miércoles, 20 de agosto de 2008
Historia de un viaje I
viernes, 27 de junio de 2008
Día del Orgullo Friki 08
“El día del orgullo Friki o día del friki es una iniciativa popular que intenta reivindicar el derecho a ser Friki de cualquier persona que lo desee. Este día se celebra el 25 de mayo desde 2006 en conmemoración al estreno oficial de Star Wars-A New Hope. Además, esta fecha coincide con el Día de la toalla.”
Sé que todos sabíamos porque eligieron ese día, pero estoy casi segura de que nadie sabía que era el Día de la Toalla. Bueno, más cosas, la foto la encontré en el 2006 en una web y me encantó, ya que mi primer Día también me manifesté en mi habitación, aunque sin el sable láser ni las gafas de pasta. Para ser más exactos, terminé El Ciclo de la Puerta de la Muerte en esa tarde, que buenos recuerdos... El año pasado fue algo más social: me hice una camiseta de la Rueda del Tiempo que lucí frente a todo mi colegio, me mojé en compañía de mi familia ¿? y, después, salí con mis friki-amigos. Este año ha sido bastante más tedioso, únicamente felicité a KuroSam y creé dos personajes nuevos. Días más tarde me felicitaron a mí^^.
Por cierto, mientras buscaba por ahí alguna información para que no me tocase escribir tanto en este post (cosa que, obviamente, no he encontrado) di con esto. Un par de ellas me hicieron gracia, así que lo dejo:
¿Sabías que...
* ...si das vueltas rápidamente alrededor del tronco de un almendro, te das tu mismo por el culo?
* ...los espárragos son posiblemente la especie más inteligente del mundo?
* ...tienes el 3% de probabilidades de haber nacido hombre o mujer y que el 97% restante es la probabilidad de haber nacido tortuga?
* ...los sueños de Bill Gates se ven interrumpidos constantemente por pantallazos azules?
Lo de darse a sí mismo por el culo habría que remitírselo a ciertas personas, menos a Gimel, que es demasiado uke incluso para eso XD (que conste que esto es para que Orion se digne a dejar algún comentario).
Alé, pues sólo quedan dos cosas, la primera:
Este es el test friki que llevo haciendo durante años. Al principio me salían “Tendencias frikis”, y las dos últimas “Friki” (la verdad es que sólo lo he hecho 3 veces).
http://club.telepolis.com/docz/frikitest.htm
La segunda y última, quiero dedicar este post a mis tres frikis de armario favoritos. Sabemos lo que sois así que cuanto antes lo admitáis, antes podréis curaros. No, espera, esto no tiene cura.
Un beso
miércoles, 25 de junio de 2008
viernes, 6 de junio de 2008
Jueves 5 de junio de 2008, 22:45
Hola! Hoy no me enrollaré. Siento no haber dejado alguna entrada antes, pero no he encontrado tiempo. Sé que tengo que dejar una entrada por el Día del Orgullo Friki, pero lo haré más o menos el 25 de este mes, por celebrar el aniversario un mes después. Por cierto, la entrada anterior fue la número 25, también.
En cuanto al texto, es el epílogo. Espero que os guste y poder dejar algo más antes del día veinte =/. Un beso.
Alzó la vista del libro. Sus ojos se nublaron durante un instante, sin percibir la oscuridad sin estrellas que se extendía más allá del alto ventanal que tenía frente a sí. Con un leve suspiro dejó la pluma en un lado del gran escritorio, cerró cuidadosamente el tintero y apartó hacia delante el libro de pastas verdes en el que había estado escribiendo.
Se levantó de la silla de alto respaldo forrado en terciopelo y apagó todas las velas del candelabro de plata. La anterior penumbra transmutó en la misma oscuridad que gobernaba el exterior, pero el ser no titubeó al escoger el camino. Ascendió innumerables pisos por la escalera de piedra, mientras su mente discurría la manera de solucionar el entuerto. No es que le importara mucho esperar, pero a buen seguro ellos deseaban que sucediese pronto. Habían hecho un trato, y aunque tuviera que relegar otras tareas, lo arreglaría. Al llegar a una puerta de madera pulida, giró el picaporte dorado. Esa sala estaba levemente iluminada por dos focos de luz anaranjada que flotaban en lo alto del techo. La única forma de saberlo era que allá arriba podía ver el final de las estanterías. Se encontraba ante una de sus más logradas salas, en cuanto a mobiliario, claro estaba. Todos los estantes eran de madera de roble pulida, con algún tallado de volutas de vez en cuando. Los suelos eran de mármol gris con vetas blanquecinas.
Sin dudar se encaminó a la derecha y, llegado el momento, torció a la izquierda, adentrándose en un estrecho pasillo de no más de dos pasos de ancho. Lo rodeaban los altos estantes; elevándose tanto que, si uno levantaba la vista parecían unirse al final, pero él no lo hizo. Se detuvo y alzó una mano hacía los libros. Si alguien hubiese estado allí para verlo, habría observado como el ente desaparecía y reaparecía un centenar de pasos más arriba, aparentemente, flotando en el aire. Pasó cariñosamente la mano por los libros que se encontraban a su altura. Se paró en uno con las pastas de tela azul oscuro, casi negras. Lo tomó con cuidado, acariciando con sosiego el lomo. Pese a que nada lo indicaba, conocía perfectamente cada una de las palabras que contenía. Casi automáticamente también cogió el libro contiguo, encuadernado en cuero negro. Después alzó una mano hacía el siguiente libro, pero se paró a mitad del recorrido, dubitativo. Finalmente, tomó el libro rojizo, con otro suspiro apesadumbrado. Nunca le había gustado, pero algunas veces era necesario, y ni siquiera él podía cambiarlo. Esa sería la primera medida, pero aun quedaban muchas más, demasiadas. Antes de marcharse miró significativamente los otros dos libros que quedaban en el estante. “Posiblemente también perezcan.”––pensó con incertidumbre. Sin darse cuenta regresó al suelo y comenzó a deambular entre las estanterías de nuevo, con los manuscritos bajo el brazo. Cualquier otro se hubiese perdido, pero no él, jamás ni en el pasado ni en el futuro se perdería en su propia biblioteca.
Cuando regresó a las escaleras comenzó el descenso. Pasó junto a la puerta del estudio y continúo bajando. Abrió una puerta que daba a un pequeño cuarto. Frente a él había una chimenea donde un vivaracho fuego ardía sin ningún combustible. A su izquierda un camastro adosado a la pared. Sin pensarlo más de una vez se acercó al fuego y arrojó el libro de tomo rojizo. No se demoró un instante para ver como las llamas lo consumían, ya era suficiente tener que hacerlo. Cerró la puerta a sus espaldas y retornó a la habitación.
Se acomodó en la silla antes de abrir el libro azul. Hojeó las páginas deteniéndose para releer algunos párrafos, pese a conocerlos de memoria. Al llegar a un determinado punto, abrió el bote y mojó la pluma. Trazó una línea con tinta negra, pero él sólo se limitó a marcarla, pues la línea ya estaba allí. Pasó las siguientes páginas escritas, todas ellas, hasta la primera en blanco, que debería de haber sido el final.
Comenzó a escribir con trazos finos, mientras el sepulcral silencio le dictaba, viéndose roto por le rasgar de la pluma. En un punto hizo una pausa y su semblante se ensombreció. “Muchacha estúpida...”––pensó antes de reanudar su tarea.
4/V/08
P.D.: “––Oye, no piensas que ese es un poco mayor para estar estudiando.
––No, está leyendo el periódico.
––No, joer, ese no.”
P.D.2:"--Es que,... No sé, es la única manera...
--De tener sueños
--Sí."
lunes, 26 de mayo de 2008
Domingo 25 de mayo de 2008, 18:35
Buenas tardes a todos! No sé que contar esta tarde. Bien, hoy es el día del Orgullo Friki, pero ya dejaré una entrada especialmente para eso, con foto y todo (era la que pensaba poner en el fotolog, pero no llegué a tenerlo un veinticinco de mayo.) Con gran dolor de mi corazón me he obligado a dejar esta entrada. Por dos razones; la primera, es lo siguiente que tocaba y no sería justo saltármela. La segunda, dije que yo también me detestaba y este es el motivo. Tengo que admitir que nunca me ha costado tanto escribir la muerte de alguien, y eso que he escrito muertes a porrón; de hecho, es lo más normal en los relatos cortos, nunca me gustaron los finales abiertos. Podría cambiarlo, si, pero entonces parte de la historia principal se va a tomar por culo. Ala, ya está, paso de decir nada más que me he puesto de malhumor. Lo único que sepais que la posibilidad de cambiar la historia ha sido contemplada y no resultaría. Un saludo.
Una ola bañó la cubierta. El mástil mayor terminó por precipitarse al agua, con los dos últimos hombres que permanecían a bordo. Otro trueno resonó en la bóveda celeste. Hioenoa gritó con impotencia, mientras veía como la proa de El filo del Crepúsculo se partía por la mitad. Aferró aún más fuertemente el timón, hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
La tormenta se había desatado hacia unas dos horas, pero no había amainado todavía. El rugido del viento y las aguas resonaba en sus oídos como estridente llanto, levemente acompañado por las peticiones de ayuda que los marineros rogaban a los dioses. Todos ellos eran buenos hombres y los conocía desde algún tiempo atrás. No merecían la fría muerte que les esperaba en el lecho marino, tan lejos del hogar.
Debía aceptar el final de esta vida en manos del océano. Era una certeza a la que creía haberse resignado, pero llegado el momento no quería que se cumpliese. Sentía que todavía necesitaba tiempo para continuar lo que había empezado, que era pronto para que todo terminara en tan nefasta hora.
Un instante después se encontró tumbada en las tablas de madera, mientras el agua se escurría por los costados del navío. Gateó unos metros hasta tocar el timón, tosiendo y escupiendo. Al levantarse miró con temor la gran tormenta que se descargaba sobre ella. El viento y el agua en una liza de la que ya eran vencedores. Los rayos caían, seguidos inmediatamente por el estruendoso sonido tan conocido. Antes no se había percatado del majestuoso horror que percibía a través de la cortina helada que martirizaba su cuerpo.
A Hioenoa se encogió el corazón. No quedaba ninguna esperanza, nadie podría salvarla de la terrible actuación que el mar representaba para acabar con ella. Ya había luchado con todas sus fuerzas contra la destrucción, pero a veces llegaba la hora de claudicar. Valagiur le había dicho algo parecido en algún momento, pero no lo recordaba. Sin querer se llevó una mano a la frente y palpó la trenza de cuero que le había cogido antes de zarpar. ––Posiblemente revuelva toda la habitación buscándola,––pensó, intentando olvidar lo demás––pero si yo he perdido un buen cuchillo, el puede perder la cinta. Al principio dudó en llevárselo, al fin y al cabo, era una de las pocas cosas que conservaba de su pasado. Pero aunque una parte su mente se negara a admitirlo se lo había tomado como una garantía. Si se volvían a encontrar, podría devolvérselo. Sino..., no quería que se suicidara en un arrebato para evitar el dolor. Cuando salió tenía la impresión de que no lo volvería a ver, por eso grabó a fuego en la memoria su rostro durmiente, arropado en las sábanas.
