domingo, 10 de mayo de 2009

Romanticismo



El otro día, cuando volvía al cole, me acordé de los recreos del primer trimestre. Los recuerdo mucho mejores que los de ahora, yo iba toda feliz a postear y entrar rápidamente en todos los blogs. Si había algún texto interesante que no me daba tiempo a leer lo imprimía y me iba contenta. Ah, y también saludaba a la gente que estaba en gmail. No sé, eran diferentes. De hecho, me acuerdo de un día soleado que estaba en el ordenador de la entrada, ya casi terminando mi visita cuando me saludó Fuego y me dijo que había entrado sólo para verme.

No sé de donde viene este pesimismo que me invade, por el cual siento que todo tiempo pasado fue mejor. Incluso recuerdo con añoranza mi curso de 2º de la Eso, con mucha más añoranza de la que de verdad le corresponde. He cometido un fallo que creo irremediable, ya para siempre; y aunque una de mis máximas es “no te arrepientas de lo que no puedes cambiar”, no puedo evitar arrepentirme de eso, pese a los buenos momentos. Creo que lo único que he hecho desde febrero ha sido un parón para dejar de pensar, que ahora vuelve de nuevo. Pero bueno, que le voy a hacer, es todo una gran castaña pilonga (y cuando digo todo, es TODO).

Ayer, mientras estaba en la cama, intentando escribir algo, me salió que estaba enfadada con el mundo, por irse. Luego me di cuenta de que realmente estaba enfadada con más de un mundo, también por irse. Ahora, la conclusión es que estoy enfadada con todo el Verso y punto pelota (bueno, la primera conmigo misma).

También ayer por la tarde, alguien me preguntó que cuando iba a abrir el Abismo, y también me dijo que tenía mono de mí. Gracias a esa persona por el cumplido, del que no me pienso merecedora, pero todo esto viene porque me hizo pensar.

Es inútil decir que yo no tengo mono de algunas personas (yo digo enchochar, pero también me sirve), de hecho, generalmente es lo único de lo que suelo tener ganas (si esto os ha llevado al campo sexual, salid de ahí ya). Ahora mismo no me pasa, o por lo menos no de alguien de quien pueda permitírmelo, quizá un leve estado apetitivo creciente es el único medianamente tolerable. Lo que me apetece es algo, y no alguien, algo que no tiene rostro ni nombre, pero que sé existente.

[...]

Me voy a la cama, esto esta tomando un cariz que no me gusta. Un beso.


sábado, 9 de mayo de 2009

Palomas radioactivas



Buenas tardes! La verdad es que no me apetece enrollarme mucho con este post, y para llenar espacio he puesto Palabras para Julia, de Goytisolo. Pero antes de nada quiero dejar dicho que me dan miedo los pájaros por la noche. El lunes, a las doce y media o cosa así estaba yo estudiando y mi hermana duchándose (sí, nos va eso de trasnochar los días de diario, aunque a mí más XD), cuando de repente oigo un golpe de algo contra algo (que sonó como un pájaro contra las rejas de la ventana). Para cerciorarme de que no había sido un pájaro le grité a mi hermana que qué coño había hecho. Me dijo que había sido un pájaro en la ventana del baño, que, justamente, está al lado de la mía. Desde entonces me da mal rollo ver la oscuridad grisácea (es que no puedo evitar imaginarme a una paloma estontonada contra el cristal). Pero lo mejor me paso la noche del martes al miércoles. Estaba yo tan contenta, estudiando lógica material, cuando oigo piar a los pájaros que viven en el pino, y eran la una y media de la mañana O_O (siempre me habían dicho que los pájaros eran bichos diurnos). Pues eso es lo más interesante que me ha pasado en toda la semana, aparte de... Nada, porque ahora que me pongo a pensarlo en serio el descubrimiento de mis pájaros noctámbulos es lo más sorprendente de toda la semana. Aunque en cuestión de pájaros de mi casa ya poco puede sorprenderme, así que, vida, búscate cosas más interesantes.







PALABRAS PARA JULIA

Tú no puedes volver atrás

porque la vida ya te empuja

como un aullido interminable.

Hija mía, es mejor vivir

con la alegría de los hombres,

que llorar ante el muro ciego.

Te sentirás acorralada,

te sentirás perdida o sola,

tal vez querrás no haber nacido.

Yo sé muy bien que te dirán

que la vida no tiene objeto,

que es un asunto desgraciado.

Entonces siempre acuérdate

de lo que un día yo escribí

pensando en ti como ahora pienso.

Un hombre sólo, una mujer

así, tomados de uno en uno,

son como polvo, no son nada.

Pero yo cuando te hablo a ti,

cuando te escribo estas palabras,

pienso también en otros hombres.

Tu destino está en los demás,

tu futuro es tu propia vida,

tu dignidad es la de todos.

Otros esperan que resistas,

que les ayude tu alegría,

tu canción entre sus canciones.

Entonces siempre acuérdate

de lo que un día yo escribí

pensando en ti como ahora pienso.

Nunca te entregues ni te apartes

junto al camino, nunca digas

no puedo más y aquí me quedo.

La vida es bella, tú verás

como a pesar de los pesares,

tendrás amor, tendrás amigos.

Por lo demás no hay elección

y este mundo tal como es

será todo tu patrimonio.

Perdóname, no sé decirte

nada más, pero tú comprende

que yo aún estoy en el camino.

Y siempre, siempre, acuérdate

de lo que un día yo escribí

pensando en ti como ahora pienso.



José Agustín Goytisolo


viernes, 8 de mayo de 2009

A mí no me hables en alto



Heli Gordi: "La sequedad llega hasta un punto."

C: "La última vez que hice caquitas sacaste tú más nota que yo."

AFC: "Me preguntó "por casualidad" y yo a flores."

Mi Guerrero-humano: "¿Cuántos más qué?"







P.D.: "Recuerda, ****, no tiene por qué tener sentido."





jueves, 7 de mayo de 2009

Otorno



En general todo se puede dividir en si es algo constante, o variable. Puede salir el sol cada mañana y llenarse la luna cada veintiocho días, eso es invariable; el tiempo atmosférico, el sitio para aparcar y la comida del Peñu no lo son, cambian cada día o mes o quien sabe como. Y luego están las personas que son la cosa más variable y a la vez la más constante que existe.



Hoy la luna se vistió de luto para recordarte de nuevo, como mi mente a lo largo del día, en la noche oscura y profunda que huele a azahar entre las cortinas. Apenas te recuerdo más allá de los últimos años que pasamos juntos, donde siempre permaneciste a mi lado, aunque no lo hiciese yo al tuyo. Creé un pasado para nosotros, un futuro donde fuéramos más de lo que realmente somos, y lo creí, la única manera de hacer que viviésemos en las estrellas, las que contemplamos juntos en mis ocasos de llanto y amaneceres de esperanzadora redención. Porque, he de decir, que te recuerdo allí en mis peores momentos, que sé como viste lo que ahora dudo en hacer, y como sentí decepción en tus ojos contempladores. Tú eras, cuando aún existían, el guardián de mis puertas inconscientes, el constructor que tapaba las fisuras de una magia aún sin aprender. Y en esos momentos eras amado por todos los que me amaban, por protegerme de lo que desconocía.

Si bien yo, por aquel entonces, no era lo que soy, y observaba impasible el caer de tu arena sobre mi cristal. Te veía morir día tras día, noche tras noche de insomnios perpetuos frente a las profundas puertas, mientras yo desde mi alta torre veía tus cabellos blanquecinos brillar por la sombra de la luna. Desoladores pensamientos que llenaban mi mente sin que supiera comprender su sentido, hasta que ocurrió. Y no quise o supe creerlo.

Mi protector eterno, dónde están ahora tus respuestas a mis gritos de socorro. Ahora que me falta aliento, dónde estás para llevarme sobre ti un trecho del camino. Dónde te has perdido que ya no velas a mi amor de mentira, al que más quiero.

Eras mi constante eterna, lo que no desaparecería nunca, hasta que te fuiste, constante que mutó a variable para regresar de nuevo. La diferencia es mínima, en este intento de elegía se me mueren las palabras antes de acertar a describir lo que siento. Pero hasta ahora no he olvidado, de momento no te olvido.

Te fallaré protegiendo lo que tú más protegiste, aunque mi espada no sabe si desenvainar o envainarse.
Farewell, Otorno



miércoles, 6 de mayo de 2009

Galletas Malkier



Y encontré mi ilusión desvanecida,

y eterno e insaciable mi deseo,

palpé la realidad y odié la vida,

sólo en la paz de los sepulcros creo.

José de Espronceda, A Jarifa en una orgía



Sí, ¿y qué pasa cuando las únicas ilusiones las pierdes, o te obligas a perderlas?

lunes, 4 de mayo de 2009

Mr. LaFleur



: Es criollo, ¿sabes?

viernes, 1 de mayo de 2009

Servicio a domicilio



Se me ha ido Orión del cielo.


jueves, 30 de abril de 2009

Comecocos



Hoy me han dicho que soy utópica, que me pega vivir en la Utopía. Definitivamente, es el mejor adjetivo que jamás han utilizado para describirme, al menos, el que más ilusión me ha hecho, sin lugar a dudas.


miércoles, 29 de abril de 2009

"Ahora cada vez suspiro antes porque..."



¿Qué te cambio por mi vida? La tuya, sin pensar en otra recompensa más que besar de nuevo tus labios, los que me arrebató la vida con sus estúpidas circunstancias. ¿Podrás perdonarme por abandonarla a su suerte, la que nosotros perdimos? No soporto más tu ausencia, la mía qu huye de una realidad vacía durante eones. ¿Quién habría de decirme que el amor deajría tras sí tal estela de dolor y ponzoña?

Ay, dioses, de los que arrebatan la vida; ay, tiempo, el que me deja sin sentir lo que haría de ser fantasma. ¿Y si en verdad existiese un lugar donde morar y ser morada? Porque morada de nosotros vago sin lugar, sin casa secada al sol del mediodía, de una medianoche entre sábanas sucias que me duele recordar, de la que mi mente me protege con deleznable premeditación. ¿Quieres que te busque? ¿Quieres que me quede, o que te siga, dejándolo todo atrás?

Sólo puedo suplicarte una respuesta.

Secándome al sol de tus lágrimas

domingo, 26 de abril de 2009

Esquina del mundo



Mi tú se ha suicidado.


viernes, 24 de abril de 2009

--¿Quién es? --Tú.



Era todas las Aes posibles, pero ninguna durante mucho tiempo, poco duraban en sus pálidos brazos, vigorosos cuando las tomaba en ellos con infinita dulzura.

Era blanco, por completo. Las baldosas blancas, los azulejos blancos, la cerámica blanca, el ambiente blanco, el sonido blanco. No tenía ventanas, no eran necesarias, allí nunca había terminado de vivir nadie.

Cerró el grifo del agua caliente y metió la mano en la bañera, a un palmo de llenarse por completo. Estaba tibia, le pareció adecuado. Se volvió hacia la figura que esperaba sentada sobre la taza del váter, apretando con fuerza las rodillas contra su pecho, y hundiendo la cabeza en el oscuro lugar que formaba su cuerpo. Su corta melena de rizos castaños, luchando por tapar sus desnudas piernas, danzaba con cada sollozo incontenible que huía de sus labios, a la misma vez que cientos de lágrimas descendían, cual arroyo helado, por sus mejillas. Se acercó a ella despacio, mientras secaba su mano en los pantalones de pana negros que había encontrado en un altillo de su armario hacía dos mañanas. Dejó que sus dedos recorrieran el suave tejido del batín en su espalda, siguiendo con inconscientemente, las flores azules en la tela azul. Ella paró durante un instante sus gemidos, al sentirlo tan próximo, para reanudarlos con mayor intensidad. Un chasquido se formó entre sus labios mientras negaba con la cabeza, para sí, haciendo que algunos mechones de su negra melena escaparan de la coleta que los contenía, cayendo sobre su rostro. Pasó un brazo entre sus piernas encogidas y la alzó en volandas. Ella, al verse arrancada de su inestable refugio, lo cambió por su pecho, donde se amarró a su camisa, para llenarla de agua marina. Le hubiera gustado disponer de tres manos para poder acariciar su pelo en ese preciso momento, pero la paciencia se encontraba entre sus virtudes y sabía que satisfacer ese deseo no quedaba lejos.

