosados, demasiado níveos, pedían ser besados, semiabiertos. La cascada cobriza y ondulada reposaba sobre sus hombros y algunos hilos rozaban los turgentes pechos, cubiertos en el corsé verde bordado en oro. Sus cándidas manos reposaban sobre un manto de terciopelo rojo que cubría toda la cama. Inspire su olor por primera vez, fresco y embriagador me invadió por completo. Olía como los bosques que visite hacia tanto tiempo y cuya fragancia creí haber olvidado: palisandro. “Esta tan hermosa, iluminada por las caricias de la Luna. Tiene una belleza tan inhumana.”.- pensé.

Cuando empecé a descender sobre ella, me percaté de la existencia de una gota sobre su mejilla, como un minúsculo diamante perdido allí por algún dios pagano. Levanté un dedo para secarla, pero justo antes de tocar su cara me sentía cometer un sacrilegio. Deje que mi mano volviese a caer y continué hasta que mis labios tocaron los suyos.

Saboreé un momento eterno y demasiado efímero. Tantas batallas y esfuerzos habían merecido la pena. Por ese beso, porque pudiésemos estar juntos de nuevo, para disfrutar de nuestra compañía solamente antes soñada. Me retiré un momento, en mi cabeza martilleaba un pensamiento pero no era capaz de abrazarlo o, tal vez, no quería hacerlo. La realidad me sepultó cuando comprobé sus pechos inmóviles, sus labios y sus ojos cerrados. Di un paso atrás, conmocionado. Mis pies tocaron algo metálico. Me gire y encontré en el suelo una daga plata y brillante. Mi mano tembló cuando la agarré por la empuñadura, comprobando como unas manchas marrones ocupaban la mayor parte de la afilada hoja. No recuerdo nada de lo que pasó por mi mente en esos instantes, mientras mi vista se movía alternativamente entre ella y el cuchillo ensangrentado. Caí de rodillas frente a su lecho, todavía esperando que abriese los ojos y me sonriera dulcemente. Al apoyar la cabeza en el manto, me di cuenta de que algunas lágrimas silenciosas también empezaban a correr por mi cara. Mi frente tocó el terciopelo, anormalmente áspero. Volví a levantar la cabeza y pase repetidas veces la mano por él. Comencé a palpar frenéticamente toda la tela, pero llegó un momento en el que volvió a ser cálida y suave.

Por fin, la realidad se hizo tan obvia que ni mi corazón ni mi mente pudieron eludirla más. Oí un grito profundo y desgarrador en el aire, que se acopló a los de la noche de forma natural. Mi visión distorsionada por las lágrimas no pudo ver al ser del que provenía, pero no importaba ya que sufría un dolor tal intenso como el mío. Me derrumbe sin querer sobre la cama, pues mis rodillas dejaron de sostenerme. Ahora todo lo veía bajo un velo acuoso, no podía entenderlo. La inexactitud del hecho me desconcertaba, estaba demasiado lejos de mi comprensión humana. Todo se derrumbó a mi alrededor y solo quedó la única certeza de que ella ya no estaba. Ni siquiera cuando la tenía a mi lado, como tanto imaginé; seguía sin estar presente. Todo giraba alrededor de su cuerpo inerte e inmaculado sobre la cama. El todo era imposible de distinguir pues rotaba demasiado rápido. Una vorágine de contradicciones complementarias era todo el universo que quedaba para mí, a parte de esa muchacha.

Caos y orden; luz y oscuridad; todo y nada; amor y odio; nunca y siempre,... eran parte de aquel mosaico neutro en el que, inmóvil, giraba. El tiempo transcurrió sin velocidad aparente, como si quisiera recrearse en el dolor que sentía. Pero cuando alcé la cabeza, la claridad propia del amanecer comenzaba a ocupar la estancia.

Ya había tomado mi decisión.

Cogí de nuevo la daga y la deposité en la mesa auxiliar al lado del cabecero. Me aparté y dejé que los cortinajes volvieran a caer, blancos, sobre la cama. Desenvainé mi espada. Contemplé su filo plateado, la cruz y la empuñadura; era tan fríamente hermosa. La única dama con la que me había desposado ahora también apagada. El arma de mis ancestros, poseedora de una llama capaz de derrocar demonios. Su hoja ya no era luz, solamente el filo tan normal como cualquier otro sobre la faz de la Tierra. Besé el mortal acero como los suspiros de un amante, prometiendo que en la próxima noche volvería a su lado. La sangre la bañó cuando corté mis labios en su filo, y también lágrimas cayeron en ella. La deposité suavemente en el lecho. Mi único sueño junto con mi único medio para conseguirlo, yacían juntos, derrotados en la misma cama.

- Os he fallado, perdonadme.- susurré, con una voz quebrada y antinatural, mientras las miraba a ambas por última vez.