Intentar negar la evidencia de su amor era una estupidez, si bien no podía hacer nada por soslayar las tradiciones de su tribu. De repente, se acordó de la existencia de otro factor que la ataba a este mundo. La noche en Tasghe había sido la única que había echo el amor con Valagiur sin tomar la infusión de tihnek. La verdad es que no quería que su primer vástago fuese de un guerrero de algunas de las tribus, ni aun siendo deikier. Nadie podía obligarla a dejar a su sucesor en el territorio, por lo que habría querido mostrárselo a Valagiur en su reencuentro. Incluso había pensado las palabras que le diría, algo así como: “Mira, Arquero, estas son las consecuencias de tus embates.” Podía imaginar la cara que pondría, entre abrumado e ilusionado. Pese a que nunca lo había insinuado, Hioenoa intuía que él necesitaba un nuevo hogar, con familia para llenarlo. Apostaría ambas manos a que escogería algún pueblo costero de Enoiyid, cerca de Xujekyo, para ver las montañas nevadas la mayor parte del año. Ella le acompañaría y regresarían a Viasaf Cnodn por primavera. Ya podría enseñarle el territorio, ya que después de tener esposo en la tribu estaba permitido otro en el exterior, aunque fuesen pocos los que disfrutaran de este privilegio.
Sin querer había soñado con el futuro, que se rompió en mil esquirlas de cristal con una ráfaga de viento que le arrancó la capa de los hombros. Su insensatez y una confianza en sí misma demasiado sólida la habían llevado a destruirlo. Ya no habría más amaneceres, ni travesías por los mares, ni frenesís en batalla, ni la posibilidad de una familia, ni... Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos grises, translúcidas entre la oscuridad que se veía en el cielo. No quería morir sola en medio del océano, que sus miembros se durmieran sin que nadie la meciera en brazos, sin que sus últimas palabras fueran recordadas. Con Valagiur todo sería tan diferente... Seguramente ninguno de los dos se resignara al final, incluso podría haberlo convencido de que hiciesen el amor en tan espantosa situación. Él aceptaría cuando comprendiera que la posibilidad de salvarse no existía. Tan distinto si abrazada a él afrontara el desenlace, con su tranquilizadora voz susurrando alguna nana en su lengua natal...
Aulló a la tormenta desesperadamente, mientras un torrente de lágrimas se mezclaba en su cara con la lluvia. Como aborrecía los dioses que regían su destino, al ente que lo escribía sin sentir ni un ápice de su dolor, a los espíritus que incumplían su sagrada tarea; pero al que más odiaba era al mar, al único dios que había adorado durante su vida la traicionaba...
La cubierta comenzaba a hundirse. El agua helada le llegaba por las rodillas. Acababa de tomar una decisión, y aunque temeraria, no tenía nada que perder. La vida llegaba a su fin y nadie, sino la misericordia de unas deidades a las que maldecía podría salvarla ahora.
Se desató el tahalí, sin soltarse del timón. Las cimitarras las había dejado en el camarote, y ahora estarían varios metros bajo el agua. “Una pena morir solamente con un cuchillo en la bota.” Lo ató con habilidad en la rueda de madera gris. Se introdujo los dos aerolitos negros en la boca, sin soltar el cuero de su frente. Con uno hubiera bastado, pero no quería que una sustancia tan extraña se disolviera en el agua. A duras penas, metió las manos entre el cinturón. No quería que su cuerpo vagase por las profundidades si podía permanecer gobernando su barco. Era otra manera más de luchar contra lo inevitable, contra la muerte que le aguardaba. Notaba como la sangre se agolpaba en sus muñecas. Alzó la vista y contempló la vasta cantidad de agua que la rodeaba.
––Reniego de ti, Océano. De tu fuerza y protección, de todas las oraciones que te dirigí durante mi vida. Ya no eres mi padre ni señor, moriré por mis manos antes que entregarme a ti.––gritó con fervor, retando al mar. Mordió las piedras, pero sólo una se rompió. Un sabor dulce inundó la boca y la garganta de Hioenoa, que se esforzaba en conservar la conciencia el mayor tiempo posible.
Su mirada comenzaba a sumirse en las tinieblas, y cerró los ojos con un suspiro. Cayó de rodillas. La rueda giró hasta que sus manos se hundieron en el agua. Y aunque lo intentó con más energía de la que poseía no fue capaz de recordar su rostro, sólo un fondo rojo sangre.
Este fue el final originado por un mortal que cambió su crónica, provocando que el Escritor rehiciese el libro de muchos entes en distintos planos.
16/II/08
P.D.: “Despierto en la oscuridad, débil para invocar una luz. El aire es mohoso, viejo, huele a tela podrida y sueños perdidos.” Sandman.
miércoles, 21 de mayo de 2008
Martes 21 de mayo de 2008, 21:40
––He regresado.––anunció.
El mercenario enarcó una ceja.
––¿De veras?––dijo, manteniendo el tono serio.
Hioenoa se retiró la capucha y tomó asiento frente a él. Valagiur se sorprendió por su apariencia. Tenía el rostro más pálido de lo habitual y con una mácula de sudor. Unas profundas ojeras se marcaban bajo los ojos, con un brillo febril y más hundidos. La manera en que se derrumbó sobre el banco y la postura erguida de su espalda le hizo pensar que podía estar enferma.––¿Por qué tienes ese aspecto tan deplorable?
Ella se encogió de hombros.
––No tiene importancia. Pero tenemos un problema.
––¿Cuál?
––Ahora soy un Siervo de la Mar.
Valagiur no reaccionó. No le sonaba muy bien el nombre, pero tenía un vago recuerdo de cosas que ella le contó. ––Quizás la nueva capa tenga algo que ver, si hay...––comenzó a divagar antes de verse interrumpido.
––Creo que te comenté alguna vez la forma de gobierno de mi tribu. Lo del Jefe y los Siervos. Pues la verdad, es que si no... Bueno, espera, empezaré por el principio.––se corrigió. Su voz algo forzada y un poco reseca. ––Cuando regresé, nueve amaneceres después de dejarte, me encontré con los funerales de mi padre. Mi hermanastro Novnosfh se había proclamado Jefe tras obtener la victoria en el combate y el apoyo de dos Siervos del Mar y cuatro de las Tierras. Para mi asombro y el de muchos en la tribu, me llamó a una audiencia en el Consejo, pero sólo con él. Me dijo que antes de morir, padre ordenó que me presentara a la Prueba. Mi obligación era obedecer y me retiraron el derecho de escoger por ser hija ilegítima. Pasé un ciclo recuperándome del viaje y descansando. El tercer día de la Luna Negra me sometí y la superé, por lo que soy miembro vitalicio del Consejo. El resto del mes y medio me lo me pasado poniéndome corriente de todo en el gobierno y convenciendo a mi hermano de que me dejase marchar y continuar volviendo por primavera. Hemos llegado a un acuerdo.
Valagiur llevaba un rato mirándola de hito en hito, perdido en la cantidad de información que se esforzaba en asimilar. Estaba casi seguro de que las mujeres no podían tomar el mando en los Deikierin, pero acababa de asegurarle que era miembro del Consejo. Podía intuir el problema, pero no pensaba preguntarlo.
––Estás enfadado, ¿verdad?––susurró.
La miró con falsa incredulidad.
––No, mas bien, molesto.
––Lo siento mucho, Valagiur. Ha sido imposible que regresara antes.
Él se mantuvo inexpresivo, escrutando el fondo de sus pupilas. Hioenoa aguantó su mirada leyéndola mucho mejor que él. Al cabo de unos minutos de tenso silencio, el guerrero tocó su frente. Estaba ardiendo. Ella se relajó visiblemente.
––Llevo mes y medio durmiendo dos horas diarias.––explicó, en un quedo murmullo. ––He aprendido todo lo que normalmente lleva doce ciclos a un guerrero después de pasar la Prueba.
––¿Por qué?––preguntó, esperando alguna respuesta tradicional sobre lo de ser mujer o bastarda. La respuesta hizo que su corazón diera un vuelco:
––Porque alguien me estaba esperando.
Valagiur no pudo mantener por más tiempo la máscara que se había impuesto. Se levantó, rodeo el banco y la abrazó, sintiendo como toda la angustia se evaporaba. Hioenoa se puso el pie y se aferró a él con verdadera necesidad. No se había dado cuenta antes de lo que significaba para ella la relación que habían formado durante tantos años. Mientras había estado en la tribu por su cabeza sólo pasaban las últimas palabras que le dirigió antes de despedirse: “Sino tienes noticias mías en un mes... Márchate, porque no podré regresar” Las dijo pensando en algún castigo por parte del Jefe, y no esto. No pudo enviar ningún mensaje porque nadie salió del territorio en los dos meses. Y ella no podía salir hasta que tejiese el cuero con los tres hilos. Todas las noches temía no volverlo a ver. Se encontraba dependiente de una persona, por mucho que quisiera evitarlo. Un susurro en el oído cortó sus cavilaciones.
––Ven, te llevaré a mi habitación para que descanses.
Entonces se acordó de algo, y le miró con una sonrisa.
––Ya te contaré más tarde el problemilla, pero te he traído una sorpresa.
––Tienes que dormir inmediatamente, por los menos dos ciclos enteros. Eso puede esperar.
––Si he aguantado hasta ahora podré hacerlo un rato más. ¡Vamos!––dijo agarrándole de un brazo. Verdaderamente estaba agotada y nada le apetecía más que dormir, pero prefería otra cama.
Lo sacó de la taberna y comenzó a guiarle por las calles de arenisca. Más de una vez se perdió entre el conglomerado de callejuelas que conducían al puerto, pero ella no preguntó y Valagiur no recalcó nada. Al cabo de un rato largo, encontró los muelles. Miró rápidamente a derecha e izquierda y comenzó a andar hacia el sur. Casi al final del rompeolas, se detuvieron. Hioenoa se colocó frente a un barco largo de tres mástiles. Unos hombres de tez pálida trabajaban en los aparejos y limpiando la cubierta. Las velas estaban recogidas, aunque eran un color oscuro que contrataba con el caoba de la madera. Algunos hombres los vieron y comenzaron a gritar en el idioma de las tribus. En pocos instantes, la pasarela tocó el muelle. Valagiur iba a preguntar, cuando ella alzó la cabeza y dijo sonriente:
––Te presento a La hoja de la mañana, nuestro nuevo medio de transporte.
