Domingo, 11 de enero de 2009, 18:12
Para Fuego, por brasas, junto con las próximas dos. Habría sido una sorpresa si no hubiese sido por... Pero como la
sorpresa no era para mí, no me importa.
Dejó el tenedor sobre el plato vacío y la contempló mientras terminaba de comer, sin
saberse observada. Tenía las mejillas sonrosadas, pese a que se hallaban en la terraza de
la cocina a mediados de octubre. La luna brillaba en lo alto, llena y en solitario, y se
reflejaba en las sucias paredes blancas del patio de vecinos. En el estrecho espacio a
penas entraba la mesa camilla y sendos asientos, pero siempre solían cenar juntos cada
plenilunio. Ya era una especie de tradición desde hacía varios años; aunque este sería el
último mes del otoño que la cumplirían bajo la luz de la luna, noviembre era demasiado
frío. Las velas titilaban en la mesa, protegidas por el cristal ahumado que hacía las veces
de pantalla.
Cuando la vio acabar, se levantó, recogió los platos y entró a la cocina. Aún quedaban
spaghetti con carne y queso en la bandeja, por lo que no tendrían que cocinar la noche
siguiente. También había loza en el fregadero, mucho más de lo deseable. Cogió dos
cucharillas del cajón y los flanes de la nevera. Al regresar una brisa fría le recordó la
calidez interior. Ella tendió la mano hacía él, con una sonrisa:
––Me estoy quedando helada, así que date prisa para que nos metamos pronto.
––Si quieres terminamos en el sofá, que se estará mejor.––sugirió, parándose antes de
sentarse.
––No vamos a dejarla aquí sola,––dijo, levantando la mirada al satélite––empezamos
siendo tres y deberíamos terminar siendo tres.––pese a toda la parrafada ya tenía el
postre a la mitad.
Esa era la excusa mayor para cenar en luna llena, acompañarla cuando las estrellas
palidecen ante su luz blanquecina. Y que ambos disfrutaban teniendo un espejo al que
asomarse cuando el verdinegro se hacía insostenible. Mientras intentaba abrir el flan vio
por el rabillo del ojo como ella terminaba y escondía las manos bajo la mesa, para
después oscilar cual péndulo hacía delante y hacía atrás. Desistió.
––No me apetece––se puso en pie.––Y ahora te vas a calentar el sofá.––le dijo mientras
salía de nuevo a la terraza tras haber guardado el taburete, para hacer lo propio con la
mesa.
Cuando abrió la boca para replicar se lo impidió.
––He dicho: ya.––volvió a entrar.
––Y yo te he dicho que no estoy enferma ni me voy a morir ni nada por el estilo, así que
déjame ayudarte a recoger.––ella traía la silla entre los brazos, que él le quitó de las
manos nada más verla.
––Joder, Hugo, me estás poniendo de mala hostia, deja de comportarte como si fueras mi
madre. No estoy cansada, así que te jodes y me aguantas.––se arremangó la sudadera. –
–Voy a fregar.––se encontró con él cuando dio un paso hacia la pila.
––No, ya friego yo.
––¿Y que hay de la norma no escrita de que quien hace la comida no puede fregar?––le
apeló sólo por el hecho de discutir, ya que sabía que no conseguiría nada.
––¿Todavía no te ha llegado el boletín informativo de la oligarquía independiente de tu
casa?
Sonrió sin querer, mientras negaba con la cabeza.
––Realmente el pregonero se dio de baja...––se tocó el mentón––Ayer di un golpe de
estado y disolví la oligarquía, ahora hay una monarquía absolutista que conservaré hasta
el nacimiento de mi heredero. Por lo que... El rey dice que te vayas a calentar su trono.–
–la estaba empujando fuera de la cocina.
Ella se reía sin poder evitarlo a la vez que se esforzaba sin éxito en entrar de nuevo.
––¿Entonces soy la concubina del rey?
––No, nada de labores concubinescas.––dicho esto le cerró la puerta en las narices.
Oyó el agua y el calentador encenderse. Se resignó. Arrastró los pies hasta el salón y se
sentó en el sofá, con la mirada fija en la luz anaranjada que veía en la ventana de
enfrente.
Fuera hacía frío, la antesala del invierno. Y sin embargo no quería otra cosa que pasear
durante toda la noche, como antes hacían, para que el sol les sorprendiese en mitad de la
plaza e hiciesen que huyeran a la cama, cual inmortales vampiros. Si bien, habían
trasmutado en criaturas diurnas y la muerte, de la mano con la vida, retozaban juntas en
cada rincón. Quería que le leyese cuentos o poemas de nuevo, acurrucados en el sillón
de skay verde que tenía su antigua habitación, o beber ávida de aquellos cuadernos de
letra ilegible en Bic azul. Y ahora todo aquello había muerto en un indeterminado
momento; con el piso, con Alejandro o Héctor o Víctor o Tristán o William o Eric (la
estúpida idea de Christian no cuajó, gracias a los dioses), con la puta editorial seria de
los cojones, con el ginecólogo y con la manía maternal persecutoria, para ella claro.
Se levantó enfada. En la cocina seguía habiendo ruido. “––Mejor.”