Ahora le llegó el turno de sentarse sobre el retrete, con ella en brazos. Soltó sus piernas para desatar el nudo que ceñía la prenda a su cuerpo, aunque tampoco reaccionó. Lo más complejo fue conseguir que dejase sus manos vacías, para poder quitarle por completo el engorroso kimono. Teniéndola ya desnuda se levantó de nuevo, con lentitud, y de un paso alcanzó la bañera. Era lo suficiente grande como para que ella entrase sin necesidad de doblar las piernas. La depositó con ternura sobre la tremolante superficie, dejado que fuese su cuerpo el que llegase hasta el fondo. Había calculado mal la cantidad de agua y parte de ella llegó hasta el borde y rebasó los límites del blanco, lloviendo torrencialmente sobre el árido suelo.

Reprimió una maldición antes de que se elevara más allá de su mente, al notar como sus pantalones se mojaban casi por completo de rodilla para abajo. Ella, sin embargo, liberó una exclamación de sorpresa, mientras sus ojos dorados se abrían. No era la primera vez que veía su rostro, pero ahora tenía un matiz de determinación, casi imperceptible, que antes desconocía. Se alegró por ello.

Sus pómulos estaban rojos y mojados, sus iris miel ardían entre el fuego del dolor y la soledad de las lágrimas, pero no parecían temerosos; era sólo triste olvido lo que reflejaban, o mejor dicho, triste recuerdo.

Vio como sus pupilas se dilataban al mirar con extrañeza a su alrededor, para después fijar en él una mirada penetrante e inquisitiva, llena de curiosidad. Como única respuesta a su pregunta silenciosa le sonrió de lado, casi con inocencia, y ella pareció tranquilizarse. Él se levantó del borde de la bañera y alcanzó el lavabo, mientras sentía como dos puñales de oro horadaban su espalda, mientras oía como se sorbía los mocos.

No le costó encontrar lo que estaba buscando, pero lo guardó en el bolsillo trasero antes de volver con ella. La encontró jugueteando con el agua, moviendo la superficie con sus finos dedos de escritora clandestina, formando ondas tremolantes que rompían contra las paredes de cerámica. Paró en seco de hacerlo cuando vio como miraba sus manos, y dejó que se hundieran, aunque continuó moviéndolas con nerviosismo contra sus muslos. Le gustó ver como el vello azabache y rizado de su pubis se movía al son que marcaba el agua, si bien ella se percató de su contemplación y colocó ambas manos sobre su entrepierna. Él fingió desviar la mirada, como azorado; le pareció divertido imitar una emoción que hacía años que no sentía. Sintió como una de sus manos salía mojada y de dejaba caer sobre su pantalón, pero esta vez no le importó.



miércoles, 22 de abril de 2009

Yo...





Vestigios de una centuria II

Oía las lejanas letanías. Dos fuerzas que me llamaban desde polos opuestos, que intentaban tirar de la etérea sustancia en la que ahora se había convertido mi yo. Una parte de mí, esa que aún lloraba afligida, con un dolor contra el cual no existía bálsamo, se negó en rotundo a avanzar; daba igual el camino que tomase, sabía que tendría que cargar con ella fuese cual fuese mi destino, o por lo menos, hasta que el olvido que pugnaba por envolvernos terminase la tarea empezada.

No fue difícil escaparme por esa rendija entre la madera, salir de la oscuridad para encontrarme en una gran sala cubierta de luces anaranjadas. La recordaba vagamente, con la inexactitud que ocupaba toda mi mente, pero aun así me sentí reconfortado. Hice de la demora mi compañera durante unos instantes, antes de decidirme por la diestra senda que se me planteaba. Admito que resultó extraño repetir mi anterior hazaña, ahora que no estaba atado a los avatares del espacio. Y, entonces, comprendí el motivo de mi reclamo. Fue cuando estuve de nuevo, ahora desde otra perspectiva, frente a aquellos ventanales ante los cuales, millares de veces, había contemplado el rojizo patio, antes negruzco, ahora mojado. No siempre había sido de mi agrado, nunca nada lo es para siempre, pero ahora que la posibilidad de permanecer aquí sempiternamente era tan posible y a la vez tan espantosa lo recordé con añoranza.

Comenzó mi periplo inevitable, buscando y hallando cada metro recorrido algo de aquello que me había faltado, ese algo que comenzaba a llenar algo que, en apariencia, no podía ser llenado.

Eran aquellas baldosas, aquellas piedras inmutables a través de los tiempos, aquel aire de sabor indefinible lo que se mantenía estable en la memoria de todo el que pasaba por allí, aunque sólo fuese por espacio de unos meses, si los dioses no le permitían la dicha de hacerlo más. O por lo menos eso fue lo que pensaba hasta aquel día, cuando tuve la oportunidad de vagar, cual espíritu errático, por entre aquellas paredes, bajo aquellas losas que antaño me cautivaron con su austera belleza, por las cuales habían pisado tantas y tantas almas a un cuerpo unidas. En esos instantes, mientras iba por espacio de segundos o eones, entre aquella y esta centenaria mole de piedra dorada, tan fría y lejana por ser sólo tierra; tan acogedora y próxima durante tanto tiempo, por lo intangible, por la promesa de decenas de seres que quedaban atados irremisiblemente a ella, sin que las cadenas fuesen motivo de llanto, ni desear el yugo roto.

El paseo me fue grato, toda una vida de nuevo vivida, toda ella había transcurrido, más o menos tiempo, entre esos sólidos muros, incapaces de morir ante el dolor de la muerte hermana, de aquella que aún siendo el pasado seguía removiendo el presente. Erré por cada posible hueco en la argamasa que unía las, en apariencia, indestructibles piedras, buscando más de la sustancia que aún no había acabado de atesorar, y que, sin embargo, parecía haber desaparecido ya en mi interior. Vagaba entre las ruinas de mi recuerdo, sucumbiendo, como predije, al más triste olvido. Pensé que la muerte volvía a llamar, hasta que finalmente, di con lo que necesitaba.

Me encontré con aquella dama de delicadas facciones, y supe que nos conocíamos. No me resultaron extraños sus cabellos cobrizos ni su cálida sonrisa en el frío corredor, ni el color celeste del manto que se reflejaba en sus ojos. Por mucho que hubiese intentado negarlo, no me producía espanto la promesa que intuía. Y, por un brevísimo instante, fui consciente de mi pronta desaparición, y no temí.





Es una larga historia...

martes, 21 de abril de 2009

jueves, 16 de abril de 2009

Toma geroma pastillas de goma





Caen los pétalos de primavera de su corona encarnada, llora el sol sus rayos rotos y lejanos. Languidecer sobre tu pálida piel, que muere con cada roce. Llora la lluvia decadente, la última pacífica antes de desplegar poderosos ejércitos sobre la calenturienta estepa, que con fiebre estival, de estío, se rinde a las lanzas del cielo. Y morir, verso apenado, verbo triste que deja un regusto amargo, excepto en sus labios, que se forma sensualmente y deja un sabor rojizo, agridulce, que baja por mi garganta al tocarte. Porque me gusta tocarte en sueños, en esa neblina grisácea y reptante, para no recordarlo casi después. Mi subconsciente no niega el sexo, verdad freudiana; me preguntó qué esconderá mi consciente si es verdad que el río llora perlas marinas de conchas anacaradas. No pretendo alcanzar el cielo, ni saltar al lago para coger la luna y guardarla en una botella. Prefiero rielar en su superficie.

10.24, 23/III/09, Cor- cordis

miércoles, 15 de abril de 2009

Mu-Riendo



Hoy es uno de esos días en los que desearía tener abierto el blog y que alguien leyese mis desesperados pensamientos, a los que no encuentro más salida que esta. Creo que comienzo a poner un nombre a mis necesidades, no me preguntes muy claro por qué, pero sí, cada vez que pienso en ello más claro lo veo. Mezcla tanto que me parece mentira que una palabra pueda hacerlo tan bien. Pero vamos, que tampoco llega nunca a nada, a nadie. Porque ni siquiera sé exactamente a donde coño llegaré con esto y si lo hago es para que alguien se apidade de mí y me abrace. Pero claro, cuentame tú que sentido tiene que haga esto en un blog en el cual por obra y gracia de sus autores sólo pueden entrar sus autores XD. Pero, como siempre, me aguantaré a mí misma con mi humor tonto y estúpido, y la lluvia que llueve aún más. Eso, o vagar durante un rato largo, largo, en busca de algo que sólo encuentro cuando estoy sola, que no sé si llamarlo soledad o compañía. No doy nada por la promesa de un alguien, en absoluto, casi más me negaría a llover sobre baldosas, y olvidar. Y es que realmente no se que me pasa a veces, que me da por huir del mundo, valientemente, y luego me apena volver. Es uno de esos momentos en los que no puedo dejar de escribir, pese a saber que no llegará a nada, que no lo hago por nadie, ni siquiera por mí. A veces la Suerte mata, bien muerta, a los que creen tenerla. Joer, es que me gustaría tirar un dado de diez que decida mi camino, del uno al cinco, norte; del cinco al seis, este; el siete, el sur, el ocho y nueve al oeste, y el diez, ese que puede marcar un crítico o pifia... (os lo dejo imaginar). Sí, imaginar, eso que me da tanto como me quita, eso que amo y odio por no saber alejarse, por no irse nunca demasiado lejos. No se que hacer con mi vida, no puedo ir a la biblioteca y decir: "Venga, voy a hacer algo por mi vida", porque hoy no me sale. Hoy la tiraría por una alcantarilla y me convertiría en notas musicales, no me importa de qué, sería una nota en una gota convertida en mota en una bota junto a la cota como él dota de iotas a Jota que potat la rota tonta que le abandonó por miedo al fracaso. En un saco la mataría por dejar lo que yo no ent-cuentro. Que se le va a hacer, si me gusta imaginar que ellos hacen lo que yo no hago, siempre podemos jugar al rel, para que digan que no tengo buenas ideas. Y eso que no te quiero creer cuando dices que me quieres, que me quisiste en el pasado imperfecto que no me sale dejar. Y voy a olvidarme de esto, eso que se me da tan bien, no quererte, es lo que no sé. No sé dejarlo todo atrás, y eso que si lo consiguiese... Ni quiero que sepas mi verdadero nombre, me niego, no sea que puedas controlarme, aún más de lo que ya lo haces. No quiero que me sientas odiada, te lo repito, te buscaré en el alféizar de mi ventana, junto al cual duermo ahora. Y me marcho, no para siempre, nada nunca es para siempre, excepto el olvido. El mío. El tuyo. Él no tiene de eso. Volveré a este Reino, en el cual moro, del cual me escapo y me retorno con los grilletes del presente. Buscaré la torre de mis sueños, el hospital donde nacimos, que no morimos, que moriremos. Me voy ahora que todavía sé, volveré cuando la espera de tus versos se haga insostenible. A quererte me voy, a poseerte en mí, como desearía que tu me poseyeses, en mis pensamientos, en mis palabras.




P.D.: Adiós, Daniel, aunque no te conozco. Tal vez alguien haga que nos conocieramos.



lunes, 13 de abril de 2009

Y como vino se fue





Ya era hora de que esta canción pareciese aquí. Y aquí está.



Semilla en la tierra

Duele, la vida como un puñal hay veces que duele

y nada tiene que ver con tu boca

que hecha para besar hay veces que muerde

que anuncia cordura y a veces se vuelve loca

Y duele porque la piel no es materia inerte

Duele porque el querer es dolerse a veces.

Tiembla, la vida como con miedo

hay veces que tiembla

y nada tiene que ver con el aire

que mueve tu ropa en noches de luna escueta

que aprieta suelta y evoca y me enloquece

y tiembla por los latidos que tu provocas

y también porque el querer es temblar a veces.