En ese momento, una figura bajaba a tierra y se acercó a ellos. Era un hombre alto, de pelo entrecano y recogido en una coleta. Saludó a Hioenoa con una inclinación de la cabeza.
––Capitán, sus instrucciones han sido seguidas, aunque la esperábamos antes.
Cuando miró a Valagiur de reojo vio su cara pasar el escepticismo a la completa incredulidad en un segundo. Ahora la miraba con la boca abierta.
––¿Capitán?––logró decir.
Hioenoa estalló en carcajadas; hasta que, sujetándose el costado, pudo contestarle:
––Ahora tenemos un camarote para nosotros solos.
9/II/08 P.D.: “Nunca os serviré, Padre de las Mentiras. En el transcurso de un millar de vidas, no lo he hecho jamás. Lo sé. Tengo la más absoluta certeza. Venid. Ha llegado la hora de morir.” Rand al’Thor a Ba’alzamon en Falme.
lunes, 19 de mayo de 2008
Sábado 17 de mayo de 2008, 1:12
––Asombrarme de tus nalgas tan prietas.
Entonces él la completó fijamente, en todo su esplendor.
––¿Qué haces? Así sólo te veo la verga y los pectorales.
––Déjame un momento, estoy asombrándome de tus voluptuosos pechos.––contestó.
––Bah.––dijo mientras cruzaba los brazos para tapárselos.
Valagiur emprendió la vuelta, contrayendo los músculos del trasero. Hioenoa rió sonoramente y corrió hacia él. Se encaramó a su espalda y apoyó la cabeza en su hombro. Él la sujetó, sonriente.
Regresaron en silencio, con ella aún amarrada a su cuello. En varias ocasiones pensó que se habría quedado dormida, pero no estaba del todo seguro.
Al llegar la agarró por detrás. La cara somnolienta que lució cuando la depositó en el suelo demostró lo que Valagiur ya había pensado.
––Eh, que ya estamos aquí.
––Me he dado cuenta.––dijo mientras unía las manos por encima de la cabeza y se desperezaba.
Él se acercó hasta el petate y recogió ambas capas. Le lanzó una, se envolvió en la suya y buscó la yesca y el pedernal. Hioenoa se arropó y preparó la leña. En unos minutos un vivaracho fuego ardía en el pequeño claro. La mujer extendió su capa en el suelo y se tumbó, haciendo un gesto.
––Espera a que me vista.
––Ya estas vestido. Ven conmigo––él enarcó ambas cejas, y abriendo la capa miró su cuerpo.
––Oh, claro que estoy vestido. Entonces mi madre me trajo al mundo envuelto en seda.
Ella puso una mueca mohína. Valagiur suspiró profundamente y se sentó a su lado, tapándola también. Hioenoa lo empujó para se tendiera y pasó la cabeza por encima de su brazo.
––Tu madre debió ser una gran mujer para lograr eso.––él movió la cabeza con condescendencia.
––Y tú demasiado ocurrente. Si no llevásemos un ciclo alejados de cualquier taberna te acusaría de estar ebria.
––Lo que pasa es que me tienes envidia.––soltó, enseñándole la lengua.
––¿De qué?
––De tener a un hombre tan apuesto a mi lado.
Valagiur bufó.
––¿Qué te hace pensar que miento?
––Aunque no te lo parezca, tengo la impresión de que no mientes.––explicó mientras olía su pelo y deslizaba un dedo por su estómago, hasta llegar al rizado vello del pubis, donde comenzó a trazar círculos cruzados con el dedo índice. ––Disfruto mucha más suerte que tú, dicho sea de paso.
––No negaré eso.––le contestó, susurrando.
Casi instintivamente elevaron la vista al cosmos, donde miles de estrellas blanquecinas brillaban a pesar de la luz de las lunas. Para ambos eran lo único que podían mirar de su hogar, excepto en la memoria. Permanecieron callados, perdidos en los confines insondables que abarca la mente humana.
Finalmente, fue Hioenoa quien rompió el silencio.
––En mis tierras, las cinco estrellas en línea son los maridos de las cinco lunas. Grandes soles que marcharon a la guerra contra la oscuridad, mientras sus esposas los ven desde lejos, sin poder hacer nada por sus heridas y pesares.
––En las mías, las estrellas no tienen nombre. Son almas de héroes que murieron y el Escritor les permitió velar por los mundos del Verso. Mientras alguien los conmemora pueden brillar, pero al olvidarse todo el recuerdo de sus hazañas sucumben a la más espantosa tiniebla. Y sus almas vuelven a ser simple polvo, como fueron antes.
––Nadie puede recordar el infinito.
––Por eso todas las luces se apagan.––acordó.
––Eres sabio si sabes que nada perdura eternamente.
––Lo sé, aunque no pueda creerlo.
––Entonces cuando al fin lo compruebes, te dolerá.––susurró tristemente, alzando la cabeza para mirar sus ojos azulados.
––Por eso no quiero aprenderlo.
––La ignorancia no te salvará del sufrimiento, Valagiur, por mucho que algunos se empeñen en afirmarlo.
El hombre se encogió levemente los hombros, sin parar de acariciarla.
––¿Y dónde has aprendido tú tanto? Tienes varios años menos que yo...
––El Escritor, como tu dices, nos da lo que cree oportuno.
––Sabias palabras.––su tono puso punto final a la conversación.
Hioenoa se acurrucó, cambiando de postura. Al poco, le pareció que dormía, aunque no estaba muy seguro, a fuerza de experiencia. Él alternaba su mirada entre el cielo y ella, bebiendo embelesado de la belleza de ambos. Después de un largo rato, sintió como el cansancio de la jornada volvía. Movió la mano hasta su cadera y se tumbó a su lado. Para su sorpresa, ella abrió un ojo.
––Oye, Arquero, mira las lunas. Hace algunos minutos que empezó tu turno de guardia. Estos bosques parecen esconder muchos peligros.––le susurró cándidamente.
––Pero si...––la miró con estupor.
––No quiero ‘peros’, si yo he hecho mi guardia tu debes hacer la tuya.
––Es que yo también he hecho tu guardia.
––¡Aahh! Nadie te obligó.––dijo sonriente.
Valagiur suspiró y se levantó. Sabía que si no hacía la guardia, la próxima vez ella tampoco querría. No parecía muy convencida de que en los bosques hubiese bandidos, y tampoco la persuadía al idea de acabar con un cuchillo en la garganta en mitad de la noche. Al terminar de vestirse se acercó a Hioenoa y le quitó su capa. Ésta, echa un ovillo, le observó torvamente.
Él la miró con inocencia y le dijo, en otro susurro:
––Lo siento, tengo que hacer guardia y no puedo enfermar en medio del bosque.
La mujer cogió la punta de su capa y se tapó lo mejor que pudo con ella. Él recogió su espada y se alejó, para no despertarla. Tenía la certeza de que se dormiría si se sentaba en una piedra, por lo que comenzó a practicar con el arma.
Al cabo de un rato, se quitó la capa y la camisa, bañado en sudor. Alimentó el fuego y la contempló con cariño. Había ocultado la cabeza y tenía la mitad de las piernas al aire. Leves temblores recorrían su cuerpo. Extendió sus mantas encima de ella y vio como se relajaba. Se arrodilló y depositó un suave beso en su mejilla.
––Duerme, mi salvaje de los bosques.––musitó al retirarse de nuevo donde se encontraba la espada.
––"Algún día debemos entrenar juntos. Esto comienza a ser aburrido.––pensó cuando las lunas se ocultaban. Quedaría menos de media hora para que saliese el sol, pero hasta que no despuntará por encima de los árboles no se echaría a dormir. ––Aunque sólo fuese una hora.” 8/II/08 P.D.: "Esta noche quiero soñar y no despertar, quiero que me abraces por última vez... Necesito que la oscura tranquilidad me haga morir mientras puedo amarte." P.D.2: Pensaba dejar esta entrada el sábado por la mañana, pero no me dio tiempo. P.D.3: Por favor, que alguien me diga si se ve bien!!
jueves, 15 de mayo de 2008
Jueves 15 de mayo de 2008, 15:25
––¿A qué ha venido eso?––ella sonrió más ampliamente––Y... ¿por qué estas desnuda?–dijo estupefacto.
––Bueno, Arquero, creo que ya te he enseñado lo suficiente como para que no preguntes esas cosas.
Valagiur sintió como un leve sonrojo teñía sus mejillas e Hioenoa también lo vio.
––Oh, mírate, te ruborizas como una doncella la noche de bodas. Si no lo hubiera comprobado antes desconfiaría de tus destrezas.
El guerrero le rió la gracia y se incorporó. Ella retrocedió, esperando que se irguiese por completo. Cuando lo hizo se aproximó contoneando sus caderas de manera sugerente. La luz de las lunas la bañaba por completo, entintando su pálido cuerpo en matices plata y dorado. El pelo caía hasta sus hombros en grandes rizos cobrizos que se movían a cada paso. Nunca había conocido mujer más hermosa, y dudaba hacerlo.
Extendió sus brazos y ella se deslizó entre ellos. Mientras él jugaba con sus cabellos, Hioenoa desató rápida y habilidosamente los nudos de su camisa e intentó sacarla por la cabeza, pero era demasiado alto. Valagiur colocó las manos en sus nalgas y la alzó. Soltó una exclamación ahogada y arrojó la camisa en el montón de mantas. Él besó su pecho izquierdo y succionó ávidamente el pezón hasta que notó como se endurecía aún más. Sintió como se aferraba a sus cabellos y alzaba otro grito. –––Siempre ha sido muy escandalosa––pensó––si hay alguien en un radio de kilómetros sabrá que estamos aquí. Pero no le importó lo suficiente como para detenerse. Hoy tenía toda la pinta de ser una noche memorable.
Después pasó al otro, mordiéndolo con algo de brusquedad. Las manos que tanteaban su cuello pararon un momento y notó como las uñas abrían dos pequeños surcos en los hombros. Continuó igual, sin importar el dolor, pero la levantó un poco clavando los dedos en los muslos. Oyó como jadeaba e hincaba más sus dedos. Al final la depositó en el suelo, temiendo tener cicatrices que los cuellos de la camisa no fueran capaces de ocultar. Ella se puso de rodillas y comenzó a desatar los cordones del pantalón, acariciando su entrepierna levemente. Con una risita comenzó a desatarle las botas, mientras Valagiur volvía a jugar con su pelo, divertido y algo irritado. No sabía que pretendía, pero la conocía bien como para intuir algo inoportuno.