La encontró en el sofá, con la manta hasta el cuello. Sonrió para recibir en respuesta otra
sonrisa más pícara. Se acercó para sentarse a su lado hasta que la vio completamente
vestida.
––¿Y eso?––preguntó, sin poder evitar que su voz sonase cansada.
––Tengo un antojo y voy a salir a buscarlo.
Enarcó una ceja.
––¿Qué te hace pensar eso?
Le respondió encogiendo sus hombros, envueltos en un jersey rojo de cuello alto.
Suspiró.
––¿Qué quieres?
––Dar un paseo.
La miró con escepticismo tras derrumbarse en el sofá.
––¿No vas a venir?
Negó con la cabeza.
––Mañana tengo que estar pronto en la editorial.
––Seguro que no te echan de menos.––sabía que no era cierto.
––Alfredo siempre me echa en falta. Siempre.
Se pegó a él, maldiciendo la barriga que se interponía entre ellos. Le contestó con una
sonrisa.
––Tus cuadernos tienen polvo.
Su rostro mostró incertidumbre, sorpresa tal vez. Se arrepintió de haberlo dicho.
––No he tenido tiempo.––susurró, con la mirada prendida en la hipnótica luz de la
ventana vecina.
Ella le giró el rostro con ambas manos, sintiendo como se humedecían sus ojos al mirar
los verdes de él. Odiaba el estado cambiante de los últimos días. Depositó una caricia en
sus labios.
––Te he visto cerrar libretas cuando cierra la noche y trabajar a las ocho. No me digas
eso si no es verdad. No quieras que te crea.
Se encogió de hombros.
––En una cama de 2,20 sólo entramos tú, William y yo, la musa se quedó en el motel,
ya pasaré a buscarla.––su intento de broma no le hizo ninguna gracia.
Se quedaron en silencio unos minutos largos.
––¿Cuándo hemos crecido?––su voz le sobresaltó, pese a que sólo fue un murmullo
quedo.
Sacudió la cabeza, y los pelos ondulados que la coleta nunca conseguía retener bailaron
ante sus ojos.
––No lo sé.––fue una respuesta a sí mismo.
––Antes eras tú quien me bajaba en volandas las escaleras y me dejabas la calle, con la
camisa aún sin abrochar. Era yo quien te obligaba a dormir. Vamos, sólo hasta la
catedral...––intuía que ambos lo necesitaban, aunque él todavía no lo supiera.
Silencio. No hubo contestación, no era necesario esperar algo que no llegaría.
Tomó su mano derecha entre las suyas, y besó con dulzura los incurables recuerdos que
guardaba su muñeca. Eran suyas, no tenían más dueño. Ella las amaba como entes
propios, ajenos por completo a las oceánicas pupilas. En una de esas medianoches
alargadas hasta el crepúsculo él le dijo que amaba los besos que les daba. Y desde
entonces, no había parado de hacerlo.
––Por favor...
Silencio. Esperó.
Al cabo de un rato, su otra mano le despeinó la media melena azabache, la mano del
escritor.
––Venga, así practico para cuando me toqué sacar a Ale.
Levantó la cabeza para mirarle y su rostro reflejó la luminosa sonrisa. Él se la quitó de
encima con cuidado y le tendió una mano.
––No creo que
sacar a “Eric” sea la palabra adecuada.
Terminaban por utilizar todos los posibles nombres a lo largo del día, para ver cual de
ellos comenzaba a decaer, de momento el casi extinto era Tristán, él tenía razón, sonaba
a triste.
En el perchero de la entrada se acumulaba un montón de ropa, sin necesidad de que
fuese para salir a la calle. Se sorprendió cuando él le puso el gorro andino antes de abrir
la puerta.
––No quiero que cojas frío.––se excusó, con un encogimiento de hombros.
Si había algo de él que la sorprendía era la capacidad de cambiar completamente de
ánimo en un instante, igual que un péndulo.
Salió al pasillo y le esperó, mientras buscaba la llave para cerrar la puerta. Ella le tendió
las suyas.
––Están en el cenicero.
Sonrió sin disculpa. Cuando se encaminaba hacía las escaleras sintió como la sujetaba
por detrás y la alzaba en volandas. Se sujetó a su cuello.
––Has engordado.
Le sacó la lengua.
Las escaleras eran muy estrechas, pero aun así llegaron al final como empezaron. El aire
frío saludó tras la puerta de hierro y cristal. Se agarró de su brazo y echaron a caminar
en silencio. La calle estaba casi vacía.
Al rato, cuando ya habían alcanzado su destino, y contemplaban la inmensa e iluminada
mole desde un banco de piedra:
––Oye, ¿en la monarquía se puede fumar?
Él negó con la cabeza.
––Quiero un cigarrillo.
Se agachó y rozó sus labios. Se retiró. Los besó de nuevo, intermitentemente, todo el
tiempo que duraba un cigarro.
10/I/09
P.D.: “Y en el cielo se les ve, casi hasta el amanecer, por fin juntos, otra vez.” Un mar
de estrellas, WarCry.
P.D.2: “No quiero que esto arregle lo que surgió entre nosotros. // "Pensandolo bien, no creo que esto pueda arreglar lo que nunca existió."