Y cada uno en su camino

va cantando espantando sus penas

Y cada cual en su destino

va llenando de soles sus venas.

Y yo aquí sigo en mi trinchera, corazón

tirando piedras, contra la última frontera

la que separa el mar del cielo

del color de tus maneras

la que me lleva a la guerra, a ser semilla en la tierra.

Y no me pidas tanto, corazón

que tengo poco aire en el pulmón

lo que tengo es un castillo en el cielo

si viene la guadaña a mi rincón

enjuágame la frente en tu sudor

y le das un beso a todos si me muero...

Ríe, la vida como un volcán hay veces que ríe

y nada tiene que ver con el tiempo

Se ríe porque para ella somos tan leves

como el humo azul que del pudor se desprende

y ríe porque tu llanto se lo merece

y también porque el querer es reírse a veces.

Vive, la vida por compasión

hay veces que vive

y nada tiene que ver con la muerte

Y cuando llegue ese instante

déjame verte

que no hay mayor libertad

que tenerte enfrente

y que nadie sea absuelto

por no quererse

y vive porque el querer es vivir con creces.

Y cada uno en su camino

va cantando espantando sus penas

Y cada cual en su destino

va llenando de soles sus venas.

Y yo aquí sigo en mi trinchera, corazón

tirando piedras, contra la última frontera

La que separa el mar del cielo

del color de tus maneras

la que me lleva a la guerra, a ser semilla en la tierra.

Y no me pidas tanto, corazón

que tengo poco aire en el pulmón

lo que tengo es un castillo en el cielo

si viene la guadaña a mi rincón

enjuágame la frente en tu sudor

y le das un beso a todos si me muero...

Y si todo es semilla no me dolerá la astilla

que sangran de mi costado

tus andares de chiquilla, y no me digas nada,

déjame a mí

en mi ventana con los pies del otro lado,

yo me fumo mis mañanas.



El link: Semilla en la tierra

Sabbat-ico



Si no dormí fue por miedo a destruir el mundo que había encontrado, que seguía oyendo incluso cuando lo intentaba.

Como temía, tras cerrar los ojos no quedó ni una mísera brisa que llevase en sus hombros ni siquiera un vestigio, un instante suspendido.

Vagaba por mi mundo, que se había convertido en algo desconocido.

Sin embargo, no tardó en conocerme de nuevo, obscenamente, con violencia, riéndose de mi pudor.



De noche

domingo, 12 de abril de 2009

Se lo voy a decir a...



Si la despedida en la calle de los camisones auguraba tragedia, cuando me abandonaron en el fregadero ya quedaban pocas oportunidades de resurrección. Me intenté echar la siesta, pero no cuajé. La empalmada ha estado bien, triste, pero bien. Mi felicidad, tan poco duradera expiró con ese mundo de cuatro días (aunque realmente hoy no cuenta). Cuando han llegado, expiró en mis brazos, vuelvo al real herida de muerte.

Duele, como un dolor.

Huyendo al sueño, que me he resistido a alcanzar durante días, por miedo a despertar y ver que era un sueño. Ahora que el sueño se ha roto, lo busco de nuevo.

lunes, 6 de abril de 2009

Crónica de un concierto I



Ante 27 (más o menos)


Bueno, que empiece mi historia.

Tras la recomendación de Vente una noche por parte de Guille y la posterior descarga de toda la discografía de Carlos Chaouen, llevaba a razón de dos meses y medio, casi tres, escuchando sus canciones siempre que pillaba el ordenador encendido, es decir, todas las noches, más de una y dos veces de forma compulsiva. Encuentro algo en su música que me encanta, y a la mayor parte de las letras no les encuentro sentido en conjunto, aunque hay metáforas que me matan. Bueno, pues no sé que más puedo comentar antes de entrar directamente en la temática del concierto.

Entremos.

Un viernes a mediodía iba yo en la parte de atrás del Panda blanco, enfadada o molesta por algo que no recuerdo, cuando vi unos carteles en un lugar por el que paso todos los días mirando hacía delante, donde ponía Carlos Chaouen en mayúsculas, tampoco muy grande. Realmente me alegro de que ir allí en aquel momento, por incómodo que sea. Después de comer me bajé en esa calle para mirar la fecha (que yo creía pasada) y el lugar (que como no fuera en la capital me jodía); hubo suerte y el concierto era el 27 de marzo en el Irish Rover (en ese momento era 27 de febrero). Me fui de allí bastante feliz, cantando a pleno pulmón A medio pulmón, que según creo era la canción de mi momento. Me cercioré en Internet, era cierto, y después de quedar en la muni me llevé a los que habíamos quedado (de fijo Orion) a Tipo, para preguntar por las entradas. El hombre, muy simpático, me dijo que no se las traían hasta una semana antes, pero como veréis más delante eso no me frenó.

Yo quería comprar la entrada cuanto antes para que no pudiese arrepentirme ni dudar, como sucedió con el concierto de Mägo, años ha. El asunto seguía estando ahí, mientras yo seguía escuchando impulsivamente algunas canciones, viendo como culmen el concierto, al que pensaba ir sin pedir permiso ni perdón. Un día se lo comenté a mi madre, para tantear algo y me dijo que no me dejaba ir sola. Yo pasé olímpicamente, pensando ya en posibles 3 14 que me permitirían soslayar la dudosa confianza que mi madre tenía en mí.

A los quince días (tras una serie de catastróficas desdichas de Lem-, quiero decir, Gaia Moridin, tanto naturales como tecnológicas, volví a Tipo, pero todavía no tenía las entradas, como yo ya suponía. Me hacía mucha ilu, era una de las pocas cosas emocionantes que esperaba para ese mes. Estaba comenzando a urdir una 3 14 cojonuda, que tenía visos de éxito, e incluso me permitiría cambiarme de ropa para no oler a tabaco. Yo lo tenía muy claro, clarísimo. Lo peor era que si me pillaban o no, mi conciencia se remordería durante un montón de tiempo. Eso de mentir no me gusta nada, de hecho, es una de las cosas que peor he llevado siempre; y ya no estaría impoluta mi palabra, que no suelo manchar. Si bien también estaba pensando una manera de soslayar la verdad y que no me tocase mentir, y le vi futuro. Pasé el viernes antes y el dependiente de Tipo me dijo que se compraban directamente en el Irish, a sí que todas mis visitas quedaban en nada, pero bueno, ahora sé que el chico es majo XD.

El tiempo corría inexorable y cada vez estaba más cerca, mientras yo no lo deseaba. Por aquel entonces me conformaba con romper el reloj y dormir para siempre. Pero no dormí y el reloj volvió a destruirme. La 3 14 se intentó mejorar en el Peñu con un grupo de cuatro tácticos más, pero no me llevaron a ninguna nueva conclusión que pudiese mejorar mi esbozado plan, “perfecto” (por aquel entonces), dicho sea de paso. Sólo me encontré con la responsabilidad de darle un toque a Moony (memorizad este dato para posteriores crónicas), cuando saliese del concierto.

El miércoles pasó, el jueves, por algún extraño motivo que no recuerdo pasó igual de rápido y sólo pude mejorar mi plan maestro el viernes, aunque por la mañana* las circunstancias hicieron que olvidase más de lo que me hubiera gustado, mi plan de master ya estaba casi en marcha. Aquí tengo que hacer un paréntesis para explicar el problema que había con el plan, que excepto por eso era absolutamente perfecto. El fallo era que no dependía en exclusiva de mí, pero como a veces parezco tonta y doy las cosas por supuestas y confío en una suerte que hace quiebros raros y envolventes y consigue sacarme de quicio la mayor parte del tiempo, pues las cosas se tuercen y toman callejas extrañas.

Llegué a casa sobre las 2 p.m., comí con mi madre, que no parecía sospechar nada**, luego bajé a casa de la vecina a buscar trabajo XD y cuando volví a casa eran las 3:45 y mi madre me estaba metiendo prisa. Metí la ropa para cambiarme en la mochila junto con un montón de cosas más que resultaron ser innecesarias. A las 4:15 llamé a Moony, para comprobar que no habíamos quedado y que ella había quedado a las 8 pm (un crítico en INS me dio a entender pequeñas fisuras en el majestuoso plan), y con Orion a las 18 pm para un largo paseo, que yo, con botines, quería eludir. Otra llamada a Fuego me confirmó las fisuras, que hubiera visto hasta con pifia, y al final decidimos ir las dos con las paseantes por necesidad, así que quedamos en Fátima a las 5:45, má o menó. Yo, ese rato, estuve con los yayos jugando al remi, que es un juego del Caos horrible que siempre pierdo, excepto aquella tarde que gané la última, pero si te tocan los dos monos tiene menos gracia.

Al final dimos un largo paseo, yo con la mochila y la 3 14 completamente arruinada, y parecía que sin posibilidad de solución. Acabamos en el Abundio, donde comenzaron a regurgitar en mi mente peregrinas ideas sobre el posible fracaso que me sumieron en un taciturno estado. Moony se fue en esos momentos de mi apatía (serían las 20pm, sólo quedaban dos horas para el concierto y no había plan, sólo los vestigios de la desmoronada 3 14). Ah, por cierto, en esos momentos me cambié de ropa en el rosado baño del Abundio, más por conservar la única parte conservable del plan que por otra cosa. Tenía que ir a dejar a mochila al taller y había dos, mejor dicho, tres opciones*, a cual peor:

- Que estuviese mi padre en el taller y que me preguntase donde iba.

- Que también estuviese mi madre y me preguntase a dónde coño iba y dónde estaban estos.

- Que el taller estuviese cerrado porque el velatorio fuera antes y me tocase ir al concierto con la mochila de ropa llena de ropa.

Al final la cosa salió mejor de lo esperable (*una 4ª y agradable opción), y mi padre no se fijó en mí y pude meter yo directamente la mochila en el coche.

Entended que en estos momentos mi corazón había subido 10 revoluciones por segundo más y no parecía querer tranquilizarse.



* La posibilidad de que mi madre se acordase de que el cantante que me gustaba era Chaouen era minúscula, pero, ¿y si se acordaba al leer el DGratis? (Con esta paranoia estuve mucho, pero que mucho tiempo) Al final el concierto pareció en portada, pero mi madre no se acordó ^^.

**Los consejos de Almamusa durante la mañana fueron proverbiales: “tú enseña cacha que a las tías nunca os dicen nada” XD



Aquí se queda la primera parte de la crónica del concierto, para no agobiaros mucho y tal.





viernes, 3 de abril de 2009

En tardía esperanza





Baldosas

Sempiterna antes oscuridad

refleja

argentas llamas





El absoluto sol,

muerto,

la dama reina





mi cuerpo

espejo de tu cuerpo,

desnudo, bañado

no por las brisas del otoño





Son gélidas, cada estigma

siente

el lujuriante beso,

el triste, solitario olvido





Elixir desolado

blanca seda, blanca piel,

alba noche en truncadas estrellas,

brille

declinante

la efigie espectral.



Entre líneas





"Ostia, han podido pillarme en pleno shock emocional."

En la calle Toro, 13:37, 3/IV/09



Hoy el aire sabía a libertad, a dulce. Hoy daba gusto respirar y estar vivo, sonreír.



jueves, 2 de abril de 2009

Lïmites

Estaba mirando con plena concentración las cartas que sostenía en la izquierda, tras haber observado también a sus compañeros de mesa, intuyendo posibles movimientos. No tenía posibilidades de ganar, lo supo desde el mismísimo instante, apenas unas jugadas atrás, que Ana había sonreído ampliamente. La abuela esquimal parecía la única capaz de sacarle de aquel atolladero, junto con su esposo pescador y una niña que patinaba sobre el hielo, recién llegada, pero no lo creía posible. Había llegado a tener el matrimonio tirolés, pero aquella niña de rubias coletas siempre conseguía esa familia, aún no había entendido cómo. Desechó el hijo bantú cuando llegó su turno.