Tiró de ellos hacia abajo, hasta los tobillos y subió besando la parte interior de su muslo, dejando un reguero húmedo. Con ambas manos se aferró a sus nalgas e introdujo el pene erecto en la boca. Se movía adelante y atrás, rozándole con los dientes. Valagiur agarró unos mechones de cabello y le elevó un poco la cabeza. Ella imprimió un ritmo más rápido y era él quien jadeaba ahora. Antes de eyacular y sin darse apenas cuenta, sintió como Hioenoa lo empujaba, se ponía en pie y partía en dirección al bosque. Mientras corría giró la cabeza y, riendo, le gritó:
––Si quieres más tendrás que tomarlo, Valagiur.
Dio un paso hacia ella y por poco cayó al suelo. Mascullando, se sacó las botas y los pantalones y corrió por donde se había marchado. ––Aquí está la parte molesta.––reflexionó. Por un momento creyó que debería abrirse camino entre la maleza, pero encontró un estrecho sendero.
La siguió velozmente. Oyendo de vez en cuando los gritos incomprensibles de Hioenoa entre el silencio nocturno de un bosque.
Tras un rato la encontró subida en una piedra gris, al pie de una laguna y se detuvo. Al verlo llegar, extendió los brazos hacia delante y se sumergió en las aguas, con su esbelto cuerpo completamente extendido. ––Maldita sea, y yo pensando que la carrera por el bosque era suficiente.––sólo pensar como estaría el agua en la madrugada, acaba con sus ganas de estar con ella. Sabía cuanto le molestaba el frío e insistía en hacerle soportarlo. Su cabeza apareció en las aguas plateadas, mientras las hondas tremolaban en la superficie. Agitó los cabellos y le observó con picardía.
––Te estoy esperando, ¿sabes?
Él comenzó a acercarse, mientras buscaba un sitio para entrar.
––Lo mejor es que te tires de golpe, sino no serás capaz.––aconsejó.
––A lo mejor no quiero entrar.––dijo, intentando hacer que su voz sonara lo más dolida posible.
Ella se rió y nadó hasta una de las márgenes.
––Pues tu amiguito no piensa lo mismo.––indicó, señalando su polla con la cabeza. Hacía mucho que no la veía tan juguetona como hoy, y eso que no se caracterizaba por ser tranquila en asuntos amatorios. Terminó por encogerse de hombros y saltar en el mismo lugar que ella, intentando no pensar demasiado.
Se hundió por completo en las gélidas aguas, hasta tocar fondo. Al emerger tomo una bocanada de aire y notó como unas manos aferraban su cuello con ternura. Vio como Hioenoa tiraba de él hacia una de las orillas. Le castañeaban los dientes y el aire entraba frío por su garganta. Cuanto tocó el fango la retuvo junto a él. Miró, divertida, como tiritaba y le besó, más dulce incluso que antes. Valagiur aprovechó que los brazos se ceñían entorno a su cuello para buscar su clítoris.
Comenzó a friccionar su sexo, de la manera que ella le había enseñado. Sentía sus ansias amortiguarse con el prolongado beso, mientras notaba como el pequeño núcleo comenzaba a endurecerse. Hioenoa enganchó con sus piernas las de Valagiur y se pegó a él, pidiéndolo de forma elocuente. Él la agarró de nuevo por las nalgas y la penetró un instante más tarde. Ella comenzó a gemir más profundamente tras la primera embestida. A los segundos, se convirtieron en gritos y alcanzó la culminación poco después.
7/II/08 P.D.: “Mi corazón se levanta con el sol. Con el resonar de las espadas muero al anochecer...” Poema saldaenino. P.D.2: Esta es la entrada 22 en mi blog, XD
lunes, 12 de mayo de 2008
Domingo, 11 de mayo de 2008 (18:25)
––Gracias.––le dijo, y ella le contestó con una amplia sonrisa, mientras reía de manera estúpida y se marchaba contoneándose. Eso le sobresaltó, no entendía como podría ocurrírsele hacer tan clara invitación cuando otra mujer se sentaba a su lado. Hioenoa soltó un bufido y comenzó a dar cuenta de la carne. Sino llevase seis días de tan malhumor le habría insinuado que invitase a la muchacha a su habitación.
Más de una y dos veces la encontró en los burdeles de Tirynar buscando alguna muchacha. La primera vez fue de la más embarazosa. Él iba acompañado por Bidk y Nalaos, cuando para su sorpresa en uno de los divanes la encontró semidesnuda con una bonita chica de piel morena y ojos castaños. Después de unos instantes Nlaos y Bidk se acercaron a saludarla, como si de un viejo amigo se tratase. Ella los saludó con completa naturalidad, incluso preguntó por él. En esos momentos Valagiur agradeció la penumbra del local.
Le había causado una fuerte impresión. Y era más bien por la posibilidad de que las inclinaciones sexuales de Hioenoa no tuvieran nada que ver con él. Más tarde se enteró de que tenía mucho que ver en dichas inclinaciones. Hacía casi dos años que comenzaron a frecuentarlos juntos. Era raro encontrar unos amantes que compartieran las chicas en los prostíbulos y a muchas les atraía compartir el lecho con una mujer de las tribus, famosas por sus juegos de cama. De momento no sabía de ninguna que hubiera quedado decepcionada. La verdad es que habían pasado seis otoños desde la primera noche que pasaron juntos y aún conseguía sorprenderlo de cuando en cuando. Sin quererlo recordó la noche en la poza. ––Me importa una mierda que tenga la sangre lunar. Si ella me ‘obligó’ a hacerlo durante su guardia, la tomaré para celebrar que la luna roja está menguante.––decidió.
Terminó el estofado y la miró con fingido cansancio.
––Me subo a la habitación. Estoy agotado. Hazme el favor de tener cuidado cuando entres, no te ‘comas’ de nuevo la pata de la cama.––le sonrió. Hioenoa gruñó y contempló el fondo de su vaso. Buscó con la miraba a la muchacha de antes y se acercó. Ella lo miró y cruzó los brazos en una postura antinatural. ––No tiene ni dieciséis años, sus pechos son pequeñas protuberancias, incluso intentando aparentar más.––pensó. Nunca le habían atraído las niñas. Ésta, con seguridad, sería la hija de algún pueblerino rígido que se opondría a que tuviese relaciones demasiado prematuras.
––Aquí tienes el precio de los estofados y las cervezas.––le dijo en tono neutro, entregándole una moneda de plata y cuatro de bronce. La chica no ocultó su desdicha. Pero a él no le importaba nada, por lo único que lo había echó era para intentar que Hioenoa le entraran algunos celos, pero no parecía haberlo conseguido. Subió las escaleras de madera hasta el largo pasillo con candiles. Abrió la puerta de la pequeña habitación y se sentó en la cama a esperarla. Las velas estaban apagadas y la única iluminación entraba por el ventanuco, alguna de las lunas claras estaría llena, creía recordar que era la pequeña. El dormitorio estaba un poco frío, pero al no haber chimenea era imposible hacer nada. Decidió no desvestirse para no privarla del placer de hacerlo ella.
Era algo tardé cuando oyó sus pasos en el pasillo. Se levantó en silencio y ando hasta la puerta. Cuando entró la sujetó por detrás, con las manos alrededor de su cintura. Ella se sobresaltó, pero a continuación acarició sus manos despacio. Valagiur comprendió, como por ensalmo, que no se comportaba con normalidad desde hacía tres o cuatro ciclos, y que la brusquedad venía como consecuencia. Se maldijo por no haberse dado cuenta antes, después de varios años con ella todavía no era capaz de saber lo que le inquietaba.
––¿Qué te ocurre?
––Nada, no te preocupes.
––¿Cómo no quieres que me preocupe, Hioenoa? Llevas varios ciclos así,...
Ella apoyó la cabeza en su pecho y suspiró. Valagiur la abrazó con dulzura y hundió la cabeza en su pelo. Permanecieron callados durante unos minutos, hasta que Hioenoa se zafó de sus brazos y fue a la cama, hasta que la tocó con las rodillas.
––Echo de menos un hogar.––musitó.
A Valagiur se le encogió el corazón y sintió la imperiosa necesidad de mecerla de nuevo y susurrarle con ternura. Incluso dio un paso pero la razón le obligó a detenerse. Sería mejor escuchar y después consolar, antes que no saberlo.
––Estoy cansada de nuestros vagabundeos sin rumbo. Dormir cada día en lugares distintos... Como ya te dije quiero tener un oeste al que regresar, para poder partir de nuevo.––prosiguió, apenas susurrando.
––Quieres volver con tu gente, ¿verdad?––musitó.
Ella se giró de repente, con los ojos anegados en lágrimas.
––No lo entiendes. No es mi tribu lo que añoro. Ya no sé que en que se supone que debo pensar cuando me acuesto. Hacia dónde conducen nuestros pasos... No lo encuentro, maldita sea. Pero no lo entiendes...
Nunca la había visto llorar y jamás pensó que lo haría. Entonces recordó un dicho de su tierra: “Todas las rocas tienen un lugar por el que rompen.” Decidió que los viejos secretos que ocultaba en el túnel de sus recuerdos debían salir ahora, para bien o para mal. No podía negar que confiaba en ella. Por primera vez en años estaba dispuesto a que alguien supiese el porqué de la desaparición del tan anhelado hogar.
––Sí que te entiendo. Te entiendo mucho mejor de lo que puedas llegar a imaginar.––vio como se enjugaba en rostro y le escuchaba con atención–– No tengo que regresar porque no puedo. Aunque a veces lo necesite de veras. Me gustaría mostrarte las montañas nevadas y los bosques dorados en otoño, que vieses como el cielo azul se refleja en las aguas cristalinas de los lagos. Pero no puedo, por mucho que lidien la Luz y la Oscuridad.––lo dijo con una voz apasionada que pocas veces le había oído. Hioenoa tuvo un presentimiento.
––¿Te desterraron?––le preguntó, dubitativa.
Valagiur la miró, y recuperó la sonrisa, que, sin embargo, tenía un matiz de tristeza.
––Más bien es un exilio involuntario.”
6/II/08 P.D.: “¿Conoces el lugar entre el sueño y la vigilia, ese lugar donde aún recuerdas los sueños? Allí es donde siempre te querré, Peter Pan.” Campanilla P.D.: Con mono de Rel ^^jueves, 8 de mayo de 2008
Hoy cuando volvía de dejar a Moony y comprarme un donut, de vuelta al Alcaraván me encontré pensando que cuando me encuentro buenos lugares o momentos (por lo general siempre los hallo cuando voy sola) pienso en alguien con quien compartirlos, pero cuando estoy con alguien no pienso en el lugar. Será que la compañía sigue siendo lo más importante. A raíz de una canción de Saurom he llegado a pensar que no creo que pudiese aislarme del mundo por voluntad propia, tal vez expulsada sí, pero no sabiendo que se puede volver. De hacerlo sin sentir añoranza o melancolía, vamos. Vale, se supone que tendría que estar estudiando cultura clásica, así termino ya. Por cierto Fuego, no me acuerdo de la ***** elegíaca así que no la pondré en el examen. Un saludo.