Abrí la pequeña puerta y corrí por el estrecho pasadizo. Tropecé y caí incontables veces, no tenía miedo. Lo único es que estaba solo. De regreso a la gran balconada el Sol comenzaba a despuntar por el este. Anduve hasta colocarme frente a él, volví la cabeza y saludé a la Luna inclinando la cabeza, justo antes de que desapareciese.

Me puse en pie sobre la baranda. Por un instante dudé, esto iba en contra de todo cuanto me habían enseñado. Sonreí a la vez que daba un paso al infinito. “Para esto también hace falta valor”.- me dije mientras volaba entre jirones de oro.

***

No muy lejos de allí, un ángel negro se sonrió a la vez que sujetaba el cuerpo del hombre, un centímetro antes de que tocara el suelo. Él abrió los ojos justo para ver como una mujer lo sujetaba entre nubes.

- Te quiero.- la oyó decir en voz muy baja, a la vez que depositaba un beso sobre sus sangrantes labios. Y para él, ese beso fue más dulce y placentero que todos los anteriormente dados y recibidos en vida.

Y este es el final del maravilloso cuento de hadas que ningún niño escuchó jamás. Mas la princesa continúa esperando. Sus restos eternamente jóvenes fruto de una muerte prematura. Pero había un mensaje para el hombre que consiguiese llegar hasta ella. En un tocador, un papel amarillento y raído todavía allí espera. Se puede leer en una lengua hace mucho desaparecida, escrito con sangre como tinta:

“A mi príncipe: llegaste demasiado tarde. Te quiere, Tu princesa.”

12/VIII/07

P.D.: "La vida es un desliz, después te mueres."

P.D.2: "No hay grabaciones de que..."

lunes, 8 de diciembre de 2008

Twilight

––¿Por qué haces eso?

––¿El qué?

––Sangrar

Enarqué una ceja, divertida

––No sé, es lo que hacen los humanos, cuando tienen una herida, sangran. ¿Acaso no lo haces tú?

Él asintió, con inseguridad.

––Pero a mí me sale sangre cuando me caigo y me duele y no me gusta.

Se me presentó una disyuntiva al mirar fijamente esos ojos de azulada inocencia que me miraban con brillante fijación. Cómo explicar lo inexplicable, eso que ni siquiera yo entendía, a un niño de apenas cuatro años. Me encogí de hombros, para demostrar a esa otra parte de mí que no importaba, ella asintió. Supongo que ese era el precio de dejarse descubrir cuchilla en mano. La guardé en el bolso y chupé la sangre que goteaba por mi antebrazo. Después hice un gesto con la mano en el banco, indicando al niño que se sentase a mi lado. Él obedeció, sin dejar de mirarme.

––¿Cómo te llamas?

––Alejandro.

––Yo soy Casandra.––le contesté, tendiéndole mi mano, que estrechó con una sonrisa llena de dientes de leche. ––Te voy a contar una cosa, Alejandro, una cosa de niños mayores, ¿vale?

Él contestó con un asentimiento. Siempre me han impresionado los niños pequeños, cargados de esa plenitud de felicidad que vas tirando en el camino para cargar con los años. Borré de mi rostro una lágrima tardía con el dorso de la mano y miré a mi interlocutor, que continuaba igual de impaciente.

––Veras, cuando te caes y te haces sangre en la pierna te duele, ¿no? Y lo mismo te pasa en el brazo y en la mano, y en cualquier parte de tu cuerpo.

Me hubiese sorprendido si hubiera respondido de otra manera que no fuese el leve asentimiento al que tan fácilmente me había acostumbrado.

––Bueno, pues hay veces que no te duele nada físico, del cuerpo. Es cuando te duele aquí dentro y no puedes poner ninguna tirita, ni puedes ir al médico para que te dé un jarabe o te ponga una inyección.––puse un dedo sobre su pecho, en el corazón. ––Me estas entendiendo, ¿a qué sí?

––Sí.

––Pues en esos momentos hay gente que prefiere que le duela algo del cuerpo, algo que puedan ver curar, y por eso se hacen sangre, como yo.––pasé olímpicamente de decirle que de ahí a que ni siquiera el dolor autoinfringido te consolase quedaba un paso, y de eso al suicidio incluso menos; tampoco quería echarle un jarro de agua helada. Ya era demasiado que me tocase explicarle toda esta estupidez, pero nunca he sido partidaria de mentir a los niños, y menos en cosas que terminarían por comprender por sí mismos. Alzó su manita, envuelta en unos guantes de lana rojos, y me tocó en el pecho.

––¿Y a ti te duele aquí?

No sé exactamente que fue lo que trajo de nuevo las lágrimas a mis ojos; tal vez fuesen los suyos, tal vez el límpido sonido de su voz o el hecho de que entre tantas personas que conocía hubiese de ser un niño desconocido con nombre de príncipe desgraciado el que intentase parar los desaforazos latidos de mi decadente corazón. Parpadeé varias veces con el fin de detenerlas, y asentí, ante aquella mirada interrogante.