––¡¡Bien!!––dijo el niño que se encontraba a su derecha, al ver robado tras él. Carlos era un niño de siete años, moreno, que había conocido hacía un par de semanas. A pesar de sus sonrisas, que enseñaban una boca en transición, donde faltaba uno de los paletos, no podía olvidar la marca roja que llenaba su mejilla, ni de imaginarse el golpe. Le sorprendía la entereza que tenían esos niños, no la hubiera creído existente; él no lo habría soportado. Eran hijos de la sangre, miembros de familias que sangraban por cada fisura, demasiadas, tantas que no conseguía entender como continuaban unidas. Un suspiro apesadumbrado escapó entre sus labios, sin querer, al recordar los lúgubres pensamientos que se colaban en su mente cuando pasaba las tardes en esa casa, y que, generalmente, conseguía mantener a raya hasta que salía de allí.

Cinco cabezas se giraron o levantaron para mirarle con preocupación, conscientes de su incertidumbre. “––Joder, soy gilipollas”.

––¿Qué? No me miraríais así si supieseis las cartas que tengo, puedo quejarme lo que quiera.––consiguió sonreír sin mucho esfuerzo.

Todos rieron, creyéndose posibles ganadores. No terminó de bajar la mirada de nuevo cuando sintió como una mano se apoyaba cariñosamente en su hombro y una voz le susurraba al oído un instante después:

––Preguntan por ti afuera.

La voz de Carolina era suave, y tenía un acento sevillano que la hacía aún más agradable. No se le ocurría quién podría ser, pero le importaba poco, estaba demasiado a gusto.

––Termino esto y salgo.––le contestó con resolución.––¿A qu-...?

––Creo que deberías ir ahora.––su voz tenía un deje de impaciencia que le sorprendió.

Los niños estaban con las miradas fijas en ellos, incluso alcanzó a ver la casi completa familia tirolesa entre las manitas de Ana.

––¿Quién es?––le preguntó de nuevo. Si intuía asuntos desagradables, los retrasaría.

Carolina negó con la cabeza.

––No ha dicho quien es, pero es necesario que salgas. No puede esperar.

El tono de su voz o las palabras, o algo que no tiene nombre, hizo que una especie de escalofrío recorriese su espalda. Se levantó de la pequeña silla, le dio un golpe a la mesa con las rodillas, dejó las cartas vueltas sobre la mesa y salió del cuarto de juegos. Recorrió los pasillos de la casa, nervioso. Al final del pasillo, que en realidad era el principio, se hallaba una mujer, dentro, pero a un solo paso de la puerta. Vestía una falda negra a tablas, botas altas y medias, un abrigo negro y una blusa blanca, que llevaba abotonada hasta casi el cuello. El pelo castaño, largo, caía a medias sobre una cara pálida, a la que daba color un ojo amoratado, una herida en el labio inferior y unas pupilas esmeriladas que sangraban de tanto llorar. Era una cara que conocía bien, pese a los dos meses que habían pasado desde que la vio por última vez.

Ella se fijó en él, pero no se movió lo más mínimo. Agachó la cabeza, como si esperase una reprimenda, por no haberle escuchado en su momento. Salvó de dos zancadas la distancia que los separaba y la abrazó con ternura, pero firmemente. No respondió con ningún movimiento, continuaba con los brazos en los costados, agarrando su bolso azul. No sabía cuanto tiempo transcurrió mientras se mantenía aferrado a ella, para no caer en una vorágine de violencia que comenzaba a crecer en el centro de su ser, pero necesitaba más aire del que conseguía respirar entre sus cabellos.

––Ven, acompáñame a recoger mi bolsa y nos vamos.––musitó en su oído antes de separarse de ella. La agarró de la mano y reemprendió el camino de vuelta.

––Te e-...––no habló lo suficientemente alto como para ser oída, así él hizo que no la oía. En cambio, le dio un ligero apretón.

Cuando comenzaron a escucharse las voces de niños, pareció ponerse más nerviosa. Intentó tranquilizarla de nuevo acariciando el dorso de su mano. Le hubiera gustado poder mirarla y sonreír, pero no se creía capaz ni siquiera de parecer imperturbable. La mayoría ni siquiera se percataron de su entrada. Sólo Carolina y Sandra, una joven monja latinoamericana, mostraron un ceño fruncido al verle entrar con ella. Se encogió de hombros, sin disculpa, y llegó hasta su mesa, donde había seis montones de cartas y ya ningún jugador. Por curiosidad, levantó el montón que le había pertenecido. De la familia esquimal no quedaba ningún miembro, ni de la mejicana, ni de ninguna otra que no fuera la árabe, de la cual, misteriosamente, tenía las seis cartas. Se las apañó para recogerlas todas con la mano derecha, mientras su acompañante entrelazaba entre los dedos de su siniestra, sus otros cinco dedos, antes ocupados en el bolso.

Al salir dejó las cartas en una repisa alta, del perchero de pared cogió cazadora y una bandolera negra que siempre llevaba encima.

Alcanzaron de nuevo el punto de encuentro y traspasaron la puerta de madera. Fuera lucía un esplendoroso sol de media tarde, primaveral, aunque el viento era frío y cortante. No hablaron en todo el camino de regreso al centro de la ciudad, ella, simplemente, se limitó a aferrar su brazo y apoyar la cabeza en su hombro. La otra mente, en cambio, contrastaba con la pasividad de sus movimientos, al estar llena de inconexas ideas de las que no era muy consciente.

1/IV/09

jueves, 26 de marzo de 2009

Suovetaurilia II





Que

perdiendo jugadores

van

borrándose en la arena





Huellas

sobre cada crepúsculo

dejan

imperfecciones lícitas





Desiertos

que lloran desde acero

lágrimas

solas en un corredor





Abismales

gritos de sufrimiento

horizonte

sepultado entre sueños





martes, 24 de marzo de 2009

Punto y final



Me duele saber que el tiempo se ha escurrido entre mis manos y nunca volverá. Mis 16 enanitos se han volatilizado, lo odio. Creo que esta noche será la última, excepto si muero, entonces ya no habrá tiempo. ¡Feliz cumpleaños, Gaia! Nadie me llama Gaia, me felicitaré a mi misma por perder la vida como lo hago, seguro que como soy también perderé la muerte. No hay marcha atrás. Es el fin del camino, pero no hay nuevo principio. Haré una triste secuela, como siempre. Eternidad, hoy escribiré tu fin. Creo que me refugiaré entre otras letras, cobarde, como siempre he vivido.



P.D.: Tengo ganas de que me tiemblen de nuevo las rodillas

La última frase





Avanza, avanza,

inexorable,

el tiempo.





Cae, cae,

sin remedio,

la arena.





Y

lloran, lloran,

desconsolados,

mis ojos.

El último párrafo





Era una estúpida manía que había cogido hacía unos años, cuando empezó a trabajar en el enorme edificio de oficinas. El café se lo tomaba con sus compañeros, con el periódico y la radio; pero durante la hora de comer se sentaba en ese parque muerto de niños, a leer cualquier historia que vertiese sobre su espíritu un bálsamo, el olvido, como tantas veces había ocurrido en su juventud. Llevaba una doble vida, fingir no era tan difícil si la recompensa era ocultar las manchas en su piel. No era demasiado complejo, doloroso, sí, pero no complejo.




10/III/09, 14:32

lunes, 23 de marzo de 2009

Suovetaurilia

La

raigambre de las olas

Cae

lejos sobre mojado





Lloran

las musas entre sangre

Sombra

se agita en el robledal





Ventanal

de madera de abedul

Locura

y humo encadenados





Oníricos

los espectros nocturnos

Oscuridad

decandente y vacía





viernes, 20 de marzo de 2009

Primavera

Hoy a una hora que no recuerdo llega la primavera, prueba irrefutable del paso del tiempo; me parece estúpido medir la hora a la que salen las estaciones, como si fuera un tren, ¿podré perder la primavera si no llego a tiempo? Ayer a las 7.15 me levanté en casa de mi abuela, desayuné tostadas y un vaso de leche y me cargué con mi bolsa de viaje y un saco de dormir en una bolsa de basura azul. Orión llegó tarde con sueños proféticos sobre mecheros y las señoras de Sarasate nos saludaron antes de partir, la mayoría de ellas desde la cama (que oído tienen las abuelas para lo que quieren). Go to Salobreña! Pero eso fue ayer hace un año, para variar con todo lo que me pasa, todo en pretérito (perfecto simple).

Tengo la paranoia de que es domingo y tengo que estudiar latín, que cae y cae verbo a verbo, palabra tras palabra... Tengo que escribir la descripción de Primavera, pero aún no me la he encontrado, además no sé que día es. Por cierto, estoy leyendo el Conde de Montecristo (el Word se empeña en que es “Montecristi”), que me tiene enganchada y me impide pensar más allá, de hecho, estoy haciendo un soberano esfuerzo por estar sentada frente al ordenador. Ya comentaré mis impresiones más adelante, que hoy no me apetece. Tampoco sé exactamente que quiero decir aquí, por lo que... Estaba pensando en terminar un pequeño texto que he empezado hace un rato, pero la necesidad de leer es demasiado apremiante y lo dejaré para otro día, de momento hoy se queda con esta rayada primaveral, y es que tenía que recordar a la que hasta hace tres años (tal vez alguno más), fue mi estación del año favorita. Además mañana tengo una lista enorme de cosas por hacer y debería irme prontito a la cama para rendir lo más que pueda, leyendo claro está. Bueno pues ya se verá lo que hago realmente mañana, haber cómo me sonríe el espejo. Beatus ille...

lunes, 16 de marzo de 2009

Musa entre sangre

Entonces conocerás los caminos para no errar por ellas... Lástima que no puedan ser escritos en burdo mapa, y así elidir los intentos del páramo de atrapar en sí a los incautos vagamundos.

Esto el algo que me he encontrado en borradores de gmail, creo que era el principio de una respuesta a un poema de Gildûr que murió aquí.

Ahora creo que tengo humor bañera, pero bañera para darme un baño de jabón caliente y perder la necesidad de respirar entre sus aguas. O también puedo tener humor océano, para dejar, helada, de respirar, presa de criaturas irrevocables y monstruos sin nombre.

Tengo que catapultarme al firmamento o fundirme con la tierra, pegar los pies al suelo y encontrar por una vez ese espacio donde morar. Ser real o irreal, materia o espíritu mi mundo; dejar e flotar en esa nube blanca que se mueve entre los dos, arrastrada por el viento del tiempo, de las arenas del desierto.

No obstante yo sigo con mi humor bañera, pero vacía, toda blanca alrededor del blanco. Como siga así conseguiré tener todo el cuarto de baño, aunque espero que el humor ventana no tarde tanto en llegar, porque mis ganas de abstracción crecen proporcionalmente a los días con el humor váter. Pero quiero dejar de torturar, y eso que hace mucho que no lo hago. ¿Crees que el fondo de un vaso lleno de whisky habrá posibilidad de verse reflejada, de que sea un espejo? ¿O qué un espejo de baño, con las gotas de agua, pueda producirte tanta embriagadez como el alcohol? Los ojos de Helena son de todos los colores posibles, oceánicos, hasta alcohólicos. ¿Cómo alimentas el brillo de unos ojos que desean morir, acabar con toda vida que late en su interior? No sólo ser vacío, grito lastimero que se desliza en la oscura luna, cayendo cual cascada por tu palacete onírico.

Se muere desafiante entre las espinas del jardín, junto a la fosa imaginaria donde maté mis amores fantásticos.

9:40, 9/II/09

P.D.: Duele, la vida como un dolor hay veces que duele C. Chaouen

Plantando ajos

Hay cosas que mueren y punto, simplemente anochece una vez y dejan de existir por y para siempre, ¿qué queda cuando muere el amor? Pueden decir que pena, a veces son amores que ataban y hieren a los amantes, amores por compromiso o sin permiso. Secretos y públicos, privados porque son sólo para ti. Esos que nunca superan las barreras de tu mente y cuando lo hacen, porque escapan de tu boca en el momento equivocado a la persona equivocada, mueren irremediablemente, sin que lo desees, pero imposibles de resucitar.