“Las brasas terminaron de apagarse, sin que ninguno de los dos hiciese nada por evitarlo. La pequeña cueva se oscureció de repente, y sólo escucharon sus lentas respiraciones. Valagiur dio otra vuelta en sus mantas, intentando entrar en calor. Hacia dos noches que habían acabado con las reservas de alcohol y de leña. El viento aullaba en el exterior, amenazando con el frío del invierno. Las nevadas se habían adelantado unas cuantas semanas, sorprendiéndolos en las laderas de la cordillera. No habían podido alcanzar la última caravana de lino que partía a Niozlar por el puerto. El alcalde de Vodeun no estaría muy contento al saber que no habían recuperado sus excedentes, pero nadie se arriesgaría a continuar con las nieves. Deseaba que Vuoluak, Linmpa y Bidk hubiesen tenido más suerte que ellos al descender por el riachuelo. Comprenderían porque no habían logrado continuar.
––¿Tampoco tú puedes dormir?––dijo una voz, amortiguada por las mantas.
––No,––le contestó sin sacar la cabeza––no consigo entrar en calor.
––Todavía me cuesta entender porque hemos acabado en las montañas cuando el invierno está a punto de llegar.
––Las nieves no son tan tempranas a tan poca altitud.––explicó de nuevo. Era mejor hablar que pensar en el frío.––A mí no me gusta esto más que a ti, no obstante puede que yo esté mejor acostumbrado.
––No os culpo, pero preferiría dormir en una bonita y agradable posada, aunque fuese en el suelo.––bromeó sin muchas ganas. ––¿Cuántos días crees que tardaremos en llegar al valle?
––Con mucha suerte en uno y medio, pero siendo realistas, a mediodía dentro de dos noches.––mientras le respondía oyó como se levantaba y se acercaba a él. Sacó la cara y sintió el aire gélido en la cueva.
––¿Qu...––se incorporó.
Notó como se tendía a su lado, hecha un ovillo.
––Pensé que pasaba algo.––se disculpó.
––Bueno, en realidad, es verdad que esta pasando algo. No siento los dedos de los pies.
La alarma se encendió en su mente. Si se le estaban congelando no podría andar y tendría que cercenarlos.
––Ven, envuélvete en mis mantas y echa las tuyas encima.––dijo mientras las abría.
Ella no dudó un instante y se levantó, las extendió y se tumbó junto a él. Valagiur tapó sus cabezas y la atrajo instintivamente. Podía sentir su aliento caliente en la mejilla. Hioenoa hundió la cabeza en el hueco de su hombro y suspiró reconfortada. Al cabo de un rato su respiración se regularizó, indicando que debería estar dormida. Valagiur continuaba con los ojos abiertos en la oscuridad pensando en la mujer que sostenía y los motivos por los que no podía besarla, si bien eran montañas de arena que perdían significado a cada exhalación que sentía. La situación le había colocado entre la espada y la pared. Casi prefería estar a la intemperie que arropado junto a ella, pero sólo casi. Nunca se había sentido atraído por una mujer durante tanto tiempo. Por regla general, le duraban lo que tardaba en seducirlas o en cansarse de ellas, no más de dos meses. Pero ya llevaban cinco meses viajando juntos, pero no conseguía lanzarse, ni siquiera con pullas como las de Vuoluak y Bidk. Se sentía abrumado por su manera de pensar y hablar con él, completamente ensimismado con ella. Necesitaba acabar con esto, y sólo veía dos salidas, ambas demasiado complicadas, aunque no sabía porque. La primera era separarse e intentar tomar caminos diferentes y la segunda... bueno, la veía mucho más difícil. Apretó más su cuerpo contra él. Ella se movió un poco dejando la boca a la altura de sus labios, aunque separados unos centímetros. A Valagiur se le cayó el alma a los pies. Esto era excesivo. Algún espíritu se estaría divirtiendo a su costa, porque no encontraba otra explicación.
Maldijo a todos los dioses que conocía y algunos más que inventó sobre la marcha. Decidió que tal vez no tendría nunca otra oportunidad como aquella y que lo mejor era aprovecharla. De todas formas, ella dormía profundo y por un roce no se despertaría. Intentó no pensar en ello mientras se acercaba, hasta que tocó sus labios. ––Algo va mal––recapacitó al notar como su respiración se cortaba. De repente, Hioenoa le devolvía el beso. El tiempo dejo de existir para ambos mientras saciaban sus deseos de hacía demasiados ciclos. Al final se separaron y en unos minutos ninguno de los dos habló.
––Has tardado demasiado, Valagiur, un poco más y me hubiese quedado dormida de verdad.––le susurró.
––¿No estabas dormida?
––Obviamente no.––él se alegro de que no pudiese verle. Había sido un estúpido, pero un estúpido con suerte, se consoló.
––Jamás pensé que fueses tan cortado con las mujeres.
––En realidad sólo es contigo. Las demás no se me complican tanto.––explicó. Ahora que un camino estaba cogido se sentía más cómodo en él.
––Oh, lo tomaré como un cumplido.––rió.––¿Cuánto crees que queda para que amanezca?
Valagiur empezó a destaparse y al notar próxima la congelación de su nariz, volvió.
––El suficiente.––contestó con determinación.
––El suficiente... ¿para qué?––preguntó con inocencia. Él se percató de que estaba provocándole a pedirlo con todas las letras, y le pareció lo más oportuno hacerlo.
––Bueno, no pensé que fueras aún una niña como para tener que explicártelo.––oyó como reía.
––¿Qué piensas explicarme?––dijo conteniendo la risa.
––Bueno, ya te conozco desde hace unos meses y basta decir que demasiadas veces pensé en ti con otra en mis brazos. Me gustaría que mis deseos se complacieran con la culpable de ellos. ¿Te basta con eso, o es necesario que sea más soez?
––Has dado muchos rodeos. Yo hubiera dicho directamente.
––¿Cómo? Si puede saberse...
––Algo así: “Voy a hacerte el amor hasta que tengamos que salir desnudos de la cueva porque no se aguanta el calor” O algo parecido.
––¡Luz ! No pensé que fueras tan concisa.––rió. ––Aunque me creo capaz de igualarlo.
––Ni lo intentes. Resérvalo para otra ocasión.––murmuró antes de volver a besarle.
Valagiur la alzó sobre él con ambas manos. Las mantas se abrieron y el aire invernal entró entre ellos, pero a ninguno le importó.”
3/II/08 P.D.: “..., para terminar sin saber en que época estoy o si mis recuerdo son míos o son meras historias descritas en los libros. ¿Perdida en mi propia mente? Jarlin Crowing.
martes, 6 de mayo de 2008
También he aprendido a moverme yo solita en metro (me importa una mierda que sea fácil, me enorgullezco de ello). Fui a Forbidden Planet dando un rodeo de una hora por no seguir el mapa desde el principio. Pero la cosa no fue tan mal, ya que establecí contacto con los autóctonos de la zona (Covent Garden, para más exactitud) y practiqué mi inglés... y conseguí llegar, por lo que, no puedo quejarme. Allí compré un tomo de porno (que importe de manera ilegal, como me dijeron nada más regresar a tierras castellanas) y supplies for roleplay (véase, dados). También me saqué unas fotos con unos troopers muy simpáticos que estaban a la puerta, mira que eran simpáticos y el hombre de la puerta lo mismo. En otros lugares me pillé algunos libros en inglés que no creo que lea hasta tiempo después.
En Oxford disfrute mucho, y hay también hay que volver, aunque sea para tomar un café en The Eagle and Child (la única foto que hice salió mal). Cabe señalar que la primera vez que monté en avión estuvo muy bien, y que también he sacado ideas de ahí. Por lo demás no se me ocurre nada digno de mención, además de lo dicho. Comunico que se echó de menos a gente que se quedó en Salamanca, como bien consta en las crónicas que hice del viaje.
Nada más por hoy, aunque tal vez halla algo para dentro de algunos días. Un beso muy fuerte para todos.
Caminaba entre los puestos del mercado, sorteando a los transeúntes mientras miraba con atención todos los puestos de hierbas. Las matronas gritaban sus mercancías, en una algarabía que le molestaba los tímpanos. Phiglún era un lugar interesante para el comercio, un pueblo fronterizo entre Tirynar y Niozlar. Podrías encontrar los productos más inverosímiles si sabías buscar entre las callejas que lo componían. Aunque no lo conociese, la planta que necesitaba procedía de los Bajíos del Nacinie. Sólo le quedaban unos polvos de la mezcla y la tihnel era el ingrediente esencial. Se acercó a una vieja delgada que estaba sentada en una esquina, con un montón de cestas y barriles a su alrededor. Al verla llegar sonrió, mostrando una dentadura amarillenta y con huecos.
––Hola, señorita. ¿En qué puedo ayudarte? Seguro que quieres alguna de mis maravillosas hierbas para engatusar a un apuesto y galán joven. Tengo cañas frescas de noca traídas por los mercaderes tirynarii, de más alejado del desierto. O tal vez prefieras flores de antil, los salvajes del oriente creen que son mágicas...––Hioenoa suspiró por la ignorancia de las gentes de los Ríos. ––¿Desde cuando las flores antil son mágicas?––pensó, sintiéndose tentada a replicar a la mujer. No era buena idea enfadarla, y que el precio de la hierba se encareciese. Se limitó a sonreír y esperar a que acabase la retahíla de sus mejores productos.
––Pues la verdad es que estoy buscando tihnel.––le dijo cuando terminó.
La mujer volvió a sonreírle, esta vez pícaramente.
––Aham, así que ya habéis encontrado galán.––apuntó, ocurrentemente.
Hioenoa asintió.
––Pues tenéis suerte, porque conservo un puñado de la estación anterior.––le susurró confidente, mientras de agachaba en uno de los fardeles y rebuscaba a tientas. Hioenoa aprovechó para mirar a su alrededor. La gente parecía haberse multiplicado, y se movían rápidamente, cada cual a sus asuntos.
––Aquí la tengo.––dijo, alzando un ramillete seco atado con una cuerda y sonriendo triunfante. ––¿Cuánto quieres?
––Depende del precio.
––Bueno, eso es importante. Te dejo el ramo por dos monedas de plata.
Hioenoa fingió alarma. Sabía que en (Tierra del Agua) se utilizaba la hierba fresca, y creían que era de peor calidad si estaba seca. En las tribus se utilizaba marchita, mezclada con otras dos, y aunque sabía asquerosamente mal, tenía menos probabilidades de que la fecundarán. Pero esto eran cuestión de tradiciones de las matronas, y ella seguiría las de su tribu. De repente se acordó de otras dos hierbas. La mapc era un antídoto medianamente bueno, y la ascelias ayudaba a la cicatrización de las heridas.