––A mamá también le pasa, yo lo sé.––parecía contarme un secreto. ––A veces por la noche la oigo llorar y cuando le preguntó que le duele, me dice que le duele un recuerdo, ¿a ti también te duele un recuerdo?

Mi autocontrol se hizo pedazos. Desvié la mirada mientras me secaba ambas mejillas con los puños del jersey. Resultó que los dioses no se habían apiadado de mí, sino que también elegían inocentes criaturas para torturarme aún más. Me sobresalté al sentir sus pequeños brazos rodeando mi cuello, y depositando un húmedo beso en mis mojadas mejillas. Sonreí mientras le devolvía el brazo. Demasiado pronto se separó de mí, aunque tampoco tuve el valor de retenerlo más.

––Hugo me ha dicho que cuando a mamá le duela el alma yo le dé un abrazo.

––Gracias.––le contesté, tras sorber los mocos. Parecía yo la niña y él el responsable adulto capaz de reconfortarme.

Se quedó mirándome, como si estuviese buscando algo en mi rostro, hasta que vi como se iluminaba el suyo.

––Oye, ¿y tú sabes como se cura un recuerdo?

Asentí. Sí, muy a mi pesar conocía lo que sería bálsamo de mi alma errática.

––Tienes que hacer que el recuerdo deje de serlo, que vuelva a estar vivo.

––¿Cómo haces eso?

––Pues tienes que saber que recuerdo le duele a t-

––Ya lo sé, ya lo sé. Lo que le duele es papá.

Sonreí. No sabía que los niños de esta generación fuesen tan inteligentes, o tal vez sólo fuese él, pero estaba siendo gratamente sorprendida.

––Entonces tienen que volver a estar juntos.

¿Cómo es posible que un rostro tan luminoso se ensombreciese sin cambiar un ápice su expresión?

––Mamá dice que papá está en el cielo, pero yo sé que esta muerto.

No pude dejar de mirarlo una expresión vacía en mi rostro, intentando discernir en que maldito momento se me había ocurrido comenzar a hablar con él.

––¿Y cómo lo hago?––su voz me arrancó en espacio gris donde me había refugiado.

Carraspeé con inquietud a la vez que miraba alrededor, buscando una posible salida inexistente. De repente, la voz aterciopelada que apenas me hablaba surgió de lo más ignoto de mi mente, exigiendo una respuesta a la pregunta formulada; esa respuesta que yo atesoraba desde hacía varias semanas y no quería creer. Y, como siempre ocurría, me rendí a ella:

––No puedes curar a tu mamá, porque tu padre está esperándola. Lo único que puede cerrar un recuerdo es el olvido, aunque a veces la certeza que eso produce es aún más dol-

––¿Qué es una certeza?––me preguntó.

Sonreí de nuevo.

––Una certeza... Es cuando... Cuando estás muy seguro de algo y nadie te puede hacer cambiar de opinión.

––Como cuando tu sabes que no te gustan las berzas y la abuela te dice que no las has probado.

Asentí de nuevo, repetidas veces.

––Sí, es eso.

Oí como una voz de mujer repetía el nombre del niño varias veces. Una mujer agitaba el brazo en alto a la entrada del parque, mientras se acercaba a nosotros. Alejandro alzó la mano y le contestó el saludo.

––Mira, esa es mi mamá. Ven, que te la presento.––se había puesto de pie y tiraba de la manga de mi jersey, rozando la herida abierta, lo que me hizo apretar los dientes.

––Eh, no creo que sea buena idea, Alejandro. Corre y dale un abrazo a tu madre, que estará preocupada.

Me devolvió una mirada vacilante.

––Venga, vete, ha sido un placer conocerte.––acompañé mis palabras con un empujoncito en la espalda.

––Vale. Adiós.

Vi como se alejaba de mí, corriendo, y temí que cayese en cualquier momento, pero no, se lanzó a los brazos de su madre, que le recogió del suelo y le dio dos vueltas en el aire. Después lo dejó en el suelo y le agarró la mano, mientras salían del parque.

Agité la cabeza con condescendencia. Me levanté, cogí el bolso y salí del parque. Otro sitio más que me estaba vedado. Sería ese mi sino.

8/XII/08

P.D.: "Aburrirse es besar a la muerte." Ramón Gómez de la Serna

P.D.2: "Te llamas Pilar como mi abuela" (x6 ó 7)

martes, 2 de diciembre de 2008

Dormir es el regalo de no sentir el tiempo

Ella sea, eterna e insondable, perenne compañera, destructora de mentes, creadora de vida, más allá del espacio vacío, del tétrico olvido. ¿Por qué siento que sucumbó a mí, en cada momento, traspasado el tiempo?