Luego están las cosas eternas, esas que nunca se irán, una constante como el sol y los crepúsculos. Debes aceptar que estarán allí siempre, como el tiempo. Y, finalmente, encuentro otras cosas, no son eternas, son inmortales. No mueren por mucho que las asesines, desangres, ahorques o acuchilles, de hecho, cada vez que lo haces te asesinas, te desangras, te ahorcas y te acuchillas, son muertes metafóricas, nunca mueres.

Y cuando muere el amor no queda tristeza, sino tristura, cuán fea es esa palabra. Y yo me preguntó, ¿qué queda cuando muere el olvido?

lunes, 9 de marzo de 2009

Des-motivando

Un poco de sal para aliñar la herida...

viernes, 6 de marzo de 2009

Cápsula



"Todos los caminos llevan a Roma, pero pasan por tu casa".

Eslogan del Ministerio de Fomento del Imperio Romano.

(Qué grandes publicistas)


viernes, 27 de febrero de 2009

¿Paciencia III?



Pudo oír como se movía. Estaba casi seguro de que se refugiaría estúpidamente en la esquina más oscura, donde la tenue luz de la bombilla se quedaba en la columna. No evitó un suspiro de hastío mientras recordaba el último encuentro, tan infructuoso como todos los anteriores. Sumergirse en su tortuosa mente era cada vez más difícil, salir de allí, casi imposible. Era realmente un ambiente oscuro, insano para cualquier psiquismo lúcido, caótico y destructivo. A veces le costaba encontrar la salida en aquel laberinto de opresivas nieblas y frenéticos movimientos. La parte que más gracia le hacía era que ella también vivía de continuo en ese devastado lugar desde hacía mucho más tiempo del que llevaba con él, o contra él, y no parecía estar sufriendo las consecuencias. Ahora sí, pero le gustaba imaginarlo como un oscuro abismo al cual ella se precipitó después de que le mostrara el camino. Y a ese oscuro lugar debía llegar él ahora, a lo más profundo. Ningún individuo equilibrado y cabal lo soportaría, pero tenía que hacerse.
Como la encontró en su preciada esquina. “Sorpresa”––pensó, risueño. Dejó el plato de legumbres sobre la mesa y la contempló, expectante. Pudo ver como lo miraba de reojo, desconcertándose a sí misma por el gesto. Se estaba protegiendo tras su antes lustroso cabello negro, con las rodillas encogidas y la cabeza entre ellas. Tenía un aspecto patético. Los únicos sonidos eran su respiración entrecortada, el goteo de agua en algún punto del exterior y el segundero del reloj en pared, que tenía la mala costumbre de atrasarse. Sonrió, realmente le gustaba aquel reloj, le hacía buenos favores. Con otros solía ser suficiente, el peso del tiempo, si lo acompañaba con visitas a horas intempestivas. Se apoyó en la mesa, con las manos en el borde y las piernas cruzadas; esperando que las fuerzas la abandonasen y volviese a mirarlo, con esos ojos tormenta húmeda que no se decidían a llover. Una pena. No lo hizo en treinta segundos. Esperó otros sesenta. ––Ven aquí. Le pareció que sus temblores aumentaban. “Joder, hoy está tonta”––pensó mientras daba tres zancadas, que le colocaron a su lado.



P.D.: ¿A qué no sabes quién está en este momento más feliz que un niño con zapatos nuevos de los de antes? YO!

jueves, 26 de febrero de 2009

Insomnio



--No lo sé, ya te lo dije, estoy de paso.

--Llevas quince años estando de paso.

--Ves, y ahora me tengo que ir.



P.D.: "Y ahora aprieto el émbolo más fuerte..." Carlos Chaouen.

P.D.2: ...

martes, 24 de febrero de 2009

Que de follarte en sueños, estoy cansado

Ya llevó días buscando continuación a esto, no la encuentro. Todos, mejor dicho, cualquiera está invitado a continuarla...


Era la espera continuada lo que la mataba día tras día, momento tras momento. Cada uno de los desnudos que mostraba el reloj, cada vuelta del segundero que hacía que el tedio aumentase, proporcional a la disminución de su seguridad. La bombilla se movía indecisa sobre la mesa de metal rasgado, reflejando su luz en las paredes descascarilladas. El lugar era húmedo, casi podía notar como tragaba agua, a grandes bocanadas. No era una sala de interrogatorios, era la única certeza que conservaba

P.D.: El título del post es de una canción de Carlos Chaouen, Piel a tiras.

miércoles, 18 de febrero de 2009

Y si no me quedan...

Fuera del jardín del cielo

Smefin, era el color de sus ojos. No me preguntes exactamente que color era ese, de que tonalidades se componía, porque nunca he conseguido fijarlas en el Smefin. A veces era azul solar, otras dorado campos de tomates, de amapolas se volvía violeta y color jazmín cuando dormía. Los Smefin eran unos bollos de crema que comprábamos juntos en la tienda de la esquina, centro de una bolsa de color azul eléctrico con las letras en amarillo fosforito. En el banco de Esto es una prueba, no juegues con Excel si no es para calcular el Infinito. Entonces me enamoré del Smefin que tenías entre manos, con sus cumbres nevadas y sus incólumes laderas. Te lo comiste, yo también lo hubiera hecho. Pero el Smefin fue inteligente y se perdió entre tus iris; nunca lo encontré en las pupilas. Luego dejaron de vender nuestros bollitos alemanes, nada dura para siempre. Ambos supimos que iríamos a buscarlos, ahora no, con doce años no puedes viajar a Alemania como un viajero; dentro de algunos años, quizá.

Quizá tras dentro de unos siglos podamos retroceder hasta ese momento en el que el mundo no tenía fronteras. No fronteras invisibles que separan hermanos, zanjas llenas de sangre, sino fronteras reales que hacían del mundo un lugar inexplorado. Creo que habría logrado convencerte de robar un barco fenicio e ir en busca de la bola de fuego, con toda la flota de Tiro tras nosotros, hasta alcanzar el Atlántico, nunca realmente tendrías que seguir siendo mi brújula, nunca encuentro la estrella polar. Podíamos escribir una historia juntos, sin el bolígrafo en la mano, podrías escribir sobre mi corazón, en mi recuerdo. Incluso dejaría que me tallases si a cambió yo pudiera llenarte el cuerpo de versos. Luego me encargaría de borrarlos lentamente, para que perdieses la vida intentando conservarlos. El mar era lo único que conseguía limpiar mis chanclas de playa y dejarlas sonrosadas. Pienso que el mar le tiraba los tejos cada vez que se juntaban, así las muy putas siempre conseguían marcharse de polvo, y no me dejaban limpiarlas bajo la ducha.

Duché mi ordenador una mañana de otoño, pero fue sin querer. Llevábamos tanto tiempo juntos, pasando noches enteras mirándonos sobre mi cama desecha. Parecía ser único capaz de sacar de mí toda la frustración y las dudas, allí como empezamos a permanecer juntos hasta las llamadas altas horas de la noche, realmente bajas horas del día. Luego separarnos se convirtió en tarea imposible. Y lo siguiente fue obvio, no podíamos hacer otra cosa. Como iba a dejar a mi único amante atrás.

12/II/09

jueves, 12 de febrero de 2009

Creador de las sártenes antiadherentes

Jueves, 12 de febrero de 2009, 0:06

Festejando con esquejes

Estamos en crisis. Sí, en crisis de palabras. En crisis de silencios. En crisis vital, en los fluidos que conforman mi cuerpo todo grita ante la subida del precio de la vida, aun alejando más la lujosa felicidad. Qué puedo hacer con mi escasez presupuestaria, ahora que me es imposible prostituir mis pensamientos; ahora que estoy preñada del vacío atemporal que me impide cruzar fronteras. Perdí mi pasaporte en alguno de esos aeropuertos que tanto frecuentaba, sobre esos bancos de plásticos multicolor desde contemplaba las pistas de la imaginación, esperando, ansiosa, el momento de embarque. Pero en algún instante irreconciliable con la realidad aterrido en tu vida, desde entonces también la mía. En la gravilla oscura y mojada, oliendo azufre sin pasaporte, con miles de fotografías difusas malmetidas en mi mochila de camping.

Deambulo, deambulas, deambulare, deambulavi, deambulatum. Deambular, entre tus edificios de ladrillo marchito, con el contorno de un ángel bajo el brazo y mi libertad viviendo en tus pupilas, mansión de lujo, esas que mantuviste cerradas para dejarme presa de tu tortura, en los cuernos de una cabra.

¿Llegaremos más allá de ese vagabundeo que nos pertenece por ser mortales? Sea dignidad lo que proclamas, se vive con ella. ¿Será que es indigno morir? Correré por todo el camino, y pararé antes de llegar al borde, dejaré las punteras de mis deportivas bajo el suelo aéreo y bañada en sangre, saltaré. Me gustan tanto esas píldoras azules, simple placebo, polvos pica-pica, para hacerme saltar desde todos los rascacielos. Ese abrecartas que la abuela nos trajo de Turquía, de la Turquía de mis sueños, llamado Benidorm en todos los mapas. Sería triste que la abuela me viese manchando con tinta los deberes de economierda, con mi propia tinta, como cualquier calamar gigante, como cualquier enfermera alemana sin n. N. O ene. Na, ne, ni, no, nu. Es la historia de mi vida, las vocales copulando impuras con el resto de las letras del alfabeto, tan pulcramente ordenado. Las vocales son unas putas promiscuas, pagan por las palabras, se tiran a cualquiera, incluso entre ellas mismas, hermanas. Incestuosas. Yo me dejó follar por todas juntas, o violada a veces, por el abecedario al completo, todas a la vez, en una multitudinaria orgía donde sólo yo permanezco atada al cabecero.

El agua arrastra mis ideas al estómago. Tal vez las cagué dentro de unas horas. Mierda de ideas, en eso se convirtieron desde el momento que me ahogué en agua dulce, en un vaso de dúrales lleno de hidrógeno y oxígeno. Sin respirar no podemos vivir, pero respirar te acaba matando. Yo podría dejar de respirar durante un minuto, para no permitir que me mate el aire. Pero para regresar a su control un minuto más tarde, humillada. Será entonces que vivo para sus humillaciones, para las tuyas. Para un violinista que me encuentro en la calle del Olvido.

Si eres un vividor de noches, ¿mueres durante el día? Si es así haré de mi vida un ente nocturno, para cazar ratones de dientes afilados que corretean bajo la tierra de la huerta. A veces me preguntó si Rahl habrá tenido hijos? (Realmente es la primera vez). A lo mejor se encontró con una rata de garaje y parieron muchos ratoncitos, mitad ratas de garaje, mitad ratón de jaula, de laboratorio, en esa época en que mi vida se había convertido en un lab para experimentar con la muerte.

Deja ya de contemplarme con esos ojos oscuros que tanto me han mirado. Márchate donde no pueda ver tu vida convertida en mi mejor falsificación, en una copia más real que la original, en una copia barata de mí misma; dejándome la ignominiosa tarea de intentar copiarme a mi misma. Yo, un plagio de mí. Quizá debiste haberte llamado Alejandra y yo, Alejandro. Tal vez entonces pudiera haberte convencido de alargar nuestros besos de esquimal hasta el colapso, hasta ese momento que paralizaría una parte del mundo, que caería como una mandarina mecánica.

21: 49, 11/II/09

P.D.: “¿Qué poner cuando ninguna de las citas de tu agenda parece apropiada en este momento?”

P.D.2: “Es el fin de todo, todo, todo.” Marie Curie.

domingo, 8 de febrero de 2009

...y mi esperpéntica visión del mundo

Domingo, 8 de febrero de 2009, 18:30



Recuerdos en el fondo de un espejo

––¿Y cómo quieres que se lo diga?

––¿Decirle qué?

––Joder, no seas puta, sabes a lo que me refiero, que su padre era un suicida.

––Mal asunto, sí. Aunque a lo mejor temes más decirle que su madre es una asesina.

––Yo no he matado a nadie.

––Oh, ¿ya no te acuerdas de Alejandro? Alto, moreno, ojos índigos, tu amor durant-

––CÁLLATE.

––Durante años, idealista, médico, el padre de tu bebé, fotógrafo y... no sé, seguro que me dejo algo.