––Bueno, me parece demasiado alto... Además no tiene las mismas propiedades que si estuviese reciente. Te daré diez monedas de cobre.
Después de un largo rato de agotador regateo, Hioenoa pagó una moneda de plata y quince de cobre por la tihnel y un manojo de los frutos de la ascelias, aunque también marchitos. No había conseguido un buen acuerdo, pero tampoco era mucha pérdida. Siguió mirando entre los puestos, esperando a que la estrella roja ascendiese más. Había quedado con Valagiur en la fonda, cuando estuviese en el cenit. Seguramente le pagarían algo menos por el retraso en la misión, pero cinco mil monedas de plata continuaban siendo mucho.
2/II/08 P.D.: “Todos son Amigos Siniestros, ¿no es así? ¿Y por qué yo, Moraine? ¿Por qué yo? ¡Rand es el maldito Dragón Renacido!” Perrin Aybara, yéndose de la lengua cuando no debía.
miércoles, 30 de abril de 2008
La encontró apoyada en la barandilla de proa, mirando como el barco rompía las aguas a su paso. La luz de las lunas incidía sobre ella, como si resbalara por la capa negra. Estaba preocupada, no sabía porque la reclamaban en su tierra con tanta urgencia; y toda su incertidumbre le contagiaba a él. Llegó hasta ella e imitó su postura. Permanecieron largo rato en silencio, una con los pensamientos pasados revoloteando por su mente y el otro, con indecisas nieblas sobre el futuro. Al final Hioenoa le miró, y habló quedamente:
––Hemos tardado tres semanas más de lo previsto...
––El desfiladero de Forkuhl nos retrasó bastante, las nieves fueron demasiado tempranas. ¿Crees que llegaras tarde?
––Con total seguridad.
Valagiur suspiró, y volvió la cabeza hacia ella. Tenía la capucha calada y salía vapor cada vez que respiraba. Jugueteaba con la piedra, mostrándose extrañamente nerviosa. Su apariencia frágil era demasiado engañosa, a pesar de tener las espadas en la bodega. Agarró sus manos, impidiendo que las moviese. Ella lo observó sorprendida y después, casi sin cambiar la expresión de su rostro, pensativa. ––Desde hace tiempo he querido preguntarte algo.
Él hizo un movimiento con la mandíbula, indicando que hablara.
––¿Por qué llevas las piedras del Vanie al final del cuero?––dijo mientras rozaba su frente con los guantes.
La miró de nuevo, con una media sonrisa.
––Pensé que nunca me lo preguntarías, a pesar de que antes no parabas de observarlas. La verdad es que me pareció buena idea tener un veneno tan potente camuflado...
––Jamás pensé que fueras de los que eligen. En las tribus del oeste algunos jefes o estrategas también lo hacen, pero nosotros pensamos que es rendirse antes del final.––le explicó.
––Verdaderamente, intentaría envenenar primero a mis enemigos, pero si no es posible...––se encogió de hombros.––La vida comienza sin tu permiso, únicamente puedes elegir cuando acabarla y como. Donde nací no se considera una deshonra llamar a la muerte cuando el final llega, pero sí huir de ella.
––A veces olvido que procedemos de distintos lugares.––dijo mirando de nuevo por el río.
Valagiur recuperó la sonrisa y pasó un brazo por sus hombros.
––A veces lo olvidas, sí. Pero, por suerte, te lo sigo recordando.
Ella se recostó contra su pecho. Eso le sorprendió, no era muy dada a mostrar su cariño en público, aunque éste fuesen marineros.
––Nunca pensé que podrías tener tanto calor en una noche tan perra como esta.––le susurró, arrebujándose en la capa.
––¿Tienes mucho frío?
Asintió.
––Podemos ir abajo, dentro de dos días te esperan diez jornadas de viaje, además hace varios ciclos que apenas duermes.
Se rió suavemente.
––Y yo inquietándome por las ojeras que tienes..., ¡ay, Arquero, no debes preocuparte por mi sueño! A mí no se me nota cuando estoy cansada y a ti sí.
––Bueno, entonces intentaré dormir para que duermas tu también.
––Baja tú, iré más tarde. Esa habitación me agobia y la mini-cama compartida me hace desear dormir en el suelo.
––Puff, es verdad, no me acordaba de los ronquidos de la señora posadera sin posada. Creo que me quedaré contigo un rato más, no puedo permitir que te congeles y me dejes a mí el ‘marrón’ con la mujerona.––le dijo, mientras se colocaba a su espalda y la envolvía con los brazos. Ella pegó su cara a la de él.
––Sabes que no me gustas con barba y aun así insistes. Esto te costará caro, Arquero.
––Se puede saber como quieres que me afeite en un barquito de mala muerte donde el único espejo lo utiliza el capitán para mirarse su cara de cerdito congestionado.–– apuntó en un murmullo.
––Vale, tienes razón. Pero sabes que yo estoy dispuesta a hacerlo.
––Sí... me acuerdo de la primera y última vez. Llevaba tantos cortes que el general debió pensar que me rasuré con la espada, porque otra cosa... Antes de dejarte de nuevo mi cuchilla prefiero que utilices las cimitarras.
––No es buena idea, si lo hago no te quedaría cara la próxima vez.––se mofó, mientras reía de nuevo.––Ahora es uno de esos momentos en los que me alegro de que vinieses conmigo. Gracias, Valagiur, hacer este viaje sola habría acabado conmigo.
––Ambos salimos ganando, no me debes nada.––le contestó instantáneamente.
––Nadie a dicho que exista una deuda entre nosotros.
––No, no lo he insinuado. Pero existe un lazo por mi parte hacia ti, y eso paga todas las deudas entre nosotros, o por lo menos las tuyas.
Hioenoa se apartó y le miró a los ojos.
––¿Qué es eso que has dicho y lo del lazo?––inquirió.
––Bueno, es otra tradición del norte. Cuando una relación se profundiza lo suficiente, se puede reconocer un lazo entre ellos. Y es más fuerte que los de familia. Es depositar tu vida en manos del otro y saber que está a salvo. Considero que,... bueno, tú... tienes mi parte de la cadena, aunque nadie lo haya reconocido.––confesó. ––Todas las deudas de sangre, como las llamaste, están aplacadas.
Ella volvió a colocarse como antes y quedó en silencio.
––Aunque no regrese allí, todavía mi memoria recuerda viejas tradiciones.
––Entonces, las aceptaré. Estaba viendo que salvarte la vida me resultaría harto difícil con esa coraza tuya. Tendremos que establecer un puente entre nosotros, o por lo menos en cuanto a costumbres se refiere.
Valagiur esbozó una amplia sonrisa y la apretó más contra sí. Ella ronroneo y acarició sus manos.
––Imagínate la cara de la posadera si hacemos el amor encima de su cama.
––¡Luz! La mataríamos de un infarto.
––O se quedaría mirando y correría después al camarote del capitán. Sería lo mejor que podemos hacer. Nos quitaríamos dos problemas del medio, los ronquidos tanto del cerdito como del vacuno.
––Hay veces que me cuesta entender como tienes una mente tan pérfida.––bromeó, siguiéndole la corriente, aunque no pudo evitar que un gran bostezo saliese de su boca.
––Estás demasiado cansado para complacerme, Arquerito.
––¿No crees que lo de ‘Arquero’ es suficiente?
––No, ahora te lo mereces.––dijo, besándole en la comisura de los labios.––Vete a la cama, estoy bien.
––¿Y desaprovechar lo cariñosa que estas? Nunca.
––Bueno, pero confío en que no te caigas mañana por cubierta.
––Eso déjamelo a mí.
––No pensaba hacer otra cosa...
Permanecieron juntos hasta que la gran estrella apareció y los colores del amanecer tiñeron de rojo el cielo.
1/II/08
P.D.: “El arte de vencer, se aprende en las derrotas.” Simón Bolívar
P.D.2: Explicaciones para otro día, cuando el texto sea más corto.
sábado, 19 de abril de 2008
Cuando recuperó el juicio, oyó como Hioenoa lo llamaba.
––Valagiur, por favor, apresúrate.––al mirarla vio como el polvillo plata había aumentado su condensación.––No podré permanecer aquí más tiempo. Deja la espada en su nicho.––susurró.
Él sacó la espada y la tomó en sus manos, con afecto. El latido había aumentado su velocidad, pero ya no le molestaba.
––Nunca supe que eras la espada de un dios, sino jamás te hubiese utilizado para cortar alimañas.
La cogió en su diestra y haciendo un movimiento hacía delante dejó que la punta tocase el fuego. Un aullido se elevó en la estancia, resonando en las paredes. La espada se había inflamado y el rojo combinó con el negro. Su primer impulsó fue soltarla de inmediato, al sentir como su brazo derecho se quemaba. Sólo la repentina aparición de otra presencia en su mente, le hizo aferrarse a ella con todas sus fuerzas. Un pequeño reducto en su cabeza ya no le pertenecía, podía sentir el espíritu de Hioenoa ocupándolo. El dolor se hizo insoportable. La cabeza amenazaba en estallarle en mil esquirlas de cristal. Había perdido el dominio de su brazo, aunque notaba el daño que el fuego le estaba causando.
El espacio fluctuó y se encontró de nuevo en la cubierta del Pato Rojo, el barco en el que habían atravesado el Viasaf. Tenía el brazo entorno a Hioenoa, que se acurrucaba contra él, buscando calor. Volvió a oscilar. La primera vez que la poseyó, en total oscuridad, lo rememoró en el momento álgido, sintiendo las sensaciones de antaño. La primavera en el Archipiélago, en El filo del Crepúsculo remontando el Ssven, frente al castillo de Tanerii... Lo estaba viviendo de nuevo, pequeños fragmentos de una vida que le era ajena. Luego comenzó con los recuerdos menos agradables. En todos había sufrimiento, pero ninguno como el que sentía en su brazo derecho, que no se correspondía con la anterior historia...
Las realidades pasadas se quebraron y regresó. Sólo sujetaba ya la empuñadura. La voz en su mente comenzaba a desvanecerse, abandonándole por instantes. Hundió la mano por completo, que ardió incandescente, y dejó la espada en el nicho; a la vez que el último vestigio de Hioenoa se evaporaba, con un murmullo incomprensible. No supo que le causaba mayor dolor, pero el grito resonó por toda la cámara, reverberando en las paredes grisáceas. La luz aumentó, blanquecina, e iluminó la alta cúpula. Después se apagó, y otras aparecieron en los ocho puntos de la fuente. Miró su brazo, asustado intentó retroceder, deseando que se alejara de él. Era una masa informe, carbonizada, que continuaba avanzando hasta su hombro. El color era aún anaranjado, como si el fuego continuase en su interior.