––Perdido, distante, sonámbulo, loco, soñador, agradable, irreflexivo, absurdo, cabrón, oculto, indómito, delirante, destructor, solitario, inocente...

––Sí, sí, veo que te acuerdas.

––Inocente...

––Bueno, realmente esa no era su mejor cualidad, alguien inocente no comete suicidio.

––Deja de repetir esa palabra una y otra y otra y otra vez.

––¿Cuál, suicidio? Suicidio, suicidio, suicidio, suicidio, suicidio, suicidio, suicidio, suicidio, suicidio, suicidio, suicidio, suicidio, suicidio, suicidio, suicidio, suicidio, suicidio, suicidio, suicidio, suicidio, suicidio... Puedo deletreártela: S-U-I-C-I-D-I-O, S- U-I-C-I-D-I-O, S-U-I-C-I-D-I, o, vamos Helena, no te pongas otra vez a llorar, pareces una fuente.

––...

––Todavía no te has dado cuenta de que llorar no sirve de nada, eres estúpida, más te valdría desangrarte en la bañera que continuar con tu miserable vida, no eres más que un despojo.

––¿Crees que no lo sé? ¿Crees que no lo he pensado? Tú no eres la única que sabe lo que hay.

––Sí, ya, pero soy la única que no intenta ocultarlo. Tienes miedo y punto. Siempre fue él el valiente, tú te limitabas a dejarte guiar.

––Y mira donde le condujo su valor.

––A ti, a estar contigo pese a lo que todos le dijeron.

––No me refería a eso.

––A vivir una vida que siempre envidiarás, entonces.

––...

––Joder, deja de berrear de una puta vez, no eres ni la mitad de buena de lo que merecía, y aún así estuvo cont-

––Para de una puta vez, nadie te ha pedido consejo ni que estés aquí.

––Pero quién es la cobarde que tiene miedo de echarme y quedarse sola, porque yo no estaría aquí si no lo hubieses pedido.

––Pues ahora pido que te vayas.

––¿Estás segura?

––... Sí

––Has dudado, tu vida es una desdichada duda que tienes miedo de cambiar. ¿Por qué no te alejas de una puta vez del gris y te decides? Algún día tendrás que tomar el camino, la vida o la muerte, no puedes permanecer eternamente en la encrucijada; y cuando lo hagas estaré allí para darte la enhorabuena, no me importará si erras, pero hasta entonces seré tu infierno, un tormento sólo destinado a ti.

––Márchate ya, no tengo miedo a tus amenazas.

––Oh, sí que lo tienes, ¿sabes por qué? Porque aún no has tenido la valentía necesaria para acallarme.

––...

––Adiós, Helena, mataste a Paris y cualquier intento de negarlo será infructuoso. Pero, ah, que ironías tiene la vida, ¿quién le iba a decir que serías tú quien le matase?

––Vete de mi vida, zorra.

––Ah, ah, eso es imposible. S-U-I-C-I...


8/II/09



P.D.: "En mi mirada lo he perdido todo./ Es tan lejos pedir. Tan cerca saber que no hay." Alejandra Pizarnik.


P.D.2.: "Que a fin de cuentas/ son por las cosas porqué te fuiste/ Por las cosas que nunca te dije." Carlos Chaouen.


P.D.3.: Quiero dejar de escribir, de leer, quiero dejar...

lunes, 2 de febrero de 2009

25 de enero

Lunes, 2 de febrero de 2009, 1:35



Buenas noches! Ya hemos cogido de nuevo la rutina de estar despierta hasta las tantas para preparar post. El siguiente texto debería haber estado terminado el 25 de enero, que es mi día de invierno, pero no lo estuvo y por eso lo pongo hoy. Nada más que decir, estoy cansada. Espero que os guste, aquí no he puesto ningún frufrú.


Invierno


Entrando en una profunda cueva, escavada por el tiempo en las entrañas del mundo, llegamos a una amplia estancia cuya oscuridad no parece finita, ni el techo de la bóveda posible. Al final de la sala hay un enorme trono de piedra, tallado en la roca, con un millar de filigranas recorriendo exquisitas la totalidad de su superficie. Dos antorchas sobre soportes de hierro brillan en la pared, como guardines del solio, cargadas de un imposible fuego azul, gélido, que destruye en ardiente baile la madera muerta. En las paredes cercanas se reflejan, sobre el hielo cristalino y los esmerilados regueros de un agua aún más fría.

Una alta figura se encuentra a pocos pasos de la tea con la cabeza gacha y dando la espalda a nuestro incauto mirar. Cubre sus musculosos hombros con una capa de piel de lobo, que cae cual cascada de grises y blancas tonalidades. Como otro torrente reposan sus largos cabellos más allá del final de la espalda, mezclando azabache y nieve, indicando su eterna edad.

Su mano derecha, envuelta en cuero negro, descansa plácidamente sobre el pomo de un espadón de hielo y plata, plata y hielo, que cuelga sin vaina de su cintura, refractando en muerte cualquier haz de luz que osa posarse en ella.

Dos zancadas lo acercan hasta la sede, de donde recoge un cetro de metal oscuro, de dos palmos de largo y rígidas líneas. En el extremo se engarza un majestuoso diamante, de formas redondeadas a excepción de una afilada punta donde reposa para siempre una gota de brillante sangre, escarlata.

La cota de malla que cubre su torno resuena en toda la estancia, cual cadenas indestructibles, al sentarse sobre la roca viva, con barra negra fuertemente sujeta. Despacio, con la mirada clavada en un punto indeterminado de su vasto imperio, cruza las piernas y se recuesta sobre la piedra, como si fuera el lugar más cómodo del universo. Cruje el cuero de sus pantalones al hacerlo. Apoya el codo sobre uno de los brazos del sitial, y deja la otra mano laxa sobre su rodilla en alto, apuntando con la cabeza del cetro al suelo.

Los rasgos de su rostro son angulosos, como si fueran también parte de la piedra que le rodea, y pálidos, de un aspecto casi enfermizo. Sus labios, dos finas líneas sonrosadas. El prominente mentón, los marcados pómulos y el poderoso ceño aumentan la dureza de sus facciones.

Y sus ojos... Traen un escalofrío irracional que recorre la longitud de tu espalda. Son de ese azul imposible que tiene todo lago de hielo, que el sol es incapaz de horadar con sus débiles rayos. Azul pálido agua helada, cientos de vetas más claras los resquebrajan en millares de caminos, laberinto que irremediablemente acaba en el infierno de sus pupilas; lanzas quemadas que arrancan los últimos vestigios de vida. Toda la crueldad y destrucción que han visto, ni siquiera soportable sin consecuencias para él, se depositan como una decena de ramificaciones en límite de sus ojos; demostrando que las estelas de dolor que dejaba tras de sí no están exentas de castigo.

Sujeta sus cabellos con un aro de hierro forjado, austero para cualquier rey, que no sea él; no necesita símbolos para marcar sus dominios. La nieve recubre sus sienes al igual que el olvido su reino.

Despacio, disfrutando de cada movimiento, clava en nosotros sus dos lagos impenetrables, junto con la punta del cetro, que señala directamente ese órgano que hasta hacía un segundo latía intranquilo en nuestro pecho.

––¿Qué incoherente asunto os trae hasta mi morada, viajero?––la pregunta suena libre de significado, vacía, en contra posición con su voz abismal e inescrutable. Todo en él permanece inmutable, aislado. Contribuye a aumentar la frialdad que destilan sus ojos una media sonrisa, torcida; dando a su respuesta un cariz comprensible para cualquier humano: desesperanza.


(1/II/09)


P.D.: “Cuando nunca llegué lamentarás que no llegue tarde.”


P.D.2: “Me pregunto en qué momento dejará el tiempo de devenir.”


jueves, 29 de enero de 2009

Muy de mañana



Y, cómo, amor, tras tanto tiempo me sigue doliendo verte [...]

martes, 20 de enero de 2009

Pero ese viento fue un principio



Martes, 20 de enero de 2009, 1:55



Buenas noches! Aquí estoy yo en mi cuarto, sufriendo con un trabajo sobre Mme. Curie que no parece tener término. Realmente he puesto esto frente a mí como excusa para un descanso, aunque este post estuviese pensado desde hace mucho (el hecho de poner una entrada con este tema, no el contenido de la misma). Y es que, en un momento indeterminado, con el postrero hálito de la medianoche envolviendo el segundero de mi reloj digital puse punto y final al primer escrito sobre Valagiur, por lo que... ¡Feliz cumpleaños, Valagiur (Hioenoa por extensión)! En verdad, esta fechado el 19, pero lo terminé el veinte, aunque sea de madrugada, y el número diecinueve no me gusta.


Tengo muchos motivos para querer a estos dos personajes en especial, por lo que sí, la historia se repite (ahora no hay personaje de rel/ rol si eres William y no conoces chanzas internas del sistema^^). Y la foto/ dibujo es uno que me hizo Heli Gordi en Marruecos, cuando yo aguantaba a Balle y ella aguantaba a la troupé de personajes con los que puedo ser tan plasta <- realmente aguantaba yo mucho más, a ella no le pedía el móvil para darles toques XD. No son muy artísticos pero me parecen adorables y un amor, por lo que merecen ser expuestos en este blog serio. Pues nada más por hoy, excepto decir que los próximos días colgaré nuevos relatos de Valagiur e Hioenoa. Carpe Diem (no sea que algún día te quedes sin día)



P.D.: "La vida es como un río, pero el mar llega muy pronto." (le viene como anillo al dedo).


P.D.2: "En el eterno girar de la Rueda la muerte nunca es el final" (así lo quiera el Escritor).


P.D.3: No podía olvidarme del feto muerto, es imprescindible^^


viernes, 16 de enero de 2009

Cazador de delirios



Viernes, 16 de enero de 2009, 0:12

El viento frío de media tarde le dio de lleno en el rostro, haciendo se subiese la palestina negra y gris hasta la nariz y abrochase su cazadora beige. Metió las manos en los bolsillos y se encaminó hasta el paso de cebra, deseando meterse cuanto antes en el metro. Vio como un hombre la observaba, o eso le pareció, tras unas gafas oscuras pese al día nublado de otoño, que llevaba amenazando llover desde que nació, muy de mañana. Le resultó extrañamente familiar. Estaba sentado en el respaldo de un banco, con un cigarro, evaluándola con indecisión. Clavó la vista al frente, ignorándole. Por el rabillo del ojo vio como se levantaba y caminaba hacia ella, con una mano en el bolsillo y en la otra, sujetaba algo que no distinguió. Esperó hasta tenerlo más cerca para girarse, y observarle, intentando averiguar de quién se trataba.

Le echó veinte muchos treinta y pocos, metro ochenta y pico, delgado, rasgos marcados, labios agrietados y un poco morados, piel pálida, aspecto cansado, como si llevase días sin dormir; vestía un abrigo de pana negro y largo, vaqueros desgastados y deportivos, también un sombrero de ala corta, gris. Su mano enguantada sostenía el cigarrillo y el tallo de un crisantemo blanco, con la corola boca abajo. Se sorprendió al percatarse de su examen, pero continuó.

––Eh... ¿Eres Verónica Riesco?––su voz era profunda, pero un poco ronca.

Le observó con detenimiento antes de asentir, dubitativa. Perfiló una sonrisa vacilante, antes de dar una calada al cigarro y subirse las gafas a la cabeza. Tenía los ojos verde esmerilado, grandes, que destacaban en su cara.

––¿Y tú eres...?––aquel hombre la estaba poniendo nerviosa. Si no fuesen las seis de la tarde y la calle estuviese llena de gente, le dejaría allí plantado.

Le devolvió una mirada agradecida, mientras le tendía la diestra, envuelta en un guante de cuero negro.

––Hugo Jiménez.

Se la estrechó con renuencia, buscando en su mente algún recuerdo que le hablase de aquel nombre, de aquel hombre, pues creía conocerlo, o haberlo conocido en el pasado.

––Oye, lo siento, pero no caigo. ¿Nos conocemos de algo?––cuando esta intranquila era bastante directa, no tenía paciencia para la diplomacia en esos momentos.

Él desvió bajó los ojos, y carraspeó, antes de mirarla de nuevo, aunque no volvió a dejar que sus ojos se trabasen.

––Bueno, esto... Me han dicho que fuiste tú quien me salvó la vida hace dos meses.–– dijo, susurrando.

Sí, era él, casi sin lugar a dudas, ahora recordaba. Pensó que estaría muerto, por eso no había vuelto a llamar al hospital. Había preferido pensar que habría sobrevivido, y negar lo que su razón no paraba de clamar: “Habría muerto si tú no hubieses aparecido, ¿de veras piensas que va a luchar por una vida que él mismo se quitó?” Y ahora que estaba frente a ella ya no se acordaba de ese sentimiento.

Sintió como el rubor tenía sus mejillas, tapadas por la tela. Fue ella quien desvió la mirada ahora, sin saber que contestar.

––Sí, supongo que resulta raro. Venía a darte esto.––dijo, tendiéndole la flor.

La cogió sin darse cuenta.

––Me gustaría invitarte a un café o a cualquier bebida caliente que pueda apetecerte.

Desde hace horas le olvidado lo que se siente al tener nariz.––su voz sonaba afable, y no parecía enfadado con ella; si bien aún no sabía que pensaba de estar vivo. Su aspecto no era el de alguien que quiere empezar de nuevo, sino que ha pospuesto para mañana lo que debería haber terminado ayer. Movió la cabeza para indicar asentimiento, antes poder pensarlo con claridad. Nada más haberlo hecho se arrepintió, pero algo se iluminó en el semblante del tal Hugo, por lo que le fue imposible rehusar.



Abrió la puerta de un café a pocos minutos del hotel, mientras extendía la mano, indicando que pasase primero. Era un lugar cálido, con grandes cristaleras que daban a la calle, mesas redondas y sillas de aspecto futurista; una extraña combinación.

––¿Fumadora o no fumadora?––le preguntó.

––Fumadora.––ocasional, pero ahora agradecería un cigarro.

––¿Qué quieres tomar?

––Un café con leche y un pincho de tortilla.––no había comido nada desde el desayuno, y aunque no solía hacerlo hasta la cena hoy su estómago le estaba jugando una mala pasada.

Él se encaminó hacia la barra, por lo que se puso a buscar una mesa. El bar estaba bastante lleno, por lo que se conformó con una junto a la pared. Se quitó el abrigo y la chaqueta, quedándose con la camisa blanca y la falda negra del uniforme. Dejó el crisantemo sobre la mesa, deseosa de librarse de él.

Aún no entendía como coño había aceptado aquella invitación, era todo absurdo y surrealista. No quería conocer a ese hombre, alguien que terminaría suicidándose, no necesitaba una relación así, ni siquiera la certeza en su mente de que le conocía, aunque sólo tuviese que saludarlo por la calle. Se habían mantenido en silencio hasta llegar aquí, y no sabía qué tema tratarían ahora, se negaba en rotundo a hablar de aquel día.

Llegó a la mesa, cargado con dos cafés y la tortilla. Después se quitó el abrigo y la sudadera, dejó el sombrero sobre la mesa y se sentó frente a ella. Tenía el pelo recogido en una coleta baja. Subió de nuevo las gafas a la cabeza y se arremangó la camiseta negra, dejando al descubierto la cicatriz de su antebrazo, aunque llevaba atado un pañuelo en la muñeca izquierda. Se debió dar cuenta de que lo estaba observando, ya que giró el brazo mientras echaba azúcar al café.

––No me apetece andarme por las ramas, así que: ¿por qué entraste en mi habitación?

––Pues porque estaba limpiando las habitaciones de esa planta.––respondió con brusquedad. Esa era fácil, sin embargo sabía la existencia de una que no tardaría en llegar, y para esa no tenía respuesta.

––Pero..., yo tenía el cartel de prohibido...

––No. Habías puesto el de “pueden pasar a limpiar”.

Él negó con la cabeza, completamente convencido. Eso no la tranquilizó.

––Oye, mira, te voy a decir una cosa, lo siento ¿sabes? Sé que no debí meterme donde no me llamaban, pero no entraría en una habitación si no está el cartel, y dio la puta causalidad de que te confundiste. Supongo que debió ser duro despertar de nuevo, pero en aquel momento ni me lo planteé. Siento muchísimo haberte salvado, de verdad.––lo soltó todo de golpe, y cuando terminó se sintió extrañamente vacía.

Vio como un rictus de dolor se reflejaba en su rostro, pero desapareció casi al instante.

––Vale, tal vez tengas razón, normalmente soy bastante despistado y en aquellos momentos tampoco estaba muy puesto en lo que hacía.––le contestó.

––Entonces, ¿qué quieres de mí exactamente?––es que no terminaba de entenderle.

Suspiró y dio un largo sorbo a su café. Ella le imitó, antes de tragarse el sorbo amargo que acababa de probar. Masculló una palabrota, que hizo que el hombre sonriese.

––Si quieres que te diga la verdad, no lo sé. Cuando estaba en el hospital me planteaba que hacer conmigo, incluso esperaba que pasases por allí. Si yo le hubiese salvado la vida a alguien iría a ver que tal esta, pero no fuiste. Tengo sentimientos opuestos en cuanto a ti respecta, por un lado te odio y otro... No sé, esta mañana cuando salí del hotel pensaba darte las gracias, pero estar en ese banco durante horas me ha hecho reflexionar y ya no estoy tan seguro.––se encogió de hombros.

De pronto le sobrevino un ataque de tos, que hizo que todo su cuerpo se convulsionase. Cuando remitió, le sonrió trémulamente, antes de beber un sorbo que vació la taza.

––¿Estás enfermo?––se arrepintió de preguntar justo después de haberlo hecho.

Negó con la cabeza.

––Me he cogido otro puto catarro. Es lo más normal del mundo en estas fechas.


30/XI/08

P.D.: "No quiero necesitarte..., porque no puedo tenerte." Los puentes de Madison.


jueves, 15 de enero de 2009

Cayendo más allá del suelo



Jueves, 15 de enero de 2009, 1:20


Arrastró el carrito hasta la siguiente puerta, giró la llave en la cerradura y empujó con la cadera. Cogió el cepillo, un cubo con agua y bayetas, entró en la habitación. Había una mochila vacía en el suelo, ropa tirada por doquier, dos cuadernos y varios libros abiertos sobre la cama, que estaba también deshecha, en la cómoda dos botellas de ron sin empezar y un paquete de tabaco. Un sinfín de detalles más hicieron que murmurase un juramento. Miró de nuevo a la puerta, casi convencida de que se había equivocado y el cartel rogaba privacidad, pero una mano verde y abierta le indicó lo contrario.

Suspiró con resignación, decidiéndose por empezar por recogerlo todo. Si llevase algún tiempo más trabajando en este hotel tal vez relegaría esta habitación a otra, generalmente la nueva, cargo que, en la actualidad, le pertenecí a ella. Mientras amontonaba las prendas sobre la cama, descubrió una bola de papel detrás de la cortina. Lo desenvolvió con una curiosidad que no le era propia, pero la letra era ininteligible. Volvió a arrugarlo y se lo guardó en el bolsillo, para tirarlo al salir. Pasó frente a la puerta del baño, que estaba entornada. Le soltó un empellón y encendió la luz a ciegas, inconsciente al espectáculo que esperaba ser visto a la luz anaranjada de la lámpara.

Un grito murió en su garganta a la vez el bote de plástico caía al suelo. Avanzó hasta la bañera y se arrodilló, acercando sus dedos hasta el cuello del durmiente, buscando desesperadamente algún rastro de vida. Era un hombre de mediana edad, con el pelo castaño mojado a la altura de los hombros, sin afeitar, con los ojos cerrados, circundados por unas profundas ojeras, y la boca entreabierta, como si estuviese esperando un beso. No era capaz de notar los latidos, pero se resistió a aceptar lo que parecía evidente. Hundió las manos en el agua tibia, sangrienta, mientras tanteaba en busca de sus muñecas. Notó un pinchazo de dolor, del que apenas fue consciente. Alzó el brazo izquierdo, donde la sangre brotaba a borbotones de dos profundas heridas en la articulación. Paró con torpeza la hemorragia mientras intentaba envolverla en el paño, que no era lo suficientemente largo. Miró a su alrededor con impotencia, sin encontrar nada que hiciese las veces de venda. Soltó de nuevo el brazo en la bañera y se quitó la camisa blanca por la cabeza, oyendo como se desgarraba. Hizo un torniquete instintivamente, sin recordar las instrucciones que había aprendido en un curso de primeros auxilios. Cuando terminó comprendió que no podía hacer nada más sola, y un grito de socorro resonó la habitación, seguido de otros dos.

Sacó el derecho de la bañera, que, por suerte, sólo tenía una herida superficial a lo largo del antebrazo. Sujetó sus hombros y se acercó hasta que los separaba menos de un palmo de distancia.

––No te mueras.––susurró varias veces, más para sí misma. Notó una brisa caliente, tan leve que podría haberla imaginado. Si bien sólo un reducto de su mente gritaba que estaba muerto; una parte que claudicó cuando vio como sus ojos se entornaban y centraban por un instante la mirada en ella, reconociéndola. Su boca se movió en lo que creyó que era una media sonrisa.

En el límite de su vista vio una figura irrumpiendo en la pequeña habitación. Un señor mayor con bigote y traje estaba gritando al móvil que sostenía contra su oído. Más gente se agolpaba en la puerta, observando alternativamente a ella y al hombre. Cuando volvió a mirarle todo vestigio de la sonrisa había desaparecido, sus ojos volvían a estar sellados. Cogió su mano de nuevo y la apretó entre las suyas, mientras murmuraba plegarias a dioses en los que hacía años ya no creía.

Tenía la horrible imagen de un reloj analógico, el que había en su colegio junto al crucifijo, parado en un momento; el segundero era la negra línea que separaba dos abismos, y él estaba quieto, en pie, con la mirada perdida más allá de ella. Corrió hasta donde se hallaba, pero no se percató de su presencia; tenía ojos tristes, como los de un gato; de pequeña siempre sabía cuando los felinos tenían ojos tristes. También perdidos, naufragados en la espesa niebla que se acercaba desde el infinito. Casi igual que un recuerdo comprendía lo que debía hacer: arrojarlo a uno de los abismos, pero ambos eran igual de negros, o blancos. Tenía miedo, se sabía una niña. Gimió, tampoco estaba segura...

Alguien la apartó con brusquedad, haciendo que cortase el contacto y con él, la posibilidad de salvación. Su rostro se vació de toda expresión, la consciencia de la estupidez de su acto se volvió clara como cualquier mediodía. Miró como el enfermero del hotel mientras revisaba las vendas, sin casi darse cuenta. Vio como sacaban su cuerpo desnudo de la bañera y lo depositaban en una camilla; sólo captó un detalle, las ondas que rielaron en el agua tras su marcha, que parecían necesitar atraparlo de nuevo. Salieron y la gente también comenzó a abandonar la habitación, empujados por otro auxiliar (una bañera ensangrentada no tenía ningún significado si no estaba el suicida; ni siquiera para ella). Era un joven moreno el que se giró y la miró con suspicacia, se encontraba sentada sobre la taza del váter.

––¿Está bien?

“––No hay nada más que hacer”--pensó. Su lado pragmático había regresado. Asintió mientras se ponía en pie, dispuesta a evitarle. Se vio reflejada en el espejo, con los antebrazos manchados de rojo y también algunas gotas sobre su pecho, que sólo cubría el sujetador, y la falda mojada.

––¿Le conocía?––siguió el hombre, desviando la mirada. No tenía una voz amable, sólo cumplía con su obligación.

––No.––contestó en tono cortante, mientras se pasaba la mano por la frente, para apartarse el pelo. Después de haberlo hecho se dio cuenta de que las tenía sucias, soltó una maldición.––Estoy perfectamente, gracias. Ahora, si no le importa, me gustaría vestirme.