Oyó lejana la voz del ser androgino que le llamaba insistentemente. Comenzó a bajar los escalones de dos en dos, con la vista húmeda. Tenía miedo de la fuente y todo lo que le había pasado en la cima. Pero admitió que deseaba más que nada desterrar el sonido y la visión de Hioenoa junto a él.
Cayó en el suelo de piedra mientras cerraba los ojos. Notó una presencia a su lado, electrizante... Perdió de nuevo la conciencia, y se sumió aliviado en un océano de nada. Al despertar un instante después, sintió un frescor en todo su cuerpo. Miró a su alrededor, sin recordar aún lo sucedido. El ente se encontraba a su lado, contemplándole pausadamente.
––Debes marcharte de aquí, antes de que cierre las Puertas.––le ordenó con firmeza. ––El daño de tu herencia ha sido enmendado, abandona este lugar.
El fuego de su brazo había desaparecido, dejando una piel grisácea y arrugada, que se extendía también por el hombro. Estaba demasiado cálido, pero el dolor se había atenuado considerablemente.
––¿Dónde está Hioenoa?––preguntó, a pesar de conocer la respuesta. Se había marchado y dejándole de nuevo en la noche sin estrellas que era su existencia.
––Lo sabes. Nada podrá devolvértela jamás, ni la misericordia que los Cuatro creen que no mereces. Te he salvado a cambio de tu favor, pero no me dejan darte más. Vete con vida o desfallece aquí...
Se encontraba muy exhausto y no quería volver donde la luz le recordará otra vida.
––Elijo morir aquí.––susurró.
––Sea pues, pero este no es tu momento. Recuerda las palabras de la guerrera y sabrás cuando deberás partir. Agonizar cuando no te pertenece cambia el curso de lo que el Escritor te tiene reservado, pero no seré yo quién obligue a un mortal a la vida.––le explicó mientras se alejaba hacia la única de las ocho puertas que permanecía sin el sello dorado.
Valagiur se incorporó:
––¿Qué has querido decir?
––Puedes recordar la conversación, el fuego no llego a tocar tu corazón...––dijo, dubitativo, mientras alzaba la lanza de oro por encima de su cabeza.
––¡Espera!––gritó, levantándose con lentitud y yendo hacia la puerta.––Entonces, el juramento de la sangre... ¿se puede cumplir?––fijándose en ello con una mirada anhelante.
––Lo desconozco, el espíritu al que pertenece está exento de obligaciones aquí. Pero su poder no es vano, tal vez haya alguno capaz de lograr lo que sólo el Escritor conoce.
––¿Qué debo hacer?
––Vivir hasta que él lo haya considerado oportuno. No debes ser tú quién acabe con la vida que te entregaron.––la voz fue neutra, pero para él sus palabras fueron lo más cercano a la salvación que sintió jamás.
––Si sigo viviendo hasta que el destino me mate, volveré con ella...––musitó.
––Deja la vaina, cuando despierte sólo ella será capaz de contenerla.––dijo señalando con la cabeza el hombro de Valagiur.
Éste la soltó con la mano izquierda y la depositó en el suelo.
–– Ve. La necesidad de cerrar las Puertas apremia.
Él asintió y puso un pie en el umbral.
––Cómo llegaré al final del túnel, antes traía un guía.
––Encontrarás un camino en las rocas siempre que no portes más luces, la esperanza es la única que puedes permitirte.––y volvió a alzar el asta.
Valagiur se encontró frente al abismo laberíntico por el que debía regresar. De repente apareció una pregunta en sus labios:
––¿Por qué me ayudas?
El ser curvó sus labios en lo más parecido a una sonrisa que había esbozado en siglos.
––No eres el único que anhela regresar, o que espera un regreso.––le dijo, mientras las puertas comenzaban a aparecer, cerrándose con el metal carmesí y negro. Permaneció allí hasta que todo el brillo se apagó, y comenzó el camino de vuelta a ninguna parte. Pero tenía que hacerlo, la elección había dejado de pertenecerle.
30/I/08
P.D.: “Dando golpes en la pared de mi cárcel, esperando que alguien que no exista me oiga.”
P.D.2: Mi querido Gildur, a veces eres demasiado optimista...
miércoles, 16 de abril de 2008
El ente plateado se retiró, dejando a la vista una escalera de piedra completamente negra. Valagiur envainó la espada, para que no vibrase en su mano y comenzó el ascenso. Al principio le resultó fácil, pero poco a poco la espada empezó a mostrarse inquieta, contagiándole a él. Había una presión en el aire que le dificultaba la respiración, una fuerza demasiado pesada para combatirla. Miró hacia abajo y encontró un abismo de niebla gris, envolviéndose en torno a otras dos escaleras que había a derecha e izquierda de la suya. Dio un par de pasos y cuando casi había decidido parar vio una figura a su izquierda, por el rabillo del ojo. Giró por completo la cabeza y se encontró oscuridad. ––Otro espejismo––pensó. Cuando reanudó la subida inconscientemente, la figura volvió. Esta vez no miró, había vivido ya demasiadas utopías con tiempos pasados.
––No me mires––ordenó una voz demasiado conocida y añorada.
Él, por la sorpresa no pudo menos que hacerlo, y la forma desapareció de nuevo. Se quedó observando el espacio largos instantes, decidiendo si la habría imaginado. Sólo podía hacer una cosa, y era obedecer. Se materializó de nuevo, y esta vez, la contempló de refilón. Continuaba igual que la recordaba, delgada y pequeña vestida con la armadura de cuero y anillas. La capa azul noche de Sierva del Mar le cubría la cabeza, pero alcanzó a ver algunos de sus rizos cobrizos. Sus ojos grises brillaban antinaturalmente, pero no le importó. Ella le sonrió cariñosamente.
––Hola, Valagiur. He venido a acompañarte un trecho, como tú hiciste conmigo.––su cadencia era cristalina.
––Hioenoa.––musitó.
––Veo que me recuerdas... Lo siento mucho, no debí marcharme de tu lado.
Él calló, con las lágrimas asomando en sus ojos índigos.
––Vamos, debes continuar. Yo iré contigo.––dijo, intentando tranquilizarle.
Reemprendió el camino casi al instante, mientras intentaba no apartar la vista de ella.
––Mira por donde vas, Arquero.––le soltó con mofa.
La obedeció con brusquedad, clavando los ojos en el suelo. Estaba recordando todas las veces que se había burlado de él llamándole Arquero, y comenzó a llorar. El silencio sólo era roto por los suaves sollozos de Valagiur, que a pese a todo continuaba andando. Al final, él levantó la mirada y vio que quedaban unos diez escalones hasta la luz, que seguía siendo igual de tenue que desde el suelo.
––¿Cuánto tiempo te quedarás aquí?––preguntó mirando de nuevo a la mujer.
––No lo sé. Me han invocado y he acudido, no puedo quedarme sin lo que me ata a ti, cuando él quiera me marcharé.––explicó.
––Antes de que te vayas debo decirte algo, aun a riesgo de incurrir la cólera de alguien.
Ella asintió.
––Perdóname, te lo ruego...––suplicó. ––Nunca debí dejar que te marcharás sola...
––Chtsss, calla. Aunque no sea mi cometido aquí, te diré que no te reprocho nada y por eso no puedo perdonarte. Mi temeridad en el océano ha provocado las iras de alguien, pero recuerda la última noche en la posada: los guerreros van al mismo orbe. Nos volveremos a encontrar, debes vivir un poco más. Hazlo por mí si no encuentras más razones. Pero no desfallezcas en senderos donde no pueda encontrarte...––le susurró al oído, intentando que las sombras que los envolvían no pudieran escucharlo.
Él asintió con la cabeza, pasándose la mano por pelo.
––Venga, levanta. El final de esto esta próximo.
Dio los últimos pasos sin apartar la mirada. Intuía que se esfumaría por momentos, en una nuble de humo. No pensaba en nada más que en ella. Necesitaba aprovechar todos los segundos de su compañía y atesorarlos. Su forma espectral despedía vapor plateado, como el polvo que vieron en las Suliäm. Tropezó al terminar las escaleras y, ante lo que contempló, comprendió porque era llamada la Cámara de las Ocho Espadas.
A un paso y medio de él había un gran pilón de piedra pulida. No reconoció el material, parecía una única pieza, con vetas blancas y negras intrincándose en una compleja red, que no era obra de manos humanas. Con dos zancadas salvó la distancia que le separaba del borde. Allí vio una visión que le sobrecogió. La fuente medía ocho metros de diámetro, y en el centro se elevaba una columna apenas más ancha que su muñeca, del mismo material que el borde exterior. Se elevaba ocho palmos, y en el extremo superior brillaba una bola de luz incandescente, que disipaba las tinieblas alrededor de todo el círculo. Temiendo lo que pudiera encontrarse, bajó la mirada, siguiendo la columna, hasta donde se bifurcaba en ocho estelas, mitad de piedra totalmente blanca y de armónica oscuridad. La que se encontraba frente a él se perdía en un lecho de fuego líquido que intentaba consumir las paredes de negras que lo contenían. El nicho era el hogar temporal de la espada. Lo sabía como una certeza que llevase en su cabeza toda su vida, al igual que entendía que un amanecer traería consigo el sol. A sólo veinte centímetros del fuego, una tiara de oro blanco con rubíes y minúsculas gemas negras engastadas giraba lentamente.
Reflejaba el fuego que ardía bajo ella y parecía recordarle para que se encontraba allí. Sin querer lo miró de nuevo, y, al instante, su mente sucumbió a él. La destrucción que irradiaba se adentró en su interior, amenazando con acabar con todo. No podía cerrar los ojos, porque aunque lo hiciese seguía sintiendo como el fuego le penetraba, sondeando y juzgando cada rincón de su pensamiento. Enloqueció por completo un instante antes de recuperar el dominio de sí y la razón, como si los dioses hubieran acabado con la locura.
28/I/08
P.D.: “Puedes ser solamente una persona para el mundo, pero para alguna persona, tú eres el mundo” Gabriel García Márquez.
lunes, 14 de abril de 2008
“Tocó la placa de metal negro con el pomo de la espada. Sintió como el disco comenzaba a calentarse, en pocos segundos se encontraba al rojo. Miles de hilos de metal se extendían por la pared, haciéndose visibles a sus ojos. Vio como llegaban hasta el arco de piedra y se juntaban el centro. La empuñadura comenzaba a calentarse y la cruz mostraba el mismo tono rojizo, pero el filo no quemaba. La pared desmaterializó ante él.
El corazón le empezó a latir rápidamente. Buscó en el interior de su cabeza la voz que le había guiado hasta allí, pero sólo estaba su conciencia. Miró desconfiado la entrada. Oyó el rasgueo de tela contra el suelo, y unos pasos lentos, que parecían acercarse a él. Retrocedió un paso y alzó la espada, que había perdido el calor de antes y volvía a ser de la siempre.
––¿Quién osa regresar por la puerta del Fuego?––dijo una voz suave y clara, con un deje metálico apenas perceptible.
Por un momento las palabras que la voz le había ordenado que dijese desaparecieron de su mente, junto con el control de su cuerpo. Estaba paralizado cuando vio una sombra negra que se interponía entre él y la luz que vislumbraba en la estancia.
––Responde ahora, mortal.––susurró el ente.
Valagiur recuperó la razón, y las lecciones aprendidas.
––Valagiur, de la Estirpe Necollorien, una de las cincuenta Casas de la Regencia de Enayoiron, descendiente de los usurpadores que tomaron la espada del Hijo del Fuego desterrado por su padre, que en mi familia recibió el nombre de Albur.––no sabía que querían decir las últimas palabras, pero él (o ella) había insistido en que los asimilara al pie de la letra.
Vio como en ser se alejaba de él, mientras suspiraba, le pareció, con alivio.
––La hora ha llegado entonces. Entra, mortal Valagiur de los Necollorien de Enayoiron.
Pensó un momento las connotaciones de todo lo que había pasado, le resultaba irreal e ilusorio, como los encantadores tirynarii en las ferias de los pueblos. Un impulso externo le obligó a entrar en la sala. Nada más pisar el umbral notó como la espada comenzaba a palpitar, transmitiendo las vibraciones a su brazo derecho.
Intentó retroceder, asustado, pero tocó pared. Giró la cabeza con asombro y encontró una superficie de piedra gris perfectamente pulimentada que recibía los leves destellos de una luz blanca.
––Está cerrado, mortal, no podrás salir hasta que termines lo que tus ancestros empezaron.
Valagiur dio la vuelta de nuevo y caminó hasta la iluminación, intentando que los temblores del acero no contagiaran todo su cuerpo. Salió del túnel a una gran bóveda que se extendía más allá de donde la vista le alcanzaba. La luz estaba cincuenta pasos por encima de él. Contemplaba atónito la estancia escondida en lo más profundo de las Cordilleras Centrales, cuando notó la presencia a su derecha. Reculó dos pasos para observar mejor la alta figura que le había hablado antes. Vestía ropas grises y vaporosas, que se enrollaban en su cuerpo sin enganches visibles. El pelo platino, casi blanco, caía ondulado hasta más debajo de su cintura, enmarcando un rostro joven. La piel era pálida y brillante, como una tela que encubriese otra naturaleza. No supo discernir si era hombre o mujer. La punta dorada de una lanza sobresalía por encima del hombro derecho, despertando un recuerdo en su interior que se obligaba a olvidar.
––He regresado.––dijo Valagiur, aunque esas palabras no correspondían a su mente. En lo alto, la luz aumentó de tamaño durante unos instantes.
––Es cierto,––contestó el ente––pero abandona su mente, y regresa donde te corresponde por derecho.
––¿Acaso ha vuelto mi amo?
––No, pero el juego se reanudará cuando termine su expiación, y eso no puede ocurrir hasta que tú yazcas con tus hermanas.
––Los dioses dan sabiduría a sus siervos––afirmó el guerrero.
––A cambio de onerosos pagos.––respondió.
Valagiur le sonrió levemente. Sus ojos se nublaron por un instante y recuperaron el brillo humano.
––¿Quién sois?––preguntó con voz trémula.
––Soy el Custodio de la Cámara de las Ocho Espadas.––dijo la entidad, mirándole a los ojos. Eran dos pozos oscuros y profundos, con un brillo anaranjado por pupila. Escondían una edad eterna y el paso del Tiempo era vano en ellos. Valagiur se tambaleo al sentir su mirada e inconscientemente se apoyó en la espada. El ser cortó el contacto.
––No sabías que portabas la espada durante todos estos años, ni siquiera presentías su naturaleza.––susurró para sí.––Da gracias a tus dioses porque estuviese dormida durante tanto tiempo, sino no podrías empuñarla.
––No os entiendo.––respondió con la mirada baja.
––Ni podrás hacerlo. Confórmate con saber que puedes reparar el daño que tu familia hizo hace edades. Es lo que venías a hacer aquí, ¿verdad?
Él asintió.
––Escucha mis palabras. Deberás subir hasta el final de los escalones y depositar la espada en un lecho de fuego que encontrarás allí. A su derecha encontrarás la espada negra de la Tierra y a la derecha la espada negra del Aire, no toques el círculo central. Es muy importante que no la dejes caer, tienes que depositar también su empuñadura en el fuego. ¿Me has entendido?
Afirmó de nuevo.
––Te diré otra cosa más. Nada más dejarla baja hasta mí, sino el fuego te consumirá por completo. Intentaré proporcionarte algo para que resistas el dolor, aunque luego lo sientas multiplicado,––no entendió que quería decir––tendrás que perdonarme, pero llevo demasiado tiempo esperando este momento como para fracasar ahora.”
27/I/08
P.D.: “No amar por temor al fracaso es como suicidarse por temor a la muerte.”
P.D.2: Sé que soy una plasta con el tiempo, pero que le voy a hacer... Intentaré comedirme la próxima.
lunes, 7 de abril de 2008
Alé, pues por hoy nada más, que todavía tengo que estudiar, ducharme y leer para clase antes de dormir y son las once y media. Que os vaya bien y os guste el texto.
“Las gélidas aguas tocaron su cuerpo. Abrió los ojos y vio una tenue luz brillando en el fondo. Comenzó a nadar prestamente hacia ella, haciendo esfuerzo incluso con sus pies atados. La cuerda le cortaba la circulación en los tobillos, pero si no conseguía la runa habría perdido todas las posibilidades de convertirse en Siervo de la Mar. La respiración le faltaba y aún no había cogido la piedra. Siempre supo que el mar la mataría, una certeza que la acompañaba desde que a los once años estuvo a punto de morir ahogada. La sanadora de los Gudoass, la había salvado y por eso el mar quería su precio. Una esclava le contó que el océano la protegería hasta que se cobrara el valor que exigía, y no dejaría que muriese antes de lo que él quisiera. Lo consideraba un viejo amigo; y le imploró por su vida, sino era ya la hora que la predestinaría a otros Orbes. Aparte del Espíritu deudor, al único que era capaz de adorar era al mar, a las aguas saladas que bendecían a su pueblo con la mayor de las desgracias. Alcanzó la luz y arrancó de la esfera el collar de cuero que desde su juventud la había acompañado. Con las últimas fuerzas se impulso a la superficie, poniéndose el cordón por la cabeza.
Emergió tomando una bocanada de aire. Notaba el gusto a sal, pese a que no recordaba haber abierto los labios. Puntos brillantes le impedían agarrar la escala que pendía hasta ella desde la cubierta. ––La prueba aún no ha terminado,––pensó––aunque lo más difícil ya haya ocurrido. Centró su mirada en las cuerdas anudadas y salió del agua. El aire helado azotó su cuerpo desnudo y soltó un grito ahogado. Sólo imaginar el cálido tacto de las ropas de cuiel, consiguió hacerla avanzar. No importaba si le ponían su antigua capa o la de Siervo, estaría calentita. Incluso la idea de fracasar en su tarea le daba la esperanza de viajar de nuevo con Valagiur, y volver por el equinoccio, como había hecho durante casi diez largos y fructuosos años.
Al llegar a cubierta vio toda la tripulación mirándola en silencio. Si no hubiese estado tan aterida de frío se habría percatado de la imagen que presentaba, chorreando agua por todo su cuerpo. Observó con la cabeza alta a los cuatro Siervos del Mar que acompañaban a su hermanastro, y a los siete de la Tierra. Todos evaluaban su actuación, y aunque debería hacer tenido una actitud más dócil; deseaba tirar al mar a aquellos desgraciados que la juzgaban. Dio un paso adelante, retándolos a emitir su veredicto. Su hermano, y ahora también padre de los Deikierin, se acercó a ella, con su capa negra del norte bajo el brazo izquierdo (un pequeño regalo tomado de un cadáver) y una azul noche bajo el derecho.
––Hioenoa, hija de nadie e ilegítima del antiguo Señor ––su madre había sido esclava, su nombre no tenía importancia. ––Aquí tienes un camino bifurcado.––dijo tendiendo ambos brazos. ––Será tu elección. Pero los dos exigen pequeños sacrificios. El primero te devolverá al pasado y presente, que podrá continuar siendo tu futuro. El segundo, te entregarás al Padre, y te arrodillarás ante él, por ser tú señor.
Esto la sobresaltó. Ningún Siervo tuvo que postrarse ante el jefe de la tribu, ni siquiera los hombres libres; le debían lealtad y respeto, pero no sumisión No sería diferente con ella, jamás se había sentido tan denigrada por su pueblo. Entonces recordó a su verdadero Señor, el que le entregaba la vida y podía quitársela. Dándole la espalda a su hermano, cayó en hinojos frente al horizonte. Un murmullo se propagó por la cubierta.
––Me arrodillo ante mi único Progenitor, que me dio vida y decidirá cuando quitármela. Le entrego todo lo que poseo y si lo desea que lo tome ahora, por ser mi señor y yo su sierva.––dijo en voz alta, intentando repetir las palabras exactas que había dicho el jefe. Sintió como alguien se acercaba y le tocaba los hombros levemente. Notó en peso de una capa larga sobre ella, demasiado suave para ser la de montaraz que ya había utilizado.
––Alzate como legítima Sierva de la Mar, Hioenoa, hermana.––dijo su hermano con la misma voz profunda y solemne de antes.
Se levantó despacio, e inclinó imperceptiblemente la cabeza a la gran masa de agua grisácea a la que serviría de ahora en adelante. Al girarse soltó los extremos de la capa, y miró a los ojos oscuros de su hermanastro, y ahora también hermano ritual.
––No te agradeceré lo que he conseguido por mis propios medios, pero te aseguro que nadie tachará mi lealtad para con los Deikierin.
––Jamás pensé de ti otra cosa.––señaló, sonriendo levemente.”
26/I/08
P.D.: “Cada uno interpreta su papel, y el mío es triste” W. Shakespeare*
*Esta es una antigua costumbre del fotolog que quiero retomar, era poner alguna cita que tenga escrita en el cuaderno rojo o alguna frase de esas que se dicen por la calle y te ríes de ellas, que al final terminaba poniendo. Al igual que también en el fotolog contaba cosas como las del principio, lo que llamo, amistosamente: desvaríos cuando me gusta perder el tiempo. Que también pondré cuando me apetezca porque me gusta hacerlo. Que seáis felices ¬¬.
P.D.2: Al final he terminado delirando como nunca, lo siento.