El hombre se encogió de hombros y la miró torvamente, antes de cerrar la puerta a sus espaldas.

Abrió el grifo y se lavó a conciencia, lo que descubrió una pequeña herida en su dedo anular, que no recordaba haberse hecho. En la bañera el desagüe hacía ruido al tragarse el agua, aunque estaba quedando una mancha a partir del nivel hasta donde había sido llenada. Se sentía algo inquieta, aunque después de haber infringido una de sus máximas era algo normal; su reflejo devolvió el encogimiento de hombros. “––No te arrepientas de lo que no puedes cambiar.” Una llamada a la puerta la hizo girarse, para ver una cara curiosa que la observaba.

––Vero, dice Aurora que te vayas a casa, que ya termino yo aquí.

No se negó, sería una idiotez.

––Vale, nos vemos mañana.––dijo a la vez que se secaba en la falda y salía al dormitorio.––Adiós.

La otra mujer se despidió. Oyó como blasfemaba por el estropicio que le tocaba limpiar. Encontró una sudadera negra sobre el cabecero y se la puso, aunque le quedaba grande; estaba segura de que nadie la reclamaría, los muertos no reclamaban nada, y, además, no tenía más ropa en el hotel. Él se había largado con su camisa. Al salir también cogió el tabaco, donde, como comprobó con desilusión, sólo quedaban tres cigarros.

Caminó hacia la puerta de servicio con paso rápido, deseando esquivar a cualquiera. Seguro que no tardarían en pedir detalles, no quería darlos. Tampoco le apetecía ser considerada una heroína por algo que estaba segura no debería haber hecho. Y pese a eso, otro fragmento de sí no dejaba de pensar en esa sonrisa, y decirse que sólo alguien vacío la hubiese dejado morir.

29/XI/08



P.D.: "En medio del invierno descubrimos que en dentro de nosotros había un verano invencible"


*El master del site informa de que la entrada ¡Feliz Cumpleaños, Moridin! ha sido editada, como se estimó en el Concilio de Agregados y Consejeros al cual faltó uno de sus más ilustres y ausentes miembros.



martes, 13 de enero de 2009

Nada muere para siempre, prométemelo



Domingo, 11 de enero de 2009, 18:12


Para Fuego, por brasas, junto con las próximas dos. Habría sido una sorpresa si no hubiese sido por... Pero como la sorpresa no era para mí, no me importa.



Dejó el tenedor sobre el plato vacío y la contempló mientras terminaba de comer, sin saberse observada. Tenía las mejillas sonrosadas, pese a que se hallaban en la terraza de la cocina a mediados de octubre. La luna brillaba en lo alto, llena y en solitario, y se reflejaba en las sucias paredes blancas del patio de vecinos. En el estrecho espacio a penas entraba la mesa camilla y sendos asientos, pero siempre solían cenar juntos cada plenilunio. Ya era una especie de tradición desde hacía varios años; aunque este sería el último mes del otoño que la cumplirían bajo la luz de la luna, noviembre era demasiado frío. Las velas titilaban en la mesa, protegidas por el cristal ahumado que hacía las veces de pantalla.

Cuando la vio acabar, se levantó, recogió los platos y entró a la cocina. Aún quedaban spaghetti con carne y queso en la bandeja, por lo que no tendrían que cocinar la noche siguiente. También había loza en el fregadero, mucho más de lo deseable. Cogió dos cucharillas del cajón y los flanes de la nevera. Al regresar una brisa fría le recordó la calidez interior. Ella tendió la mano hacía él, con una sonrisa:

––Me estoy quedando helada, así que date prisa para que nos metamos pronto.

––Si quieres terminamos en el sofá, que se estará mejor.––sugirió, parándose antes de sentarse.

––No vamos a dejarla aquí sola,––dijo, levantando la mirada al satélite––empezamos siendo tres y deberíamos terminar siendo tres.––pese a toda la parrafada ya tenía el postre a la mitad.

Esa era la excusa mayor para cenar en luna llena, acompañarla cuando las estrellas palidecen ante su luz blanquecina. Y que ambos disfrutaban teniendo un espejo al que asomarse cuando el verdinegro se hacía insostenible. Mientras intentaba abrir el flan vio por el rabillo del ojo como ella terminaba y escondía las manos bajo la mesa, para después oscilar cual péndulo hacía delante y hacía atrás. Desistió.

––No me apetece––se puso en pie.––Y ahora te vas a calentar el sofá.––le dijo mientras salía de nuevo a la terraza tras haber guardado el taburete, para hacer lo propio con la mesa.

Cuando abrió la boca para replicar se lo impidió.

––He dicho: ya.––volvió a entrar.

––Y yo te he dicho que no estoy enferma ni me voy a morir ni nada por el estilo, así que déjame ayudarte a recoger.––ella traía la silla entre los brazos, que él le quitó de las manos nada más verla.

––Joder, Hugo, me estás poniendo de mala hostia, deja de comportarte como si fueras mi madre. No estoy cansada, así que te jodes y me aguantas.––se arremangó la sudadera. – –Voy a fregar.––se encontró con él cuando dio un paso hacia la pila.

––No, ya friego yo.

––¿Y que hay de la norma no escrita de que quien hace la comida no puede fregar?––le apeló sólo por el hecho de discutir, ya que sabía que no conseguiría nada.

––¿Todavía no te ha llegado el boletín informativo de la oligarquía independiente de tu casa?

Sonrió sin querer, mientras negaba con la cabeza.

––Realmente el pregonero se dio de baja...––se tocó el mentón––Ayer di un golpe de estado y disolví la oligarquía, ahora hay una monarquía absolutista que conservaré hasta el nacimiento de mi heredero. Por lo que... El rey dice que te vayas a calentar su trono.– –la estaba empujando fuera de la cocina.

Ella se reía sin poder evitarlo a la vez que se esforzaba sin éxito en entrar de nuevo.

––¿Entonces soy la concubina del rey?

––No, nada de labores concubinescas.––dicho esto le cerró la puerta en las narices.

Oyó el agua y el calentador encenderse. Se resignó. Arrastró los pies hasta el salón y se sentó en el sofá, con la mirada fija en la luz anaranjada que veía en la ventana de enfrente.

Fuera hacía frío, la antesala del invierno. Y sin embargo no quería otra cosa que pasear durante toda la noche, como antes hacían, para que el sol les sorprendiese en mitad de la plaza e hiciesen que huyeran a la cama, cual inmortales vampiros. Si bien, habían trasmutado en criaturas diurnas y la muerte, de la mano con la vida, retozaban juntas en cada rincón. Quería que le leyese cuentos o poemas de nuevo, acurrucados en el sillón de skay verde que tenía su antigua habitación, o beber ávida de aquellos cuadernos de letra ilegible en Bic azul. Y ahora todo aquello había muerto en un indeterminado momento; con el piso, con Alejandro o Héctor o Víctor o Tristán o William o Eric (la estúpida idea de Christian no cuajó, gracias a los dioses), con la puta editorial seria de los cojones, con el ginecólogo y con la manía maternal persecutoria, para ella claro.

Se levantó enfada. En la cocina seguía habiendo ruido. “––Mejor.”

La encontró en el sofá, con la manta hasta el cuello. Sonrió para recibir en respuesta otra sonrisa más pícara. Se acercó para sentarse a su lado hasta que la vio completamente vestida.

––¿Y eso?––preguntó, sin poder evitar que su voz sonase cansada.

––Tengo un antojo y voy a salir a buscarlo.

Enarcó una ceja.

––¿Qué te hace pensar eso?

Le respondió encogiendo sus hombros, envueltos en un jersey rojo de cuello alto. Suspiró.

––¿Qué quieres?

––Dar un paseo.

La miró con escepticismo tras derrumbarse en el sofá.

––¿No vas a venir?

Negó con la cabeza.

––Mañana tengo que estar pronto en la editorial.

––Seguro que no te echan de menos.––sabía que no era cierto.

––Alfredo siempre me echa en falta. Siempre.

Se pegó a él, maldiciendo la barriga que se interponía entre ellos. Le contestó con una sonrisa.

––Tus cuadernos tienen polvo.

Su rostro mostró incertidumbre, sorpresa tal vez. Se arrepintió de haberlo dicho.

––No he tenido tiempo.––susurró, con la mirada prendida en la hipnótica luz de la ventana vecina.

Ella le giró el rostro con ambas manos, sintiendo como se humedecían sus ojos al mirar los verdes de él. Odiaba el estado cambiante de los últimos días. Depositó una caricia en sus labios.

––Te he visto cerrar libretas cuando cierra la noche y trabajar a las ocho. No me digas eso si no es verdad. No quieras que te crea.

Se encogió de hombros.

––En una cama de 2,20 sólo entramos tú, William y yo, la musa se quedó en el motel, ya pasaré a buscarla.––su intento de broma no le hizo ninguna gracia.

Se quedaron en silencio unos minutos largos.

––¿Cuándo hemos crecido?––su voz le sobresaltó, pese a que sólo fue un murmullo quedo.

Sacudió la cabeza, y los pelos ondulados que la coleta nunca conseguía retener bailaron ante sus ojos.

––No lo sé.––fue una respuesta a sí mismo.

––Antes eras tú quien me bajaba en volandas las escaleras y me dejabas la calle, con la camisa aún sin abrochar. Era yo quien te obligaba a dormir. Vamos, sólo hasta la catedral...––intuía que ambos lo necesitaban, aunque él todavía no lo supiera.

Silencio. No hubo contestación, no era necesario esperar algo que no llegaría.

Tomó su mano derecha entre las suyas, y besó con dulzura los incurables recuerdos que guardaba su muñeca. Eran suyas, no tenían más dueño. Ella las amaba como entes propios, ajenos por completo a las oceánicas pupilas. En una de esas medianoches alargadas hasta el crepúsculo él le dijo que amaba los besos que les daba. Y desde entonces, no había parado de hacerlo.

––Por favor...

Silencio. Esperó.

Al cabo de un rato, su otra mano le despeinó la media melena azabache, la mano del escritor.

––Venga, así practico para cuando me toqué sacar a Ale.

Levantó la cabeza para mirarle y su rostro reflejó la luminosa sonrisa. Él se la quitó de encima con cuidado y le tendió una mano.

––No creo que sacar a “Eric” sea la palabra adecuada.

Terminaban por utilizar todos los posibles nombres a lo largo del día, para ver cual de ellos comenzaba a decaer, de momento el casi extinto era Tristán, él tenía razón, sonaba a triste.

En el perchero de la entrada se acumulaba un montón de ropa, sin necesidad de que fuese para salir a la calle. Se sorprendió cuando él le puso el gorro andino antes de abrir la puerta.

––No quiero que cojas frío.––se excusó, con un encogimiento de hombros.

Si había algo de él que la sorprendía era la capacidad de cambiar completamente de ánimo en un instante, igual que un péndulo.

Salió al pasillo y le esperó, mientras buscaba la llave para cerrar la puerta. Ella le tendió las suyas.

––Están en el cenicero.

Sonrió sin disculpa. Cuando se encaminaba hacía las escaleras sintió como la sujetaba por detrás y la alzaba en volandas. Se sujetó a su cuello.

––Has engordado.

Le sacó la lengua.

Las escaleras eran muy estrechas, pero aun así llegaron al final como empezaron. El aire frío saludó tras la puerta de hierro y cristal. Se agarró de su brazo y echaron a caminar en silencio. La calle estaba casi vacía.

Al rato, cuando ya habían alcanzado su destino, y contemplaban la inmensa e iluminada mole desde un banco de piedra:

––Oye, ¿en la monarquía se puede fumar?

Él negó con la cabeza.

––Quiero un cigarrillo.

Se agachó y rozó sus labios. Se retiró. Los besó de nuevo, intermitentemente, todo el tiempo que duraba un cigarro.


10/I/09



P.D.: “Y en el cielo se les ve, casi hasta el amanecer, por fin juntos, otra vez.” Un mar de estrellas, WarCry.



P.D.2: “No quiero que esto arregle lo que surgió entre nosotros. // "Pensandolo bien, no creo que esto pueda arreglar lo que nunca existió."